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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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La larga resaca de Vox

Abascal no puede permitirse el lujo de traicionar la demanda principal del electorado y parece empeñado en intentarlo

Foto: El presidente de Vox, Santiago Abascal. (Europa Press/César Vallejo Rodríguez)
El presidente de Vox, Santiago Abascal. (Europa Press/César Vallejo Rodríguez)
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Cuando uno se sienta a negociar, conviene tener claro lo que se quiere lograr y lo que no se puede aceptar. Más cuando tu interlocutor tiene más poder que tú. Más cuando la negociación es, nada menos, que un gobierno autonómico. Más cuando no es uno, sino tres. Más cuando lo que se haga en esas tres mesas afectará a la campaña de las andaluzas. Y más cuando todo lo que ocurra puede desembocar en la mayor negociación posible, la del Gobierno de España tras unas generales que no pueden estar muy lejos.

Sin embargo, Vox no sabe lo que quiere. Quiere sustituir al Partido Popular como primera fuerza de la derecha, pero no puede. Los resultados electorales del ciclo están cerrando el techo. La posibilidad de estar a la altura de las grandes ultraderechas europeas queda descartada a corto plazo.

Quiere convertirse en el gran vehículo del malestar, pero las circunstancias han cambiado. La corriente profunda permanece, claro. Y no desaparecerá. En la superficie, las cosas son distintas. No ya por la guerra y el vínculo con Trump, que por supuesto perjudican, sino por el sentido mayoritario de la urgencia. Abascal no puede permitirse el lujo de traicionar la demanda principal del electorado y parece empeñado en intentarlo. No puede explicar por qué antepone su interés personal o partidario, pequeño en cualquier caso, a la emergencia nacional de sacar a Sánchez que sienten los electores de derechas. Y como no lo puede explicar, no puede haber quien le entienda.

Necesitan tiempo para asumirlo, un tiempo que en realidad no existe.

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Vox quiere gobernar y no quiere. No quiere gobernar porque gobernar implica tomar decisiones y responsabilizarse en estas circunstancias implica desgastar la pureza identitaria. Precisamente, por eso, salieron corriendo de Castilla y León, por el vértigo de pasar de la política adolescente a la adulta.

Quiere gobernar y no tiene con qué hacerlo. Todo lo que les hace fuertes para comunicar y para seguir creciendo electoralmente les hace débiles al día siguiente del recuento. En toda la organización de Abascal no hay cinco personas disponibles que sepan cómo desenvolverse en una Consejería, ni diez en una dirección general.

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Vox necesita gobernar pero no sabe. Lo necesitan porque el mandato de las urnas, porque la repetición de las elecciones sería peor para ellos y mejor para los del PP y porque sufrieron la penalización de ser obstáculo en la noche de Castilla y León. Pero no saben y es lógico, cuesta llevar la canción protesta de Los Meconios al boletín oficial de las comunidades autónomas, día a día, durante cuatro años.

Pretende negociar, pero está más pendiente de lo que quiere comunicar. Están más enfocados en transmitir el control de los tiempos, en proporcionar un relato épico, que en leerse la letra pequeña de los papeles. La realidad es más sencilla. Estos señores están contando la película del desembarco de Normandía y esto no pasa de ser una negociación desde la posición de socio minoritario, como hubo antes muchos.

Quiere terminar cerrando los acuerdos, pero está empleando este tiempo también en clave interna y no solo en modo táctico frente al PP. Tienen al partido crujiendo según intentan redefinirse para dar el próximo estirón y están crujiendo con purgas el sentir orgánico. La liturgia también está pensada para tapar, dentro y fuera, la respuesta de los críticos a las decisiones de la dirección.

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Vox está en plena crisis de identidad, en un momento más que delicado y con una dura resaca que se les va a hacer larga de transitar.

No es fácil despertarse de una embriaguez tan grande, no. Menos en una organización pequeña, sin órganos de deliberación ni herramientas de corrección. Menos en un equipo cansado, con un ciclo electoral tan largo y competiciones tan distintas. Y menos, todavía menos, en un partido con poco más combustible que las expectativas. ¿Qué sucede cuando colisionan con la realidad? ¿Qué ocurre cuando las estimaciones empiezan a bajar? La resaca, eso es lo que les pasa.

Desde hace demasiado tiempo, los de la calle Bambú han estado demasiado seguros de que nada malo les podía pasar. Hay cosas más complejas de gestionar que el éxito. Uno cree que todas las decisiones son acertadas y que ninguna puede tener repercusiones negativas. Llega al despacho el lunes, le ponen las encuestas delante y piensa que quienes le advierten de los riesgos son unos cenizos. Hace actos de campaña y confunde a su público con el conjunto de los votantes. Se considera tan infalible que hasta se mira bendecido.

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Sin embargo, los errores tienen la mala costumbre de existir y de acabar teniendo consecuencias muy concretas que se van acumulando y que, tarde o temprano, acaban llegando. No deja de ser extraño que Abascal, siendo tan desconfiado, se haya confiado tanto. La resaca, eso es lo que le pasa.

En general, pero sobre todo en Vox, las campañas electorales pueden ser vistas como gestiones del ánimo. De cara a ese empeño, resulta imprescindible tener el propio ánimo controlado y eso, al menos por ahora, se les ha acabado y se les nota. Yo los veo descompensados.

No tienen más remedio que afrontar una situación que les atraviesa la estrategia de costado a costado: la hora de tocar poder les llega justo cuando las encuestas dejan de sonreír y justo cuando Juanma Moreno Bonilla puede llegar a sacarles del tablero andaluz si se equivocan.

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Muchos creímos que Feijóo pensó este ciclo para debilitar al PSOE. Puede que nos equivocásemos y el objetivo de contener a Vox también formase parte de la ecuación. Parece que esa segunda opción no habría estado mal pensada.

Cuando uno se sienta a negociar, conviene tener claro lo que se quiere lograr y lo que no se puede aceptar. Más cuando tu interlocutor tiene más poder que tú. Más cuando la negociación es, nada menos, que un gobierno autonómico. Más cuando no es uno, sino tres. Más cuando lo que se haga en esas tres mesas afectará a la campaña de las andaluzas. Y más cuando todo lo que ocurra puede desembocar en la mayor negociación posible, la del Gobierno de España tras unas generales que no pueden estar muy lejos.

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