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Burka e inseguridad, señales de cambio cultural a la izquierda del PSOE
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Pablo Pombo

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Burka e inseguridad, señales de cambio cultural a la izquierda del PSOE

Los progresistas no tienen un elefante en la habitación, sino dos: islam e inmigración. Y a Sánchez también le están creciendo los fascistas por la izquierda justo después de poner en marcha un proceso de regularización

Foto: Un burka en una tienda, en Barcelona. (Europa Press/David Zorrakino)
Un burka en una tienda, en Barcelona. (Europa Press/David Zorrakino)
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Va a ser difícil tomarse en serio lo que está pasando en la ultraizquierda, pero esta semana se han emitido un par de señales de cambio cultural que probablemente no convenga echar en saco roto. La introducción de debates en torno al burka y la inseguridad en las calles de la periferia es toda una novedad.

La aceptación de que la angustia identitaria existe y el reconocimiento de que la sensación de temor en los radios es real rompen un tabú progresista en España, quebrado anteriormente en otras naciones de nuestro entorno.

Es demasiado pronto para hablar de "giro" viendo quienes están en el escenario. Es posible que no pase de movimiento táctico más pensado para captar la atención que para afrontar los problemas de fondo. Y también es cierto que puede acabar beneficiando a los adversarios porque validar las narrativas de la ultraderecha conlleva su legitimación e implica el riesgo de su crecimiento. Pero, desde luego, no deja de ser la señal de cambio cultural más clara dada por los progresistas de nuestro país en lo que va de década.

Desde hace tiempo, viene especulándose en España sobre la viabilidad de una oferta política de izquierdas que mantenga un "enfoque duro" respecto a la inmigración. Quienes seguimos las elecciones federales alemanas del año pasado, prestamos bastante atención a la alianza liderada por Sahra Wagenknecht (BSW) porque aquello parecía reconectar con algunas capas de las clases trabajadoras que se sentían abandonadas.

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Ese nuevo partido germano obtuvo un 4,97% nacional, tres décimas menos de lo requerido para entrar en el Parlamento. Y obtuvo respaldos importantes en el este y superó a los socialistas en Sajonia 11,4%, Brandeburgo 12,5% y Turingia 15,4%. En 2024, en el mismo año de su aparición, obtuvo seis escaños en las elecciones europeas con una 6,2% nacional.

La aparición de una formación política de ese tipo no podría haberse dado sin esta serie de ingredientes: fase terminal del gobierno socialista liderado por Scholz, incapacidad de la ultraizquierda tradicional de generar nada parecido a la ilusión, desmovilización del electorado progresista, aumento de la ultraderecha y fuerte incremento de la preocupación social por la cuestión migratoria, especialmente, entre los hombres, los jóvenes y los precarizados. Nada que pueda parecernos demasiado lejano.

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Obviamente, hay muchas diferencias entre esto y aquello. Pero considero que no está de más alumbrar el camino al que puede llevar la ruptura del tabú que ha ocurrido esta semana. La escisión de la ultraizquierda alemana reconoce el abandono de las élites a los barrios depauperados, propone límites a la entrada de inmigrantes para no saturar los servicios públicos y rechaza la melodía cultural de la izquierda tradicional (multiculturalismo abstracto, woke…) para presentarse como la "izquierda realista".

Es interesante la tracción que puede tener el concepto de "izquierda realista" en una situación como la actual. ¿Realismo respecto a qué? La izquierda occidental no tiene un elefante en la habitación, sino dos: islam e inmigración. Y no existen respuestas de consenso: el planteamiento de Mélenchon es abiertamente islamista y la posición de los socialdemócratas daneses es de cierre respecto a los migrantes.

El solo hecho de introducir en España el debate sobre el burka o de verbalizar la impresión subjetiva de inseguridad ciudadana donde hay mayor concentración de personas migrantes ya desplaza al resto de actores.

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La respuesta de Sumar potencia la idea de que no es más que un apéndice del PSOE, la intuición de que el proyecto ha caducado a la misma velocidad que el liderazgo y la sensación de desconexión con los barrios de dónde vienen los votos. Para los socialistas, los problemas son mayores.

Aislamiento social que sitúa al sanchismo como una élite cosmopolita, reforzada además por la omnipresencia de la corrupción en la conversación nacional.

Aislamiento político porque la discusión respecto al burka y la inseguridad abren dos agujeros en el muro parlamentario.

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Aislamiento cultural porque el monopolio se quiebra: resulta que a Sánchez también le están creciendo los fascistas por la izquierda justo después de poner en marcha un proceso de regularización.

Y, como consecuencia de lo anterior, sobre todo estando en ciclo electoral, con la dirección política y el líder perdiendo autoridad moral cada día, aumento del riesgo de que alguien señale los dos elefantes que están en el salón de casa y abra públicamente una llamada a la reflexión parecida a la vivida en todos los partidos socialdemócratas europeos.

Se puede poner tanto foco como se quiera en los referentes personales. Rufián no es más que un ejemplo de la crisis en las élites políticas que viven todas las sociedades occidentales. Por supuesto que es incapaz de escribir algo más largo que un tweet, pero resulta tan polémico y tan conocido como Sahra Wagenknecht. El madrileño Emilio Delgado se diferencia de su compañero en que nadie puede llamarle impostor. Es genuino y se lo cree. Gustará más o gustará menos, pero es lo que parece, cosa poco frecuente en nuestro tiempo.

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Se puede señalar a Sara Santaolalla para ridiculizar lo que se ha puesto en marcha. A mí, sinceramente, me genera un rechazo personal insoportable, representa casi todo lo que rechazo. Pero lo entiendo. Cualquiera que se fije un poco y vea el erial intelectual en el que se ha convertido el espacio progresista español, comprenderá que una especie de Belén Esteban de izquierdas puede funcionar en las capas sociales populares más radicalizadas.

Se puede analizar la viabilidad política de este artefacto que parece más movido por las vanidades y las ambiciones que por la ideología o el deseo de transformar nuestra sociedad. Ahora bien, creo que si aparece algo novedoso puede ser útil preguntarse si de verdad es nuevo. Sumar nunca lo fue. Y esto podría llegar a serlo. ¿Tarde? Probablemente. ¿Insuficiente? Seguramente. ¿Auténtico? Habrá que verlo.

Va a ser difícil tomarse en serio lo que está pasando en la ultraizquierda, pero esta semana se han emitido un par de señales de cambio cultural que probablemente no convenga echar en saco roto. La introducción de debates en torno al burka y la inseguridad en las calles de la periferia es toda una novedad.

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