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Víctimas: la diferencia de temperatura entre Pedro Sánchez y Juanma Moreno Bonilla
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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Víctimas: la diferencia de temperatura entre Pedro Sánchez y Juanma Moreno Bonilla

Si las víctimas estuviesen en el centro de la respuesta del Ejecutivo, las explicaciones de Óscar Puente no serían recitales de excusas, evasivas y mentiras

Foto: El presidente del Gobierno Pedro Sánchez (i) junto al presidente de laJunta de Andalucía Juanma Moreno (d), durante declaraciones ante los medios de comunicación en Adamuz. (EFE/Jorge Zapata)
El presidente del Gobierno Pedro Sánchez (i) junto al presidente de laJunta de Andalucía Juanma Moreno (d), durante declaraciones ante los medios de comunicación en Adamuz. (EFE/Jorge Zapata)
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Mira que hay manuales sobre el asunto, de todos los colores. Y mira que la experiencia podría haberles enseñado algo, porque se han encontrado ante todo tipo de adversidades. Pero no hay manera. Este Gobierno es un desastre en la gestión de crisis.

Ya no sé si es sólo una cuestión de pobreza en el material humano o si la reiteración de los fracasos se explica también por un error de concepto elemental. El caso es que cada vez que surge una desgracia se equivocan en los objetivos y terminan haciendo todo lo que no deben: generan más incertidumbre, aumentan el miedo y provocan todavía más desconfianza.

Como todo lo viven por fuera del bien común, en términos de ruin partidismo, no saben diferenciar lo ordinario de lo extraordinario y acaban, buscando la reducción del daño propio o la maximización del daño al adversario, provocando crisis políticas nacionales y, como consecuencia, dividiendo hasta en los episodios de extrema adversidad, todavía más, a la sociedad.

La gestión de cada crisis supone un reto de gestión profesional que debe guiarse por los criterios de racionalidad. Pero también es una responsabilidad emocional porque es el Gobierno quien debe hacerse cargo del estado anímico del país en una situación de afligimiento. Desgraciadamente y con estrépito, el Gobierno está fallando en las dos dimensiones al mismo tiempo.

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A mí me hiela la sangre la frialdad mostrada por Sánchez, esa falta de latido emocional en un momento tan trágico para todos, no puede ser buena ni para él. Y he de decir que me genera cierta repugnancia el uso político de las víctimas que le entreví durante un mitin electoral. Mintió.

Soy consciente de que la conversación nacional gira y girará en torno a otras mentiras, a las de Puente. No es mi intención restarle gravedad a lo que considero un intento de estafa perpetrado para sustraerse de la responsabilidad política que a todas luces le concierne. Pero sí considero todavía necesario señalar la existencia en democracia de unos límites que no se deben traspasar.

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Es falso que el Gobierno haya puesto a las víctimas en el centro de su respuesta al accidente, tan falso como que el siniestro fuese "extraño", tan falso como que las "tragedias sucedan" sin más -las hay evitables e inevitables y bastaba haber hecho las cosas bien para que nada de esto hubiese sucedido-.

Si las víctimas estuviesen en el centro de la respuesta del Ejecutivo, las explicaciones de Óscar Puente no serían recitales de excusas, evasivas y mentiras. La única forma de comenzar a priorizar a las víctimas es respetarlas de verdad, es decir, respetar la verdad de los hechos.

Todo lo que no sea eso sólo puede ser visto, en mi opinión, como manipulación sentimental. La propaganda de un Gobierno tan poseído por el instinto de supervivencia política que hasta parece capaz de poner su propio interés por delante de todo lo demás.

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Si las víctimas se notasen en el centro de la preocupación del poder político, estarían reaccionando de una manera distinta y se estarían organizando para que se haga justicia. Yo no mantengo que el dolor baste en sí mismo para otorgarle a nadie la razón. Ahora bien, sí considero que, en este caso, las múltiples negativas a asistir al funeral pospuesto se encuentran sólidamente fundadas. Y sí defiendo que cualquiera de nosotros podría sentirse igual de ofendido en su lugar.

La empatía es un valor tan importante en la política como en la vida que, además, no se puede fabricar. Por eso es un indicador rotundo de fiabilidad personal. Y Juanma Moreno Bonilla la ha mostrado sin pretenderlo. Cada gesto y cada palabra que ha emitido una temperatura emocional que Sánchez ni siquiera se ha molestado en aparentar. He visto sartenes antiadherentes con más capacidad empática que la de este Presidente del Gobierno.

Y esa capacidad le lastra en todos sus juicios. Tengo la impresión de que el Ejecutivo al completo no está sabiendo interpretar el paisaje emocional que ha dejado este accidente. Hay miedo. Y, por debajo, puede venir rugiendo algo parecido a la impaciencia.

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El miedo se ha extendido como ocurre en todas las crisis y seguramente remitirá, pero va a dejar su huella. Ahora mismo, la psicosis sigue extendiéndose respecto al medio de transporte más funcional y seguro porque la comunicación de autoprotección que ha elegido el Gobierno incrementa la percepción de inseguridad y porque no paran de saltar más indicios en todo el mapa.

Si no ocurre nada más, este miedo se transformará en una sorda fuente adicional de incertidumbre respecto al funcionamiento general de los servicios públicos. La cicatriz será esa, la confirmación de que cualquier cosa puede fallar en cualquier momento porque, a fin de cuentas, el desempeño del Gobierno ha desencadenado fallos en casi todos los puntos críticos.

La impresión de incertidumbre es el signo general de nuestro tiempo, pero no es un capricho. Tiene su punto de partida en la realidad y su primera estación en la crisis de las élites políticas que también está sufriendo nuestro país. La realidad es que el malestar acuciado por la polarización no es fundamentalmente ideológico, responde a lo vivencial.

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Y lo vivencial, esta creciente impresión de que España se nos argentiniza sin que nadie parezca dispuesto a evitarlo, puede estar incubando un fuerte sentimiento de impaciencia en capas cada vez más amplias de nuestra sociedad. Ya no hablamos de una inquietud respecto a lo superestructural o lo institucional, de carácter abstracto. Esto es tan concreto como las cosas concretas del vivir que ahora parecen en peligro: tener luz en casa y que los trenes circulen, por poner un par de ejemplos.

Es probable que sólo Vox esté siendo la única formación política en leer esa corriente de impaciencia que enciende el malestar. Y es posible que, dentro de unos días, tras las elecciones de Aragón, veamos a los progresistas insultando a los votantes que se marcharon por sentirse como se sienten y sin hacer ningún esfuerzo por comprenderlos. En esas estamos.

Mira que hay manuales sobre el asunto, de todos los colores. Y mira que la experiencia podría haberles enseñado algo, porque se han encontrado ante todo tipo de adversidades. Pero no hay manera. Este Gobierno es un desastre en la gestión de crisis.

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