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Montar un incendio político no apaga los incendios forestales
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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Montar un incendio político no apaga los incendios forestales

El sentimiento de que la política no nos protege, no nos socorre y no nos reconstruye supone una amenaza para la supervivencia de nuestra democracia porque está basado en hechos reales

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Moncloa/Fernando Calvo)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Moncloa/Fernando Calvo)
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Yo no sé de incendios forestales, pero sí de incendios políticos. Y aquí se ha montado uno desde los dos frentes que elude las responsabilidades políticas y hace más irrespirable la vida pública.

Con el país ardiendo, tenemos a socialistas y populares volcados en un combate por eso que llaman el relato y que no es otra cosa que una ficción diseñada para eludir la responsabilidad propia y dañar al adversario cargándole con todas las culpas.

Desgraciadamente, aquí la confrontación política se dispara cuando el espanto golpea a la sociedad. Es la tónica habitual desde hace años, una suerte de tradición siniestra. Da igual el tipo de calamidad porque las hemos visto de todo tipo, la respuesta automática siempre es polarizar todavía más.

Me resulta doloroso escribir que los políticos del gobierno y de la oposición no han mejorado ninguna crisis y las han empeorado todas. Han contribuido a agravar la situación y también a lastimar el ánimo social.

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Al señalar el clima emocional, no deseo extender el manto de la inocencia sobre la ciudadanía. Los españoles también tenemos la costumbre, muy de país pobre, de preguntar por el color partidario del presunto delincuente cada vez que salta un escándalo de corrupción. Y, a partir de ahí, ya conformamos nuestra posición.

Sin embargo, sí quiero subrayar las consecuencias del peligroso nivel de toxicidad en el discurso político actual. La primera es electoral, ahora que todos los días parecen ser de campaña sin que haya urnas a la vista, conviene recordar que llevamos demasiadas desgracias a las espaldas para hablar de desafección. El reiterado asco que motiva la falta de sensibilidad de los líderes actuales sólo puede terminar beneficiando a los extremos. La indignación encuentra su espita en la impugnación, en eso nuestra nación no es distinta al resto.

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Y la segunda es sistémica, porque la saturación o la repulsa ante el oportunismo de los gobernantes que sólo saben comportarse como militantes no es lo más grave de cara a nuestro porvenir.

Deberían preocuparnos las sensaciones de orfandad que cada catástrofe nos deja acumuladas y no se diluyen cuando los informativos cambian de asunto. El sentimiento de que la política no nos protege, no nos socorre y no nos reconstruye supone una amenaza para la supervivencia de nuestra democracia porque está basado en hechos reales.

Una amenaza ahora concentrada en uno de los fundamentos del sistema, en nuestro modelo de Estado descentralizado, con competencias y recursos compartidos, con un diseño mejorable porque nunca llegó a estar acabado, con una deslealtad institucional exacerbada por el frentismo y encima con el problema añadido de que varios ministros sean también candidatos en distintos territorios.

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Yo creo que el centralismo siempre ha fracasado en España por ser incompatible con la libertad política. Y no considero que sea más eficiente, aunque la dirigencia política parezca empeñada en demostrar lo contrario. Ahora bien, sí empiezo a pensar que este grado de polarización es incompatible con la descentralización.

El hecho de que el gobierno central sea de un color y la mayoría de gobiernos autonómicos de otro tendría que ser una señal de salud democrática en lugar de un factor de riesgo. Sin embargo, hay preguntas que a cualquiera tendrían que estremecerle…

¿Cuánto habrían tardado los presidentes autonómicos en pedir la declaración de emergencia si Feijóo estuviese en Moncloa?

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¿Cuánto habría tardado Sánchez en ordenarle a Marlaska esa declaración si en Galicia, Extremadura o Castilla y León estuviese gobernando el PSOE en lugar del PP?

¿Estaríamos en una situación distinta si el mismo partido estuviese gobernando en los dos niveles?

Probablemente, los incendios habrían sido iguales porque todavía no hemos interiorizado la importancia de la prevención. Seguramente, se habría reaccionado con mayor agilidad. Y, con toda seguridad, no estaríamos sufriendo este repulsivo discurso político.

El 1% de nuestro territorio está súbitamente abrasado y la polarización política traerá el olvido en cuestión de días. Las llamas que han monopolizado nuestras pantallas serán apagadas por el tsunami de la corrupción en cuanto llegue septiembre.

El 1% de nuestro territorio está súbitamente abrasado y la polarización política traerá el olvido en cuestión de días

Dentro de sólo unas semanas, la carencia de ayudas tendrá dificultades para abrirse espacio en el torrente de la información. Sucedió tras el volcán, ocurrió tras la Dana y me temo que volverá a pasarnos después de esta tragedia.

Cuando eso ocurra, cuando veamos a los socialistas tratando de firmar el empate con los populares en corrupción, cuando les escuchemos golpeando otro de los fundamentos de nuestro sistema democrático -la integridad de la Justicia-, las otras crisis, las menos ruidosas y naturales, las más vitales y más estructurales no formarán parte de la conversación nacional. Por ejemplo, la vivienda que tiene apresadas a dos generaciones. Nada de eso serán tratado en el debate político más que de manera lateral, como notas al pie, como zascas.

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Ninguno de los grandes problemas puede no ya solucionarse, no ya remediarse, no ya avanzarse, ni siquiera abordarse honestamente sin un mínimo de colaboración con el reparto de competencias que tenemos. España está bloqueada ante los grandes asuntos y se bloquea en los momentos más críticos porque la polarización ha convertido la deslealtad institucional mutua en norma definitoria de todo este tiempo perdido.

Con este modelo de Estado centralizado, que en el fondo nos cuenta la historia de un éxito democrático histórico, que es el único que podemos tener aunque esté mal desarrollado, pero que está siendo carcomido por el odio, el bloqueo sólo puede ahondarse, los desastres sólo pueden hacernos el mayor de los daños posibles y la convivencia sólo puede esperar.

Yo no sé de incendios. Pero sé que vienen incendios políticos de primera. Yo no sé cuándo saldremos de aquí si es que alguna vez lo conseguimos. Pero sí que estoy convencido de que nada nos obliga a ser el único país del mundo que aprovecha las catástrofes para dividirse en lugar de unirse. Todo esto, lo confieso, me da una pena tremenda.

Yo no sé de incendios forestales, pero sí de incendios políticos. Y aquí se ha montado uno desde los dos frentes que elude las responsabilidades políticas y hace más irrespirable la vida pública.

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