Ajardinar en lugar de depredar: Albarda, el ejemplo renacentista a contracorriente
A poca distancia del pueblo desde el que Chirbes presenció la rapiña inmobiliaria, un jardín supone una anomalía dentro del mar de depredación de grúas que reinan en el litoral
Apenas hay diez minutos entre Pedreguer y Beniarbeig, el pueblo alicantino, en la Marina Alta, donde Rafael Chirbes encontró algo así como su búnker, alejado del ruido. También fue allí donde murió. Beniarbeig, tan próxima como apartada, le sirvió de atalaya desde la que seguir la depredación de la costa mediterránea. Una retransmisión en vivo y en directo. Tal que aquel que se asoma, desde su balcón, a una obra que parece no acabarse nunca. En la Marina, la fiesta parecía no tener fin.
Sobre esos vecinos, y ese vecindario que puede extenderse a toda una costa de todo un territorio, Chirbes escribió, puro y crudo: "… nadie tiene la impresión de tener que luchar por nada, ni de que le estén quitando nada, cuando allí sí que les han quitado la historia, la arquitectura, el paisaje, los han despojado de todo, arruinado: a esos sí que los entendería volando con explosivos de dinamita kilómetros de edificaciones, devorando las tripas de las rapaces que se los han estado comiendo a ellos. Y justo esos se están quietos. Ni pían".
El mismo Chirbes, cuyas páginas fueran la mejor denuncia ante ese exceso de quietud, podía ver a apenas unos kilómetros contadísimos de su casa cómo un jardín, a principios de los noventa, se abría paso sobre un solar yermo de Pedreguer, al tocar la ciudad de Denia. Alguien piando. Y una sospecha: qué estaba ocurriendo entre terrenos semimontañosos.
Al otro lado, un hombre de aires itálicos llamado Enrique Montoliu. Empresario formado en ingeniería química que decidió consagrar parte de su fortuna a hacer las cosas al revés: en lugar de provocar que la naturaleza se retirara para dar paso a las grúas y la depredación, articuló un plan para resolver de la nada uno de los jardines más deliciosos de España, mirando al Montgó, pero plenamente ajeno a las miradas o el tránsito más masivo. Ayuda su demarcación, un lugar preciso para ver crecer contando el tiempo en décadas.
Han pasado casi cuatro desde que, en lugar de la primera piedra, se colocara la primera semilla. Desde que, en lugar de depredar, como se estilaba, Montoliu apostó por ajardinar. 700 especies distintas de plantas mediterráneas se han apoderado de las cerca de cinco hectáreas de las que dispone el llamado jardín de l’Albarda.
Atravesar la puerta, conducirse por un largo pasaje escoltado de árboles altísimos hasta llegar al meollo botánico, sirve para entregarse a un palacio del paisaje del todo insólito. Aquí el invernadero, una especie de anfiteatro de lo verde; allá el umbráculo, una estructura que cobija especies foráneas; entre medias la residencia a modo de villa… un reguero de estancias que convierte en inevitable dos interrogantes: de quién es todo esto y para qué.
El propio Montoliu definió la propiedad del jardín estableciendo una fundación (FUNDEM), dedicada a la conservación de la fauna y flora mediterránea. Desde esos noventas, ha ido desarrollándose a través de socios, en un crowdfunding continuado por el que cada miembro apadrina. Cien metros cuadrados de terreno natural al año. Con ese mecenazgo naturalizador, la fundación compra hectáreas, por ejemplo 240 hectáreas en Fredes, al norte de Castellón, en un programa de compra y custodia por el que acumulan terrenos con alto interés ecológico y que, a pesar de no tener protección, ofrecen un alto valor paisajístico. Cada hectárea que se compra supone también la renuncia a sacarle rendimiento económico, más allá de su autoabastecimiento.
La de "para qué" es quizá la pregunta que Montoliu más ha contestado cuando le abordan sobre las razones de un antiguo químico para emprender esta causa de vida. Lejos de la conservación —la Albarda no existía, su jardín hubo que crearlo—, es un ejercicio más cercano a la expansión del terreno natural. Es difícil entenderlo sin emparejarlo justo a esa época de depredación total de la costa, sin apenas antídotos. Una batalla de tiempos: entre la celeridad por levantar inmuebles como y donde fuera, frente a la espera de quien, a partir de unos pocos árboles, ansía un amplio jardín.
Sus formas son las de un espacio de orden renacentista repleto de fuentes, esculturas o pequeñas pérgolas, donde puntualmente se entrecruzan elementos del pasado árabe valenciano. También un ejercicio de memoria a partir del entendimiento de una cultura como la suma de todos sus rastros previos, y no como la tabula rasa de aquello que se levanta a partir de considerar lo de antes como una nada.
El jardín está abierto al público y, desde cualquier rincón, puede escucharse a lo lejos aquello de Chirbes, como si este enclave fuera una rebeldía aislada que decidió piar en lugar de sucumbir a las rapaces.
Apenas hay diez minutos entre Pedreguer y Beniarbeig, el pueblo alicantino, en la Marina Alta, donde Rafael Chirbes encontró algo así como su búnker, alejado del ruido. También fue allí donde murió. Beniarbeig, tan próxima como apartada, le sirvió de atalaya desde la que seguir la depredación de la costa mediterránea. Una retransmisión en vivo y en directo. Tal que aquel que se asoma, desde su balcón, a una obra que parece no acabarse nunca. En la Marina, la fiesta parecía no tener fin.