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La Fúmiga, la Gossa Sorda… y el excelente mal momento de la música en valenciano
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La Fúmiga, la Gossa Sorda… y el excelente mal momento de la música en valenciano

Mientras unas cuantas formaciones llenan grandes escenarios en cuestión de horas, el ecosistema musical en valenciano pende de un hilo. Una dualidad que explica la fragilidad de las de políticas culturales respecto a la lengua propia

Foto: La Fúmiga clausura el Rototom Sunsplash de 2023. (EFE/Domenech Castelló)
La Fúmiga clausura el Rototom Sunsplash de 2023. (EFE/Domenech Castelló)

En un acercamiento rápido podría pensarse que el momento de la música en valenciano encaja con el diagnóstico de una mala salud de hierro. Como el tópico argentino que sitúa sus mejores películas en sus peores momentos económicos. En el caso valenciano la ambivalencia -casi una bilocación que situaría al ecosistema musical en dos territorios distintos al mismo tiempo- llega por un plano en el que La Fúmiga, la banda de Alzira encarando su retirada, vende en apenas 25 minutos las 18.000 entradas del Roig Arena después de haber agotado las de su primer concierto. Un fenómeno sin precedentes en la brevísima historia del recinto. Un plano donde La Gossa Sorda, el conjunto de Pego apeado de los escenarios hace una década, anuncia su regreso y despacha cerca de 50.000 entradas en los primeros compases. Y, aunque ya se despidió, propuestas como la de Zoo hace tiempo que demostraron la potencia natural de componer en la lengua propia y alcanzar públicos amplios.

En otro plano, paralelo, un contexto autonómico de asedio al valenciano, con un recorte de cerca del 40% a la Acadèmia Valenciana de la Llengua o una programación de Conciertos de Viveros con un arrinconamiento total del valencià en sus ediciones recientes. Pero fundamentalmente una incomodidad de la Generalitat hacia esa fuerza cultural con acento abierto. ¿Cuál es entonces el plano verdadero?, ¿cómo conviven ambos?

Para el periodista musical Carlos Pérez de Ziriza, una de las personas que mejor conoce el contexto, "la música valenciana (y no solo en valenciano) lleva muchos años gozando de muy buena salud, aunque solo unos pocos nombres trasciendan. En el caso de La Fúmiga o La Gossa Sorda, se juntan dos factores: por un lado, esta explosión de FOMO de la música en directo, que estamos viendo, sobre todo, desde la pandemia (Oques Grasses, por ejemplo, acaban de vender 50.000 entradas para el Estadi Olímpic, algo que también nos hubiera parecido inaudito hace unos años), y, por otro lado, creo que, teniendo en cuenta que a quienes están al frente de la Generalitat les importa un comino el valenciano (cuando no les molesta directamente, como es el caso de Vox, que son quienes al fin y al cabo sostienen este Consell), eso seguramente lo único que va a hacer es fortalecer aún más toda esa escena de grupos que se expresan en valenciano, cuyo entramado de promotoras, discográficas y agencias se hace fuerte ante estas situaciones adversas".

Una especie de refuerzo a la contra que Paula Simó, quien dirige desde la Universitat de València la unidad de investigación Música para el Desarrollo, define como de "dualidad entre música en valenciano o música valenciana". Cree que mientras la música hecha desde Valencia vive un gran momento, el diagnóstico de la música en valenciano no puede definirse como de "buena situación" y, por tanto, el sold out de "La Fúmiga no corresponde con la realidad. Ha pasado porque se separan y porque se han dado una serie de condiciones muy concretas. Por otra parte, vuelve La Gossa Sorda y seguro que para sus fans es un buen momento. Pero son proyectos muy concretos, de un estilo muy concreto y para un perfil de demanda muy concreto. Otro tema es la música valenciana de base, que tiene sus circuitos y sus espacios en los que existe una demanda, un público bastante estable, aunque minoritario. Ahora bien, ¿hay suficiente demanda como para que esos músicos puedan vivir de hacer música y considerarse profesionales? Pues no lo tengo nada claro".

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Pérez de Ziriza advierte del riesgo de volver a una "situación, como hace unos quince años, en la que los músicos que se expresan en su lengua propia estaban proscritos por las instituciones en su propia tierra". Para ello pide que, "quienes aún creen que la música en valenciano es una especie de género o estilo" se lo hagan mirar. "Seguro que muchos son menos reticentes a escuchar música en inglés, francés o arameo". En dirección contraria, observa que "que mucha de la gente que se considera muy militante de la música en valenciano, tampoco se molesta en escuchar propuestas similares (que podrían gustarles) en otras lenguas, ya no te digo si son propuestas más underground o heretodoxas".

Simó, quien destaca la importancia estratégica que deben tener nuevos proyectos como València Music City para facilitar un mayor alcance, sitúa el reto en "hacer llegar la oferta musical valenciana (y en valenciano) a esa parte de la sociedad que no tiene ningún contacto con ella. Y eso pasa por inversión pública en música en valenciano, en la industria musical valenciana, en proyectos que faciliten la inclusión, la diversidad… También pasa por hacer mucha pedagogía y contarnos y explicarnos para conocernos mejor. La consecuencia natural será el aprecio hacia nuestra cultura".

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Esa convivencia entre dos planos, una suerte de esplendor y de gueto al mismo tiempo, se explica por la fragilidad de las políticas culturales respecto a la lengua propia. Requiere altura de miras. Dejar de especular a partir de réditos electorales y tener la conciencia de que la música en valenciano es una realidad contemporánea, transversal y que merece centralidad en las políticas culturales, gobierne quien gobierne en el Palau (el PP de Mazón tuvo la gran oportunidad de elegir normalizar en lugar de confrontar con la lengua; eligió lo primero).

En un acercamiento rápido podría pensarse que el momento de la música en valenciano encaja con el diagnóstico de una mala salud de hierro. Como el tópico argentino que sitúa sus mejores películas en sus peores momentos económicos. En el caso valenciano la ambivalencia -casi una bilocación que situaría al ecosistema musical en dos territorios distintos al mismo tiempo- llega por un plano en el que La Fúmiga, la banda de Alzira encarando su retirada, vende en apenas 25 minutos las 18.000 entradas del Roig Arena después de haber agotado las de su primer concierto. Un fenómeno sin precedentes en la brevísima historia del recinto. Un plano donde La Gossa Sorda, el conjunto de Pego apeado de los escenarios hace una década, anuncia su regreso y despacha cerca de 50.000 entradas en los primeros compases. Y, aunque ya se despidió, propuestas como la de Zoo hace tiempo que demostraron la potencia natural de componer en la lengua propia y alcanzar públicos amplios.

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