Valencia se apunta a la vía religiosa: el Santo Cáliz, leyenda e historia
En plena estrategia urbana por el turismo religioso, las nuevas investigaciones en torno al cáliz de la Catedral de Valencia reabren su trazabilidad histórica y desmienten el concepto del Santo Grial
De Los domingos de Aluda Ruiz de Azúa al Berghain de Rosalía, nuestro entorno cultural se agita estos días a partir de la percepción de que la religiosidad ha vuelto, al menos, como fondo de pantalla. Una conclusión a medio camino entre el wishful thinking -o el deseo de que así sea- y cierta ilusión óptica que toma el continente por el contenido. Hay, en cambio, una evidencia: estamos hablando de ello.
Desde hace unos años la conversación sobre los atractivos de Valencia también incluye en su ecuación el factor religioso. Ocurre bajo un ingrediente -llamado en la jerga producto turístico- sobre el que gira toda la apuesta: el Santo Cáliz, conservado en la catedral de la ciudad y a partir del cual se impulsa la estrategia urbana para atraer turismo religioso.
Hay factores que decantan la apuesta. Es un público al alza. La previsión para este año es que el turismo religioso alcance los 164.000 millones, elevándose en un 9%. El patrimonio asociado a la religión -componente esencial en algunas de las principales ciudades turísticas- es un elemento con especial tracción. Y Valencia entiende que el Santo Cáliz reúne todos los condicionantes para convertirlo en una enseña de su promoción propia.
En ese contexto se entiende la creación del Centro de Interpretación del Santo Cáliz, un proyecto en ciernes, ubicado en el cogollo eclesiástico, con un formato inmersivo. El municipio pidió también que el Año Jubilar -hasta octubre de 2026- fuese acontecimiento de excepcional interés público.
El Santo Cáliz, sin embargo, ha arrastrado un problema extendido en el tiempo. La confusión en torno a la reliquia. La vinculación con las leyendas sobre el Santo Grial y ese imaginario de hombres disfrazados de Indiana Jones haciendo rutas turísticas por el centro de Valencia.
En las últimas semanas, el libro El Santo Cáliz. Una historia real, escrito por Catalina Martín Lloris y Guillermo Gómez-Ferrer, doctores de Historia del Arte y Filosofía, respectivamente, genera un sustento histórico que puede incrementar la credibilidad en torno al cáliz. Una investigación histórica que ha ocupado a sus autores un buen puñado de años ("el cáliz se ha convertido en algo central en nuestras vidas", aseguran) dirigida a situar el realismo de la reliquia: "Esa ha sido nuestra lucha. El cáliz como un objeto real con una historia real", plantea Gómez-Ferrer.
Un ejercicio de desbrozar falsedades y recomponer la trazabilidad del recorrido hasta Valencia. "Lo más complejo -sigue Catalina Martín- ha sido explicar que algunas ‘verdades’ construidas sobre tradiciones no documentadas, en realidad, no lo eran. O sea, recorridos de la reliquia que nunca existieron, pero que en algún momento alguien puso por escrito y se repitieron hasta hacer creer que habían ocurrido".
La indagación les ha permitido desestimar la vía romana del cáliz hasta Valencia. "El momentazo es en el año 2015 -señala Martín Lloris- cuando se descubren los documentos que sitúan la reliquia del Santo Cáliz en el siglo XI en El Cairo", lo cual obligó a "abrir la posibilidad de la vía de Jerusalén con toda la documentación que esta nueva alternativa ofrecía" y retomar "el recorrido documental partiendo de otras circunstancias. Por ejemplo, la solicitud del Santo Cáliz en 1322 de Jaime II al sultán de El Cairo, que como no estaba alineada con la vía romana, se consideraba una equivocación del rey".
Contribuye a reforzar la narrativa en torno a un elemento que, a pesar de ocupar la centralidad de la ciudad, ha estado rodeado de bruma. También para los propios autores, como reconoce Gómez-Ferrer: "Partía de una posición escéptica respecto a las reliquias en general. No me ayudaban algunas afirmaciones que yo interpretaba como una capa para ocultar la falta de evidencias".
Y entre esas capas, la más dañina para la reliquia ha sido precisamente su vinculación directa con el mito del Santo Grial. "La diferencia entre Santo Cáliz y grial es esencial", plantea Martín Lloris. "No se puede seguir hablando de ellos como si fuesen formas distintas de llamar a un mismo objeto, porque solo lleva a la confusión. El Santo Cáliz es un objeto real que existió, que Jesucristo utilizó en la Última Cena y cuya reliquia hoy estudiamos como posibilidad de que se conserve en la Catedral de Valencia. El grial es una construcción literaria, del siglo XII, de la novela inacabada de Chrétien de Troyes (…) Hay un deseo en el siglo XII de dar historicidad a la leyenda para hacerla más atractiva, pero no era lo mismo. El Santo Cáliz nunca ha sido tratado o llamado grial hasta el siglo XX".
Su viaje, en opinión de Gómez-Ferrer, "lleva hasta los orígenes del cristianismo. No tiene nada que ver con misterios, mitos, leyendas ni especulaciones. Creo que el libro ayuda a entender no solo la historia del objeto, sino de la fe cristiana, y especialmente la Edad Media en la Corona de Aragón, que es un momento central en la historia del cáliz".
El problema, contempla Catalina Martín, tiene que ver con que "la ficción ha aplastado la realidad, ha acabado con ella. El Santo Cáliz existió y su reliquia, como se ve en el libro, estuvo en Jerusalén, se llevó durante la última cruzada a El Cairo y de ahí a la Península Ibérica (…) Reyes, sultanes, emires, peregrinos buscaban esta reliquia, lucharon por ella, dieron su vida por ella, mandaron embajadas. La solicitaban con insistencia para mostrarlas en las ceremonias. Así ha sido valorada y reconocida a lo largo de toda la historia y ese era su valor".
Su presencia en Valencia, coinciden, habla de "la importancia de esta ciudad durante la Edad Media y siglos posteriores. El sultán de El Cairo no habría enviado nunca El Santo Cáliz a una ciudad menor. Jaume II el Just fue un rey tan importante durante el siglo XIII y XIV que se le entregó la reliquia más importante de la cristiandad, una pieza deseada por muchos y que, sin embargo, se le dio a él, un rey de la Corona de Aragón, un rey valenciano".
Valencia, por tanto, en su recorrido para vincularse con el patrimonio religioso, debe enfocarse menos en los espectáculos con Indiana Jones y más en una historia medieval que explica su propia relevancia como epicentro del Mediterráneo.
De Los domingos de Aluda Ruiz de Azúa al Berghain de Rosalía, nuestro entorno cultural se agita estos días a partir de la percepción de que la religiosidad ha vuelto, al menos, como fondo de pantalla. Una conclusión a medio camino entre el wishful thinking -o el deseo de que así sea- y cierta ilusión óptica que toma el continente por el contenido. Hay, en cambio, una evidencia: estamos hablando de ello.