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De casi perderlo todo al milagro: un año en la vida de la primera veterinaria de Paiporta
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El resurgir de Lolavet

De casi perderlo todo al milagro: un año en la vida de la primera veterinaria de Paiporta

Lola atiende ya a sus clientes en unas instalaciones que no se parecen en nada a las que tenía antes del 29 de octubre de 2024. Aunque el resultado pudo ser peor, el agua estuvo a punto de acabar con su negocio de 30 años

Foto: Lola Cebrián en su nueva clínica. (Guillermo González)
Lola Cebrián en su nueva clínica. (Guillermo González)
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Cuando la semana pasada sonaron las alarmas por las lluvias, Lola Cebrián volvió a coger todos sus archivos y su portátil y se los llevó consigo. Es una rutina que repite cada vez que amenazan aguaceros desde hace un año. Esta veterinaria lleva desde 1996 pasando consulta en Paiporta, pero desde finales de 2024 ha sumado a su día a día este nuevo proceso que no cree que pueda olvidar. Es un pequeño tic que le ha quedado después de que la dana de Valencia arrasase su negocio y la dejase al borde del derrumbe.

Cebrián es la veterinaria más antigua de este municipio valenciano, la primera que abrió una clínica allí y a día de hoy está decidida a seguir ofreciendo sus servicios algunos años más. Pero durante unas cuantas semanas dudó mucho de que pudiera seguir ahí. Una ola de más de 2 metros había reventado la puerta de su local y destrozado la pared trasera del edificio. El agua había penetrado gracias a que una furgoneta se había estrellado contra la persiana metálica y esa pequeña rendija fue suficiente para llenar de líquido marrón el local y hasta lanzar un arcón frigorífico contra la pared que queda al fondo. Ahora, un año después de aquello, a simple vista no queda ni rastro del lodo, pero como pasa en todos los pueblos afectados por la riada, las cicatrices siguen muy presentes.

"Yo me enteré de lo que pasaba cuando me llamó la vecina de enfrente de la clínica. Fue a enseñarme cómo el agua estaba inundando la calle, pero cuando giró la cámara y enfocó a mi local el lugar había desaparecido. Estaba bajo el agua", cuenta Cebrián en conversación con El Confidencial desde su renovada clínica. Ella es vecina de Bétera, otro municipio del arco metropolitano, pero que no sufrió los daños de aquella aciaga tarde. "Yo no pude llegar aquí hasta el segundo día. Tuvimos que colarnos por debajo de la persiana y pudimos ver el destrozo. Ahí te das cuenta de que en un plumazo se ha ido todo".

Fue entonces cuando esta veterinaria, como todos los vecinos de la zona, empezó a acudir religiosamente a su local, como si de una jornada laboral más se tratase, pero sin poder hacer nada. Durante semanas, miles de vecinos y sobre todo comerciantes vieron como el trabajo de una vida se venía abajo sin saber ni por dónde podían empezar a recuperarlo. Pero lejos de amedrentarse y tirar la toalla, acudían para poder hacer lo que fuese, aunque tuviesen que andar decenas de kilómetros o limpiar hasta la extenuación. De todos modos, Cebrián es una privilegiada, pues en julio cerca del 50% de los comerciantes de La Horta Sud seguían sin poder reabrir sus locales.

En un paseo por el municipio es muy normal encontrarte con locales totalmente vacíos a medio derruir y aún con manchas del lodo en las paredes. "Este mismo edificio estuvo a punto de ser derruido. El agua se había colado por la parte delantera y había reventado la trasera, por lo que había bastante riesgo. Un día se me ocurrió llamar al seguro para empezar a recuperar todo y aparecieron aquí hasta los bomberos y me precintaron el local mientras aguantaba como podía abrazada a la señora que vive justo arriba. Por suerte eso pasó", detalla. "Si me hubieran tirado el edificio, dudo mucho de que pudiera haber continuado. No sé si tendría fuerzas para montarlo todo de nuevo".

A día de hoy de su antigua clínica no queda prácticamente nada. Dos bancos de obra cuyo constructor le garantizó hace años que aguantarían cualquier diluvio y los pocos ficheros que pudo recuperar al ponerlos a secar en el tendedero de su casa. Como muchos otros vecinos ha optado por un diseño más sencillo, ha olvidado las máquinas y las paredes blancas solo tienen un toque de color por las pegatinas que ha ido añadiendo Cebrián. "Queríamos recuperar la clínica y tenerla en funcionamiento, por eso optamos por algo sencillo. Aunque mientras estuvimos cerrados también seguimos trabajando en los hospitales de campaña que se montaron", cuenta.

Su salvación fue casi un milagro, pero los problemas están lejos de acabarse. El suelo, aún mojado, sigue filtrando el agua por las grietas de las construcciones. Las paredes dibujan humedades sin parar y ha perdido miles de registros de clientes. "Limpio el suelo cada mañana y a la noche ya vuelve a estar mojado, es como si lloviese aquí dentro cada día, pero es la humedad del suelo que no para de filtrar. Va a pasar mucho tiempo hasta que termine de secarse", cuenta Cebrián. Al menos ella pudo reformar, muchos de los comerciantes siguen esperando el visto bueno para hacerlo.

La desigualdad de la reforma

Por Paiporta hay decenas de obras en todo tipo de bajos. A unos pasos de la veterinaria hay una casa en reconstrucción que tiene a una cuadrilla trabajando a destajo. Paran un segundo al ver que este periodista se interesa por el lugar. No saben decir ni la cantidad de reformas que llevan hechas desde noviembre, pero sí que aseguran que no han parado, ni creen que lo puedan hacer pronto. El propio oficial perdió su bajo durante la dana y dice que solo fue uno de miles. Aquí todos tienen algo que arreglar, ya sea una casa entera, un trastero o un garaje. Las diferencias ahora las marca, más que nunca, el dinero.

Mientras algunos locales como estancos, supermercados o tiendas de diferentes cadenas parecen recién construidas, otros, como negocios de compro oro, bares o pequeñas tiendas, siguen cerrados a cal y canto. A falta de más ayuda y apoyo, según un estudio sobre el comercio afectado por la dana en la comarca promovido por la Universidad de Valencia y la Mancomunidad de La Horta Sud publicado en julio, más del 50% de los pequeños negocios ya han reabierto en las poblaciones de la zona cero, aunque la situación es muy desigual.

Los autores del informe destacaban "la débil cultura de la previsión" de los comercios estudiados, pues menos del 50% tenía seguros para situaciones de catástrofe, y el alto porcentaje de mayores sin relevo generacional que estaba al frente de estos negocios. En una catástrofe como esta, el haber tenido algo de dinero para poder reparar rápido ha sido crucial, como muestra Cebrián. "A mí el consorcio me adelantó dinero y me dio ayudas rápido, lo que me permitió empezar los arreglos pronto y terminar algo después de las Navidades. De haber tenido que esperar más lo mismo no estábamos aquí", detalla.

El impacto desigual también se nota en la facturación. Mientras las grandes superficies ya han recuperado sus cifras previas a la riada, las pequeñas empresas siguen sufriendo pérdidas y ganan un 10% menos que antes. Así lo muestra un estudio CaixaBank Research publicado hace unos días aprovechando el aniversario de la catástrofe.

Mientras muchos de estos comercios aún esperan su turno para la reforma, una serie de anuncios han empezado a aparecer en los portones cerrados. Textos de carpinteros, chapistas o reformistas que ofrecen sus servicios. La mayoría son folios blancos que destacan porque están pegados justo encima de los últimos restos del fango.

Cuando la semana pasada sonaron las alarmas por las lluvias, Lola Cebrián volvió a coger todos sus archivos y su portátil y se los llevó consigo. Es una rutina que repite cada vez que amenazan aguaceros desde hace un año. Esta veterinaria lleva desde 1996 pasando consulta en Paiporta, pero desde finales de 2024 ha sumado a su día a día este nuevo proceso que no cree que pueda olvidar. Es un pequeño tic que le ha quedado después de que la dana de Valencia arrasase su negocio y la dejase al borde del derrumbe.

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