La Valencia de los edificios utopía: cuando levantar casas era un progreso urbano
Iniciativas urbanísticas que fueron utópicas y que, muchas décadas después, sirven para recordar que en el debate sobre la vivienda también importa el cómo: qué tipo de casas y de urbanismo
El debate sobre construir más vivienda o no construir para hacer frente a una crisis habitacional de caballo está conformando dos vías de pensamiento. Por un lado, la de quienes creen que la solución está en las grúas (el último libro de Jorge Galindo, Tres millones de viviendas, es explícito), una posición que conecta con el propósito de esa nueva izquierda que representan Ezra Klein y Derek Thompson en su manifiesto Abundance. Solo el crecimiento -también inmobiliario- nos sacará del atolladero, sostienen. Frente a ello, la vía de quienes creen que las coordenadas sobre las que se mueven las promociones ya no tienen que ver con las que fueron. Por tanto, construir viviendas no rebajará los precios del mercado inmobiliario; serán captadas por la misma dinámica que usa las preexistentes de forma especulativa.
En ese sándwich que lo atraviesa todo, apenas queda espacio para la otra cuestión: qué casas, de qué manera, promovidas por quién, para qué tipo de urbanismo. De fondo flota la sensación de que los proyectos arquitectónicos en España están abocados a ser como esa especie invasora llamada ‘bloque cebra’ que reproduce, tal que un molde, promociones inmobiliarias sin rastro de raigambre al territorio. En cualquier parte, como en cualquier lugar. De ningún sitio.
Una suerte de cancelación del futuro también en la arquitectura, como si no quedara derecho para tener proyectos habitacionales ambiciosos, cuando no algo utópicos, capaces -también- de despertar una retahíla de debates sobre cómo debe evolucionar el urbanismo en nuestras ciudades.
En Valencia, varios proyectos en pie representan épocas distintas donde se concibió la construcción como una oportunidad de transformación social. Fijarse en ellos puede provocar un conato de nostalgia, pero lejos de querer recuperar sus formas o estilos, es prescriptivo atender a sus orígenes para preguntarse por qué apenas son posibles proyectos similares, en un horizonte de desarrollos como Turianova, más cercanos a lo anti-urbano que a la integración en la ciudad.
Chalets de los periodistas, Blasco Ibáñez
Los chalets de los periodistas nacieron en los años previos a la Guerra Civil como una utopía urbana incrustada en la frontera de Valencia. Dos orillas de casas bajas inspiradas en las ideas de ciudad jardín de Howard y en la Ciudad Lineal de Arturo Soria. La Asociación de la Prensa, al amparo de la Ley de Casas Baratas, quiso levantar un barrio propio para una intelectualidad que buscaba un modo distinto de habitar: viviendas unifamiliares, arbolado, comunidad. El arquitecto Enrique Viedma, autor de la Finca Roja y del Mercat Central, dio forma al proyecto. Lo planteó como ensayo, primera pieza de un paseo monumental que debía prolongarse hasta el mar.
El contexto truncó sus planes. La guerra lo frenó de golpe, y la expansión posterior de la avenida Blasco Ibáñez lo desfiguró hasta dejarlo como excepción urbana. Solo queda una orilla en pie. Con cerca de noventa años, la iniciativa ligada a las Casas Baratas deja un rincón privilegiado, con viviendas millonarias que miran desde su propia atalaya a una ciudad ya exenta de utopías.
Colonia La Previsora, L’Hort de Senabre
La Previsora se levantó en 1928 como una rara avis, desde los ojos actuales: un grupo de cien chalets obreros en régimen cooperativo, con depósito de agua. La asociación promotora aprovechó también la misma ley de Casas Baratas para ofrecer viviendas con jardín y dos alturas, a funcionarios y trabajadores con ingresos modestos. El arquitecto Enrique Pecourt, junto a Borso di Carminati, trazó un microbarrio de corazón obrero.
La Previsora quedó incrustada junto a Patraix, rodeada de fábricas y talleres, en una Valencia fabril. Simbolizaron el ascensor social de una nueva clase obrera. Más modestas que los chalets de los periodistas, cada una de sus unidades es también objeto de deseo: un espejismo a un paso de la Ciudad de las Artes y las Ciencias.
La Finca Roja, Extramurs
Pero vayamos hacia utopías fetén. La rareza monumental: un castillo de ocho torres en medio de un ensanche de aspiración burguesa. Viedma la concibió como un laboratorio social, inspirado en las colonias vienesas y en la arquitectura obrera de Ámsterdam. Un nuevo modelo de convivencia: viviendas dignas, patio común como plaza interior, bajos pensados para comercios que activaran la vida de barrio. La utopía de las viviendas dignas, higiénicas y funcionales para una clase media-baja que tuviera derecho a disfrutar de las nuevas vanguardias internacionales.
La Finca Roja es ahora un icono urbano. Su autoestima vecinal se refuerza generación tras generación, aunque el propósito de tener un patio interior hecho plaza quedó aguado. Tras resistir bombardeos, eras de desdén y especulación, es un buen recuerdo de que proyectarse en grande para vecinos modestos es posible.
Espai Verd, Benimaclet
La más reciente de las grandes utopías. El Espai Verd es el edificio que se adelantó al futuro, en la frontera entre Valencia y la huerta. Levantado en los ochenta por Antonio Cortés, se sembró como cooperativas más propias de una civilización avanzada. Sus terrazas superpuestas, sus jardines elevados y su piel bioclimática lo convirtieron en la réplica mediterránea de Hábitat’67. Un manifiesto contra el desarrollismo.
En sus primeros años, el edificio fue recibido con hostilidad. El arquitecto Juan Luis Piñón lo definió en Levante-EMV como un bloque "raro", "egoísta y extraño", acusado de automarginarse, de negar la ciudad y hasta de ser una horterada. El arquitecto Carlos Salazar lo resume así: una parte del establishment arquitectónico mostró un rechazo frontal, incapaz de aceptar un modelo alejado de la norma. Cuarenta años después, la percepción ha dado la vuelta: un edificio visionario y no disparatado. Espai Verd no es ciudad ni huerta, sino la utopía contra todo pronóstico.
El debate sobre construir más vivienda o no construir para hacer frente a una crisis habitacional de caballo está conformando dos vías de pensamiento. Por un lado, la de quienes creen que la solución está en las grúas (el último libro de Jorge Galindo, Tres millones de viviendas, es explícito), una posición que conecta con el propósito de esa nueva izquierda que representan Ezra Klein y Derek Thompson en su manifiesto Abundance. Solo el crecimiento -también inmobiliario- nos sacará del atolladero, sostienen. Frente a ello, la vía de quienes creen que las coordenadas sobre las que se mueven las promociones ya no tienen que ver con las que fueron. Por tanto, construir viviendas no rebajará los precios del mercado inmobiliario; serán captadas por la misma dinámica que usa las preexistentes de forma especulativa.