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Los edificios favoritos de la Valencia que ya no existe
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Memoria urbana

Los edificios favoritos de la Valencia que ya no existe

Entre la recuperación nostálgica y el respeto patrimonial, la Valencia más actual se psicoanaliza a partir de la búsqueda de iconos desaparecidos

Foto: Vista del Palacio de Ripalda. (Wikimedia)
Vista del Palacio de Ripalda. (Wikimedia)

La nostalgia urbana es una buena manera de hacer memoria. Si hay suerte, y un poco de compromiso, incluso de hacer justicia con el pasado para rendir respeto a la arquitectura actual. Pero es también una reacción, extendida en los últimos años, por vivir una ciudad que -aunque ya no exista- permita vivir a partir del pasado una realidad demasiado homogeneizada. A lomos de clichés como ‘esta ya no es mi ciudad’, ‘en mi época…’, se reconstruye un mapa sentimental, no necesariamente vivido. Si nuestras calles se parecen tanto a las de otros, si las voces que nos contaban sufren una agonía afónica, hay un asidero en el que encontrar acomodo: vivir nuestras ciudades a partir del recuerdo de cómo eran. "La homogeneización siembra inestabilidad social al desplazar a las personas mediante su violento aplastamiento de la diversidad. Y desencadena la nostalgia entre los vecinos, quienes echan de menos cómo era su comunidad…", escribe Grafton Tanner.

Con toda lógica, para muchas personas envolverse en ‘lo que fue’ es la única narrativa que les permite relacionarse con su ciudad: les aporta una percepción mayor de soberanía. Solo que son afectos sobre una ciudad que ya no existe, y, por tanto, contribuyen a proyectar el futuro desde el blanco y negro, a desactivar los caminos propios.

Centrifugado en esa misma dinámica, emerge para Valencia una colección de edificios o instalaciones arquitectónicas que, aunque algunos de ellos se remontan a hace más de dos siglos, forman parte del momento más actual.

Los favoritos desaparecidos

Palacio Real. (Viveros) Es una especie de animal mitológico. Durante siglos fue el epicentro del poder monárquico, residencia de los reyes de la Corona de Aragón. En 1810, temiendo su captura por las tropas napoleónicas, se demolió, en un harakiri patrimonial. Durante mucho tiempo se creyó que no quedaba ni rastro, hasta que excavaciones en la mitad de los años ochenta sacaron a la luz parte de su estructura.

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Desde entonces, tímidamente, la ciudad fantasea con saldar su deuda con el Real. La idea de reconstruir el edificio, a modo de simulación, cobró fuerza con el descubrimiento del profesor Josep Vicent Boira, en los archivos parisinos, de los planos del complejo. Su recuperación simbólica sería una buena forma de visualizar la conexión urbana con la Valencia de Jaume I y la fuerza del autogobierno valenciano.

La Tortada de Goerlich. Ya se sabe: hubo un hombre en Valencia, Javier Goerlich, que diseñó toda una ciudad. En los años 30, definió para el corazón de Valencia una plataforma blanca y curvilínea, mitad fuente, mitad escenario urbano. Conocida popularmente como "la Tortada", su presencia simbolizaba el momento de la urbe en su viaje a la modernidad. Bien de ornamento. Su demolición en los años 60 respondió al afán de funcionalizar el espacio público, limpiarlo de excesos.

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Con la plaza del Ayuntamiento peatonalizada y puesta en valor, a la espera de su configuración definitiva, la recuperación simbólica de la Tortada, pasa por un proceso -en su fase final- de catalogar sus restos y darle una cierta dignidad pública.

La Escalera Real. Ubicada en el puerto de Valencia, fue el acceso ritual al Mediterráneo, utilizada por reyes para desembarcar en Valencia. Preparada para la llegada en 1858 de Isabel II. En las sucesivas ampliaciones del puerto, de ferocidad incombustible, quedó sepultada bajo las nuevas infraestructuras. En 2017, un georradar ubicó su presencia. El propio Puerto sacó pecho del hallazgo. Las catas descubrieron que allí estaba la escalera, elemento icónico de la Valencia que mira al mar. Su recuperación, durante un instante una prioridad patrimonial, sigue en el limbo, a pesar de la facilidad con la que mostraría el pasado más marinero de la urbe.

Cine Metropol. Ubicado en la calle Hernán Cortés, es obra del mismo Goerlich. Más que un edificio desaparecido, es un edificio en vías de desaparición. Tiene una fachada ejemplo de art déco, que remite a uno de los espacios culturales de mayor vitalidad durante la Segunda República (como una coletilla, siempre se añade que el Metropol fue lugar de paso para Ernest Hemingway, Orson Wells o Miguel Hernández). Cerrado tras el incendio en 2001, su supervivencia se ha judicializado ante la voluntad de convertir el edificio en hotel. Hace apenas un mes, el juzgado avaló la licencia hotelera, desestimando el recurso de la Fundación Goerlich. La carrera de salvación del Metropol ha sido una de las luchas contadas por conservar referentes de la primera mitad del XX.

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Palacio de Ripalda. Situado junto a los Jardines de Monforte fue una rareza neogótica que asomaba en el perfil urbano a finales del siglo XIX. Un edificio que, más allá de su estética fantasiosa (normalmente sobrevalorada), hablaba del deseo de singularidad de una burguesía queriendo reeditar en la ciudad sus sueños más alpinos. En 1967, en pleno desarrollismo voraz, fue demolido para levantar la Pagoda (icono del modernismo arquitectónico). La memoria del Ripalda ha llegado hasta hoy como una postal de cuento, una ensoñación a partir de lo que nunca fue: un edificio patrimonialmente valioso.

La nostalgia urbana es una buena manera de hacer memoria. Si hay suerte, y un poco de compromiso, incluso de hacer justicia con el pasado para rendir respeto a la arquitectura actual. Pero es también una reacción, extendida en los últimos años, por vivir una ciudad que -aunque ya no exista- permita vivir a partir del pasado una realidad demasiado homogeneizada. A lomos de clichés como ‘esta ya no es mi ciudad’, ‘en mi época…’, se reconstruye un mapa sentimental, no necesariamente vivido. Si nuestras calles se parecen tanto a las de otros, si las voces que nos contaban sufren una agonía afónica, hay un asidero en el que encontrar acomodo: vivir nuestras ciudades a partir del recuerdo de cómo eran. "La homogeneización siembra inestabilidad social al desplazar a las personas mediante su violento aplastamiento de la diversidad. Y desencadena la nostalgia entre los vecinos, quienes echan de menos cómo era su comunidad…", escribe Grafton Tanner.

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