reacciones al fallecimiento

"¿Hemos matado nosotros a Rita Barberá?": la pregunta que muchos se hacen en el PP

Su muerte no tiene más causa que un ataque al corazón, seguramente provocado por el estrés y una vida sedentaria. Pero el abandono de su partido hundió a Barberá en la depresión

Foto: Mariano Rajoy y Rita Barberá, con Javier Arenas detrás.
Mariano Rajoy y Rita Barberá, con Javier Arenas detrás.

Sin duda, lo más revelador del primer comentario de Mariano Rajoy tras conocer la noticia de la muerte de Rita Barberá fue su confesión de que había hablado con ella antes de su comparecencia ante el Tribunal Supremo. Esa suerte de “Luis, sé fuerte” clandestino seguro que no llegó vía SMS o WhatsApp si el presidente del Gobierno ha aprendido la lección de que es mejor no dejar huella en las conversaciones inconfesables. Amigos desde hace más de 40 años, Rajoy sostuvo hasta el último minuto a la “alcaldesa de España” (como él mismo la adjetivó en los años de euforia triunfalista del Partido Popular valenciano), en contra de gran parte de los cuadros orgánicos del partido, que apenas estallar el escándalo de la operación Taula y la causa de blanqueo de capitales y financiación irregular de campañas municipales, comenzaron a cuestionar su permanencia como senadora. 

La causa de Barberá suscitaba un justificado interés mediático, de ahí que una parte importante del partido tratase de quitarla de en medio políticamente

La presión llegó especialmente desde los llamados nuevos valores del partido (Javier Maroto, Alfonso Alonso, Pablo Casado, etc.), hartos de que la formación conservadora no saliese de las crónicas y programas televisivos sobre corrupción. La figura de Barberá, una persona icónica en el PP, protagonista fundacional del partido, exalcaldesa de uno de los mayores feudos electorales, una política carismática y populista para sus muchos seguidores, dictatorial y autoritaria para sus críticos, suscitaba sin duda un justificado interés mediático que salpicaba de lleno al PP. De ahí que tanto esos nuevos cuadros emergentes como la presidenta regional interina en la Comunidad Valenciana, Isabel Bonig, asesorada por los restos del partido valenciano (José Císcar), hiciesen lo posible por quitarla de en medio.

Flores y velas en homenaje a Rita Barberá a las puertas del Ayuntamiento de Valencia, que gobernó durante 25 años. (EFE)
Flores y velas en homenaje a Rita Barberá a las puertas del Ayuntamiento de Valencia, que gobernó durante 25 años. (EFE)

Ella se resistió como gato panza arriba y se sintió traicionada por muchas de las personas a las que ayudó a crecer. Resulta muy paradójico que Bonig, a la que la propia Barberá propuso para relevar a Alberto Fabra al frente del PPCV, tenga todos los números para renovar su puesto en el próximo congreso regional. Que Barberá se habrá arrepentido mil veces de ese padrinazgo lo demuestran el duro cruce de SMS que se propinaron tras enterarse la senadora de que su 'delfina' casi había pedido su cabeza en una comida con periodistas. 

“Su familia era el PP y el partido le ha dado la espalda”, señala a El Confidencial un alto exdirigente popular valenciano. Cierto. Fue Dolores de Cospedal quien tuvo que comerse el marrón de convencerla de que abandonase el escaño de senadora del Grupo Popular, en esa especie de pacto que nadie se creía en Madrid, por el cual pasaba al Grupo Mixto y se daba de baja en el registro de militantes. El objetivo era mantener el aforamiento a toda costa, separar su causa del ‘Sálvame judicial’ que a diario nutre contenidos televisivos desde la Ciudad de la Justicia de Valencia y tratar de aprovechar ese distanciamiento para descartar pruebas que pudieran complicarle la vida en su instrucción. Que despejase hacia sus subordinados el asunto de la financiación de las campañas cuando compareció ante el instructor Cándido Conde-Pumpido es el mejor reflejo de esa estrategia.

“Su familia era el Partido Popular y el partido le ha dado la espalda”, señala un alto exdirigente popular valenciano

Fue el partido el que finalmente le dio la espalda. Así lo sentía ella y así era. Nadie la llamó para participar en la campaña de las generales de junio, cuando aún no había desertado de su militancia. Deprimida, medicada, sola. Su muerte no tiene más causa que un ataque al corazón, seguramente causado por el estrés y una vida sedentaria y poco saludable. Pero ese desaire de sus compañeros de viaje en un partido al que había dedicado cuatro décadas (no estaba casada, no tenía hijos, vivía para la política) es sin duda uno de los elementos que más han influido en su desplome emocional. "Muchos de los que la entronizaron en los altares ahora pretenden no conocerla. Es en estos casos cuando se ve lo peor de la condición humana. Estaba muy triste y decepcionada con algunos compañeros de partido”, señalaba este miércoles el exministro de Exteriores José Manuel García-Margallo, compañero generacional y cómplice de mil batallas de Barberá. 

Barberá, el pasado lunes, tras declarar en el Tribunal Supremo como investigada. (EFE)
Barberá, el pasado lunes, tras declarar en el Tribunal Supremo como investigada. (EFE)

Por esto llama la atención que en las primeras horas tras su fallecimiento hayan salido a repartir culpas personas que giraron la cabeza cuando tocaba dejarla a un lado. Como Celia Villalobos, que ha acusado a los periodistas de “condenarla a muerte”, o la propia Isabel Bonig, que ha hablado de “una campaña que se arrastraba desde la pasada legislatura”. “Ha habido una cacería injusta contra ella”, se ha sumado también el expresidente del Congreso Jesús Posadas.

El que no se ha mordido la lengua a la hora de apuntar a su propio partido ha sido el expresidente del Gobierno José María Aznar, que se lamentó de que Barberá “haya muerto habiendo sido excluida del partido al que dedicó su vida”. Más explícito ha sido Álvaro Pérez, 'el Bigotes’, imputado y pieza clave en el caso Gürtel, que ha dicho que lo suyos la han abandonado “como una perra”.

La situación se había hecho insostenible. Fue Barberá la que decidió seguir adelante y aferrarse al escaño del Senado, pese a la imputación y la sobreexposición

Muchos en el PP se preguntan cuál es su nivel de responsabilidad en la muerte de la exalcaldesa y abogan por abrir “debates internos” sobre esta cuestión. Es cierto. Pero la situación de Barberá se había hecho insostenible. Fue ella la que decidió seguir adelante, no abandonar el escaño y someterse a la sobreexposición. Pero las heridas sangraban y seguirán sangrando, como lo demuestra el hecho de que la familia no quiere representación institucional ni partidaria en su funeral de este jueves.

No podrán evitarlo. Sus seguidores se están movilizando para convertir su sepelio en un multitudinario acto de desagravio. Como escribió una vez el periodista de Gata de Gorgos (Alicante) Francesc Arabí, las lealtades son como los abrigos, siempre se cuelgan en las puertas de los cementerios. Este jueves, todos serán de Barberá.

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