Lo que el Ejército piensa (y no puede decir) de los nuevos aliados de Sánchez
España parece haber optado por jugar a tensar, sobreactuar, marcar perfil interno a costa de la política exterior. Como si la diplomacia fuera una prolongación del mitin, que no de la política. Y eso tiene consecuencias
La disciplina se erige como armazón institucional de las Fuerzas Armadas españolas. La disciplina se funda en la jerarquía, obligando a mandar con responsabilidad y a obedecer lo mandado, como expresión de cohesión y acatamiento a la Constitución. La disciplina que conlleva la formación militar es la que hace que el Ejército sufra en silencio, con estoicismo, la deriva internacional del actual Gobierno de España.
En la frontera de Lituania con Rusia, en el marco de la misión de la OTAN Enhanced Forward Presence (eFP), España despliega desde hace años un contingente acorazado que no está allí para hacer turismo geopolítico. Carros de combate, infantería mecanizada y una cadena logística que funciona como un reloj sostienen una presencia disuasoria, frente a Rusia, en uno de los puntos más sensibles del flanco oriental de la Alianza.
No es una exhibición simbólica. Militares que se sacrifican por su país, por una forma de entender la vida y por una alianza, la Atlántica, en la que nuestros dirigentes ya no creen, pese a que la defienden con la boca pequeña. Militares que perciben, de reojo, la condescendencia con la que algunos aliados les observan, como si fueran figurantes de una política exterior que ha decidido jugar a otra cosa.
¿Qué pensarán estas tropas del aquelarre propagandísticomontado este fin de semana en Barcelona para mayor gloria del presidente?
En Turquía, España despliega una batería de misiles MIM-104 Patriot bajo mando de la OTAN. No es una misión menor ni decorativa: se trata de proteger el espacio aéreo de un aliado frente a amenazas reales procedentes de Oriente Próximo. Allí no hay pancartas ni discursos, hay radares y protocolos de alerta; es una misión técnica que España sostiene con profesionalidad.
¿Qué pensarán estos militares españoles cuando escuchan afirmar a Xi Jinping, junto a nuestro presidente, que China y España son países de principios, que actúan con rectitud moral y que "están dispuestos a situarse del lado correcto de la historia"?
Mientras unos se juegan la seguridad de Europa en el barro o frente a una pantalla de radar, otros parecen haber decidido que el "lado correcto" está a miles de kilómetros de donde realmente se encuentran los intereses de Occidente.
Sánchez ha viajado cuatro veces a China en los últimos cuatro años. A viaje por curso, como quien renueva abono. Y por si a algún jerarca del Partido Comunista le pareciera escasa la deferencia, los Reyes realizaron otra visita de Estado en noviembre de 2025. Aquella imagen ocupó portadas internacionales y, tal como informamos en su día, no fue precisamente una excursión voluntaria. Felipe VI, Capitán General de las Fuerzas Armadas, no viajó por impulso propio, sino por indicación gubernamental.
¿Se imaginan lo que supone para el mando supremo de los Ejércitos verse obligado a avalar, con su presencia, una política exterior que no comparte?
El Rey no lo dice, pero se percibe su incomodidad: situaciones complejas, escenarios comprometidos, decisiones que no controla pero que debe representar. Las excentricidades en política exterior no salen gratis. Se pagan. Hay erosión de la posición internacional e incomodidad de quien tiene que dar la cara después.
En su último viaje a Pekín, Sánchez reivindicó un mundo "multipolar" y defendió que Occidente debía ceder cuota de poder en favor del llamado Sur global. Lo hizo mientras en Barcelona, en el marco del Global Progressive Mobilisation, se señalaba a Donald Trump como epítome de todos los males contemporáneos, en mitad de un escenario internacional incendiado.
Desde el Palacio de Santa Cruz sostienen que España practica una política exterior autónoma, que no se alinea con nadie y que se guía exclusivamente por principios y por el derecho internacional. Una especie de geometría variable en la que caben todos: Washington, Pekín o quien convenga en cada momento.
La teoría es elegante; la práctica, bastante más prosaica. Después del roadshow ideológico de la última semana, cuesta no ver cierta inclinación selectiva, una querencia evidente hacia determinados regímenes y una frialdad creciente hacia otros aliados tradicionales.
Eso es porque la verdadera política exterior de España no se hilvana en el ministerio, sino en los reservados del Santo Mauro y tiene como objetivo no solo hacer de contrapeso a Donald Trump, sino levantar una cortina de humo para tapar los casos de corrupción que acechan al cada vez más débil Ejecutivo socialista.
Moncloa parece haber olvidado —por una cuestión demoscópica— que una cosa es Donald Trump y otra muy distinta, Estados Unidos. Reducir la relación con la primera potencia del mundo a la simpatía o antipatía que genere su presidente es un error de principiante (o una temeridad consciente). Puede que Trump esté amortizado, como sostienen incluso algunos de los suyos. Puede que su estilo haya agotado parte de su recorrido. Pero Estados Unidos seguirá ahí cuando él se vaya, como ha estado antes y estará después.
Lo razonable —lo adulto, incluso— sería asumir que hay que convivir con ese escenario durante el tiempo que dure, minimizar daños y preservar lo esencial. Mantener abiertas las vías de cooperación, evitar rupturas innecesarias, no dinamitar puentes por razones ideológicas de corto vuelo.
Sin embargo, España parece haber optado por jugar a tensar, sobreactuar, marcar perfil interno a costa de la política exterior. Como si la diplomacia fuera una prolongación del mitin, que no de la política. Y eso, en un mundo donde otros actores —los BRICS, sin ir más lejos— juegan con lógica de poder, no de relato, tiene consecuencias.
Y en medio, un Ejército que calla. Que obedece. Que cumple mientras en Madrid se experimenta con la política exterior como si fuera un laboratorio ideológico. La disciplina, decíamos al principio, como armazón. También como mordaza.
Quizá la pregunta no sea ya qué piensan nuestros militares, sino cuánto tiempo puede sostenerse esta disonancia. Porque la historia —esa que tanto se invoca— suele ser bastante menos indulgente de lo que creen quienes dicen estar en el lado correcto.
La disciplina se erige como armazón institucional de las Fuerzas Armadas españolas. La disciplina se funda en la jerarquía, obligando a mandar con responsabilidad y a obedecer lo mandado, como expresión de cohesión y acatamiento a la Constitución. La disciplina que conlleva la formación militar es la que hace que el Ejército sufra en silencio, con estoicismo, la deriva internacional del actual Gobierno de España.