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Mal Azcón, peor Alegría: Aragón ajusta cuentas con los dos grandes
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Nacho Cardero

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Mal Azcón, peor Alegría: Aragón ajusta cuentas con los dos grandes

El 8-F deja una escena poco habitual: dos grandes partidos golpeados al mismo tiempo. Uno por hundimiento propio. El otro por soberbia estratégica

Foto: Debate cara a cara entre los candidatos a la presidencia de Aragón Jorge Azcón y Pilar Alegría. (Europa Press/Ramón Comet)
Debate cara a cara entre los candidatos a la presidencia de Aragón Jorge Azcón y Pilar Alegría. (Europa Press/Ramón Comet)
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El 8-F supone un serio aviso para el PP de Jorge Azcón y, por elevación, al de Alberto Núñez Feijóo. No porque pierdan el Gobierno de Aragón, sino porque pierden el relato. Y, en política, eso suele ser peor. Azcón adelantó las elecciones para reforzarse, para ampliar margen, para consolidar poder y para ofrecer a Feijóo una victoria clara con la que apuntalar su liderazgo nacional. Nada de eso ha ocurrido.

El PP se queda muy por debajo de lo esperado. Muy por debajo de lo prometido. Muy por debajo de lo que justificaba el adelanto electoral. La noche no es un triunfo, sino una decepción envuelta en eufemismos. No hay ola, no hay despegue, no hay confirmación de que el PP sea hoy una alternativa sólida y expansiva al sanchismo. Hay, como mucho, resistencia. Y resistencia no es lo que se vendía.

Aragón iba a ser una demostración de fuerza. Ha acabado siendo un aviso. El PP de Azcón obtiene 26 escaños, un resultado peor que el de las anteriores autonómicas (28 escaños) y lejos de su techo histórico en la comunidad en 2011 (30 escaños). Gobernar sin crecer, después de forzar las urnas, no es una victoria: es un error de cálculo.

La responsabilidad no es solo autonómica. También alcanza a Feijóo. Aragón se había convertido en una pieza clave de su estrategia nacional: mostrar que el PP puede ganar sin Vox, o al menos sin depender de él de forma explícita, y que el cambio político en España es cuestión de tiempo. El 8-F no refuerza esa tesis; la debilita.

El problema del PP no es que Vox exista. El problema es que no consigue absorber el descontento ni capitalizar el hundimiento del PSOE. La extrema derecha sigue fuerte, creciendo, marcando agenda. Y el PP, en lugar de presentarse como refugio mayoritario, aparece atrapado entre la gestión de expectativas infladas y la incapacidad para convertir desgaste ajeno en ventaja propia.

El adelanto electoral se justificó con tres grandes objetivos: desbloquear los presupuestos, reducir la dependencia de Vox y propinar una derrota sin paliativos al PSOE. El balance es pobre. Uno, y a medias. Lo demás queda en propaganda retrospectiva.

El dilema del PP no es si Vox existe, sino cómo convivir políticamente con él sin quedar fagocitado ni aparecer como rehén. Y noches como la de Aragón demuestran que el problema no es solo el “qué”, sino el “cuándo” y el “cómo”.

Pero si la noche es mala para el PP, para el PSOE es directamente desastrosa y, por ende, para el bipartidismo. Resultado horribilis de Pilar Alegría en Aragón: 18 escaños, cinco menos que en la anterior cita autonómica.

Son las segundas elecciones del ciclo y el segundo disparo de los votantes contra el muñeco de paja socialista. Un partido cojo y manco que avanza por el calendario electoral como un zombi, sin pulso ni relato. Vox ya le pisa los talones. Y no solo simbólicamente.

El PSOE está siendo devorado por el hijo bastardo. De tanto cebar a la extrema derecha para arañar votos al PP y fabricar profecías apocalípticas sobre la llegada de Abascal al poder, ha terminado engullido por su propia criatura. No ha sabido escapar al proceso de lepenización que recorre medio mundo y que también ha echado raíces en España.

Vox crece hoy como creció Podemos hace una década: a lomos de la impugnación del sistema. Cambian los colores, no el patrón. Las mismas capas sociales que entonces se sintieron expulsadas del ascensor social y votaron morado, ahora viven instaladas en la incertidumbre permanente y votan verde. Entonces fue Rajoy quien echó gasolina al incendio. Ahora es Sánchez quien aviva el fuego.

La diferencia decisiva es que hace diez años no había votantes del PP que migraran hacia Podemos y hoy sí hay votantes del PSOE que cruzan la línea y acaban en Vox. Lo anecdótico es preguntarse cuándo caerán los socialistas en la cuenta de que han criado una bestia que ya no controlan. Lo relevante es que el proceso parece irreversible.

España se derechiza a velocidad de crucero. La suma de PP y Vox supera holgadamente el 50%. Ocurre a escala nacional y se repite en casi todas las autonomías. La conversación pública gira en torno a los marcos discursivos de la derecha. La tragedia ferroviaria y las causas judiciales abiertas han fijado en el imaginario colectivo una asociación letal para el ecosistema socialista: mala gestión y corrupción.

El PSOE se derrumba, pero no pasa nada. Nadie golpeará la aldaba de Ferraz para exigir un cambio de rumbo. No hay corriente crítica y las autonómicas importan poco o nada al presidente. Se trata de resistir lo que aguante la legislatura y asumir lo que venga después.

La política doméstica, a estas alturas, se le queda pequeña a Sánchez. Lo verdaderamente relevante es consolidar un perfil de liderazgo progresista global, una suerte de alternativa cool a Trump que le permita competir en unas generales o, si las cosas se tuercen, abrirse una cómoda puerta giratoria en alguna institución internacional, preferiblemente bien regada de petrodólares.

La socialdemocracia europea ya ha pasado por aquí. En Alemania, la extrema derecha ha adelantado al SPD. En Francia, los socialistas son hoy una nota a pie de página tras años alimentando al lepenismo. En España, la grieta ya está abierta. Mientras tanto, en Moncloa, casco, bicicleta y a pedalear hasta que amaine el temporal.

En Ferraz, alzarán la voz uno o ninguno. Como advertía Manuel Cruz, filósofo, socialista y expresidente del Senado: “En el PSOE se ha fulminado el debate interno y se percibe en el partido como un runrún sordo. Han fallado de manera clamorosa los checks and balances, lo que produce un liderazgo incondicional y acrítico”.

El PSOE ha fracasado en lo estratégico y en lo operativo. No parece haber nadie al timón ni voluntad real de corregir el rumbo. De la campaña aragonesa no se salva ni el catering: Alegría apostó más por su marca personal —carbonizada tras meses de embestidas como portavoz del Gobierno— que por la del propio partido.

El 8-F deja, en definitiva, una escena poco habitual: dos grandes partidos golpeados al mismo tiempo. Uno por hundimiento propio. El otro, por soberbia estratégica. Aragón no ha servido para clarificar el tablero nacional, sino para embarrarlo. Y cuando eso ocurre, quien suele salir ganando es siempre el mismo.

El 8-F supone un serio aviso para el PP de Jorge Azcón y, por elevación, al de Alberto Núñez Feijóo. No porque pierdan el Gobierno de Aragón, sino porque pierden el relato. Y, en política, eso suele ser peor. Azcón adelantó las elecciones para reforzarse, para ampliar margen, para consolidar poder y para ofrecer a Feijóo una victoria clara con la que apuntalar su liderazgo nacional. Nada de eso ha ocurrido.

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