Una batalla tras otra: pervertir la política exterior para arrancar votos en Vallecas
España no tiene política exterior. Tiene una política de supervivencia. El mundo no se ordena a golpe de tuit ni se gobierna como una campaña electoral permanente por muchas ínfulas cinematográficas que uno tenga en la cabeza
El Pedro Sánchez de la red social X, que se enzarza con Elon Musk y se hace un vídeo para explicar la regularización extraordinaria aprobada por el Consejo de Ministros —plano medio, rictus irregular, discurso en inglés— se parece, salvando las distancias, a Leonardo DiCaprio en su papel de defensor errático de los migrantes en Una batalla tras otra.
No por la guapura, que alguno pensará que también, sino por esa mezcla de rostro desencajado y causa confusa: no sabe muy bien hacia dónde se dirige ni a quién apunta con el rifle. Dispara en todas direcciones. Una bomba tras otra para generar ruido, caos y, sobre todo, distracción.
Some say we’re going too far, that we’re going against the current.
“Mi país ha ofrecido una vía para regularizar medio millón de personas migrantes”, salmodiaba en X. “Algunos dicen que hemos ido demasiado lejos, que vamos a contracorriente. Pero yo les pregunto: ¿desde cuándo reconocer derechos se ha convertido en algo radical?”. El tono sonaba más a catequesis que a comparecencia institucional, más a homilía para iniciados que explicación a una ciudadanía plural.
El vídeo venía precedido por un rifirrafe cuidadosamente buscado entre el presidente español y Musk, otrora tecnoligarca de referencia de la Administración estadounidense y hoy villano oficial del progresismo global. Musk había retuiteado, con un “Wow”, el mensaje de otro usuario: “España acaba de legalizar a 500.000 inmigrantes ilegales para derrotar a la extrema derecha”. Sánchez salió al quite: “Marte puede esperar, la humanidad no”.
Un dardo con envoltorio moral dirigido no tanto a Musk como a Trump, y por extensión a toda la derecha internacional. Aunque en un inglés impoluto, el mensaje no era para Washington. Era para Vallecas, Lavapiés y los platós de tertulia. El objetivo de la guerra tuitera resulta evidente: provocar a Trump, victimizarse, movilizar a los suyos. "Sánchez busca llegar a 2027 recosiendo Frankenstein y a lomos de Trump", escribía Juan Fernández-Miranda. Más claro, agua. Política exterior como teatro de agitación doméstica.
De eso va exactamente la maniobra: contraponer los vídeos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Trump —con sus deportaciones masivas, arrestos violentos, detenciones de escolares con mochila y escenas que rozan el slapstick autoritario, al estilo del coronel Steven J. Lockjaw en la película citada— frente a esa imagen de Robin Hood global de los desfavorecidos que pretende exhibir el presidente español. La diferencia, claro está, es que en Moncloa, en vez de Paul Thomas Anderson, quien se sitúa tras la cámara es un becario aventajado del ya desaparecido Miguel Barroso.
Todos los movimientos de Sánchez, incluidos los de política exterior, no buscan el interés general ni respetan las formas, sino que obedecen a intereses partidistas y necesidades estrictamente domésticas. El objetivo no es España ni su posición en el mundo, sino la supervivencia personal y política de un dirigente que comenzó la legislatura ya moribundo, acosado por el derrumbe demoscópico y los casos de corrupción que rodean a su Gobierno.
Ese punto de partida explica el rechazo que provocan medidas que, a priori, podrían ser acertadas. La regularización de migrantes, el reconocimiento del Estado palestino o la normalización de las relaciones con Marruecos no fracasan por su contenido, sino por su instrumentalización. Como ya dijimos aquí, Sánchez no acierta ni cuando acierta.
En la Europa de los 27 ya le tienen tomada la medida después de mucho despistar. Von der Leyen, que durante un tiempo se dejaba hacer ojitos por el español, ha descubierto el trampantojo y entendido que banderas como el enfrentamiento con Trump o la cruzada por el reconocimiento del catalán como lengua oficial de pleno derecho en la Unión Europea no están zurcidas con ideales, sino con el hilo basto de la necesidad de contentar a sus socios comunistas y nacionalistas. Y, sobre todo, de seguir en pie.
Esta obcecación, un tanto obscena, por convertirse en el pepito grillo de Europa, y esta tendencia a la exageración permanente en vídeos y epístolas online, a provocar situaciones extraordinarias y fabricarse enemigos hercúleos que permitan aglutinar amigos y movilizar a la izquierda frente al avance de la extrema derecha, se palpan también en sus cameos con regímenes como el chino o el venezolano. Cameos más censurables por el exhibicionismo moral del que hacen gala que por los encuentros en sí. De hecho, la mayoría de los líderes europeos celebra reuniones semejantes, pero sin la ostentación sanchista.
Paradigma de todo ello fue lo ocurrido en junio de 2025, durante la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya. Los 32 miembros de la Alianza alcanzaron un acuerdo histórico: elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB de aquí a 2035, reafirmando su compromiso con la defensa colectiva en un contexto de guerra en Europa y desorden global.
España, sin embargo, decidió ir por libre. El Gobierno de Pedro Sánchez se negó a comprometerse con esa cifra y fijó como objetivo un 2,1% del PIB, argumentando que ese porcentaje sería suficiente para cumplir los Objetivos de Capacidad asignados por la propia OTAN para el periodo 2025-2029.
Desde entonces, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, que rubricó el 5%, apenas ha hecho nada para cumplir lo pactado. Sin embargo, no aparecerá en los libros de Historia como la líder que boicoteó la cumbre de La Haya. La foto será otra. Porque a Sánchez le conviene que así sea. Por puro cálculo doméstico y electoral.
En la tercera edición del Foro de Defensa organizado por El Confidencial en Córdoba, quedó patente la existencia de dos burbujas que apenas se tocan: lo que España cree sobre su compromiso con la OTAN y la seguridad europea, y lo que la OTAN y Europa piensan realmente de España.
Javier Colomina, vicesecretario general adjunto de la Alianza y enviado especial para el Flanco Sur, lo puso negro sobre blanco: sin Estados Unidos, no hay Alianza. Sin Estados Unidos, no hay defensa colectiva. Y, de momento, no existe una alternativa realista. El 5% no es un capricho ni una cifra simbólica: es la inversión que la organización considera necesaria para sostener un ecosistema industrial de defensa y unas fuerzas armadas capaces de garantizar la seguridad euroatlántica.
España sostiene que puede completar la “lista de la compra” con un 2,1%. La OTAN sostiene que no. Se lo ha dicho a las autoridades españolas por activa y por pasiva. España insiste. Hay una cláusula de revisión en 2029 y un horizonte final en 2035. Veremos quién tiene razón. Pero cuando uno de los 32 toma una decisión distinta, aunque esté bien argumentada, genera preocupación. Y aislamiento.
Ahí reside el problema de fondo. España no tiene política exterior. Tiene una política de supervivencia. Y así, por mucho que a veces acierte en el diagnóstico, siempre acaba fallando en el resultado. Porque el mundo no se ordena a golpe de tuit ni se gobierna como una campaña electoral permanente por muchas ínfulas cinematográficas que uno tenga en la cabeza.
El Pedro Sánchez de la red social X, que se enzarza con Elon Musk y se hace un vídeo para explicar la regularización extraordinaria aprobada por el Consejo de Ministros —plano medio, rictus irregular, discurso en inglés— se parece, salvando las distancias, a Leonardo DiCaprio en su papel de defensor errático de los migrantes en Una batalla tras otra.