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Y después nos preguntamos por qué los jóvenes votan a Vox
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Nacho Cardero

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Y después nos preguntamos por qué los jóvenes votan a Vox

El futuro de nuestros jóvenes, más que promesa, es ahora una amenaza: vivienda inaccesible, salarios paupérrimos, mercado laboral en enfriamiento, redes sociales colonizando su percepción del mundo, la salud mental haciéndolos trizas

Foto: Un grupo de jóvenes en un mitin de Vox. (Europa Press/Laia Solanellas)
Un grupo de jóvenes en un mitin de Vox. (Europa Press/Laia Solanellas)
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Un joven conocido se me acercó para anunciarme, con la solemnidad del que confiesa un pecado venial, que por fin había logrado comprarse una vivienda. No lo dijo con alegría, sino con esa pesadumbre resignada con la que uno admite que la vida siempre te obliga a ceder en algo: el banco, los años o las expectativas. Entre la decisión y la escritura habían pasado tantos calendarios que el joven ya no era tan joven, y el piso —más modesto de lo que habría deseado— había quedado lejos del futuro que había imaginado para sí mismo.

Los precios de los inmuebles se habían disparado y le impedían aspirar a más. Por el contrario, y pese a su buen salario, el poder adquisitivo familiar había menguado ostensiblemente. Donde antes compraba cuatro, ahora apenas podía con tres. Y donde antes buscaba un hogar, hoy simplemente se conformaba con un techo.

No se trata de entonar ninguna copla manriqueña por las nuevas generaciones. Hans Rosling ya explicó en Factfulness que el progreso continúa, que el mundo avanza pese a las nostalgias y que, en general, los jóvenes vivirán mejor que sus padres. Pero una cosa es el progreso y otra muy distinta, el ritmo. Y el ritmo, en estos tiempos de gobernantes de vuelo gallináceo, se ha ralentizado como una canción de vinilo.

El futuro de nuestros jóvenes, más que promesa, es ahora una amenaza: vivienda inaccesible, salarios paupérrimos, mercado laboral en enfriamiento, redes sociales colonizando su percepción del mundo, la salud mental haciéndolos trizas. Luego fingimos sorpresa cuando votan a Vox, como si hubieran elegido el precipicio por capricho y no porque era lo único que quedaba iluminado.

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La semana pasada conocimos los últimos datos oficiales: el precio de la vivienda libre se ha disparado un 12,1% interanual, hasta los 2.153 euros por metro cuadrado, récord histórico desde que existen registros. Hemos superado los niveles de la burbuja inmobiliaria.

En un país que crece en medio millón de habitantes al año, con un tercio de nuevos hogares con niveles bajísimos de ingresos y con un 10% de la población viviendo hacinada, la conclusión es clara: esto no se sostiene. En el sur de Madrid, el consumo de basura aumenta un 20% sin que lo haga el número de viviendas. Son personas viviendo unas encima de otras, como maletas encajadas a presión en la bodega de un avión.

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Los políticos lo saben. "En los próximos años, el que no tenga grúas en su ciudad perderá las elecciones", ha dicho Salvador Illa. Traducido: la vivienda será la batalla central de la política española. Lo es ya en Canadá, lo ha sido en el Reino Unido y lo será aquí, porque ningún país aguanta cuando la mitad de sus jóvenes vive en casa de sus padres y la otra mitad siente que nunca alcanzará una vida mínimamente autónoma.

Pero como éramos pocos, llegó la IA. Cuando The Wall Street Journal abre su portada con el tema es que algo sensible y de calado está ocurriendo entre la inteligencia artificial y los jóvenes. Lo hizo en su edición del pasado 14 de noviembre. El titular resultaba inequívoco: "2026 será el peor mercado laboral para recién graduados en cinco años".

Las empresas contratan con cautela, prefieren experiencia y empiezan a decir sin rubor que la inteligencia artificial hará muchas de las tareas que antes asignaban a los jóvenes. Ya no es "la IA nos quitará el trabajo", sino "la IA ya se ha quedado con él". Amazon, UPS, Verizon… miles de empleos recortados en un contexto de crecimiento económico.

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Como recordaba Ignacio de la Torre en este periódico, la tasa de desempleo de recién licenciados en EEUU ha pasado del 5% al 9% en pocos meses. Es un frenazo seco en mitad de la autopista. Un informe de Stanford lo confirmaba: la IA golpea primero donde más fácil es automatizar, y ese territorio son los empleos junior. La cantera. El futuro.

Mientras tanto, las redes sociales —ese gran simulador de vidas perfectas— siguen moldeando cabezas adolescentes que confunden los likes con el afecto y las comparaciones con la autoestima. Tanto Dinamarca como Australia ya han prohibido su acceso hasta los 15 y 16 años, respectivamente.

Aquí seguimos discutiendo si es para tanto. Expectativas irreales y tolerancia cero a la frustración. Vivir como si el mundo fuera TikTok: estímulo rápido, atención fragmentada, cero paciencia y poca capacidad lectora en el preciso momento en que deberían desarrollar el músculo analítico para sobrevivir al mercado laboral que les viene encima.

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Antaño, los estudios sobre felicidad describían la vida como una curva en U: alta en la juventud, baja en la madurez, de nuevo ascendente en la vejez. Una reciente investigación en Plos One con datos de 44 países —incluida España— confirma que la curva se ha roto. La juventud ha dejado de ser el pico de bienestar para convertirse en una etapa de angustia equiparable a la de quienes antes llegaban a los 45 con hipoteca, hijos y estrés crónico. Y cuando la juventud deja de ser refugio y pasa a ser tormenta, algo estructural se ha roto.

Después nos mesamos los cabellos. Todo lo anterior explica por qué los menores de 35 años tienen a Vox como su primera opción de voto, y por qué, en la franja de 18 a 24 años, superan el 25% de intención, a distancia de PP y PSOE. Los jóvenes están cabreados. Es un puñetazo sobre la mesa. Un puntapié en la espinilla del establishment.

No se trata de un fenómeno aislado: es el síntoma de una generación que siente que el sistema los dejó tirados, que las instituciones son un decorado viejo y que la democracia no les ha dado nada más que ansiedad y promesas incumplidas.

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En España, uno de cada cinco jóvenes cree que el franquismo fue "bueno" o "muy bueno". Uno de cada cuatro considera que la democracia es igual o peor que la dictadura. No estamos ante votantes radicalizados, sino ante jóvenes profundamente desencantados que votan como quien golpea una puerta que no termina de abrirse.

Quizá el problema no sea el mundo que vamos a dejar a nuestros hijos, sino los hijos que estamos dejando a nuestro mundo: jóvenes cansados antes de tiempo, angustiados en la etapa en la que deberían soñar, sin vivienda, sin expectativas claras, sin un mercado laboral que los acoja, sin un espacio mental limpio de ruido, sin referentes, sin horizonte. Hijos que, abandonados a su suerte por una sociedad entretenida en sus propias urgencias, terminan votando lo que duele, lo que grita, lo que golpea.

Y después nos preguntamos por qué.

Un joven conocido se me acercó para anunciarme, con la solemnidad del que confiesa un pecado venial, que por fin había logrado comprarse una vivienda. No lo dijo con alegría, sino con esa pesadumbre resignada con la que uno admite que la vida siempre te obliga a ceder en algo: el banco, los años o las expectativas. Entre la decisión y la escritura habían pasado tantos calendarios que el joven ya no era tan joven, y el piso —más modesto de lo que habría deseado— había quedado lejos del futuro que había imaginado para sí mismo.

Vivienda precio Vox
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