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'Posrealidad' e industria del engaño: así prepara Sánchez la contraofensiva
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'Posrealidad' e industria del engaño: así prepara Sánchez la contraofensiva

Un tablero embarrado hasta la náusea, con una televisión pública reconvertida en ministerio de propaganda, un Gobierno que confunde la posrealidad con la gestión y una oposición que aún no ha aprendido que las reglas ya no existen

Foto: Pedro Sánchez, durante una entrevista en TVE
Pedro Sánchez, durante una entrevista en TVE
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El PSOE conserva su habilidad innata para crear realidades alternativas y que le compren el trampantojo. Es como esos vinos de guarda que hay que descorchar con tenazas incandescentes: a pesar de haber perdido fuerza, con la erosión propia del poder y de las decenas de casos de corrupción que se ciernen sobre su cabeza, uno nota en el paladar muchas de sus virtudes y vicios primigenios. El que tuvo, retuvo.

Si fue capaz de colocar el relato de la amnistía —un plato de difícil deglución incluso para los incondicionales— y de que toda la claque sanchista, jueces, intelectuales y tertulianos, saliera a defender lo que antes criticaba, lo de este verano con los incendios resultaba peccata minuta para la maquinaria monclovita. Como sucedió con la DANA, el Gobierno de España volvió a escurrir el bulto como si la cosa no fuera con ellos y trasladó el grueso de la responsabilidad a las CCAA del Partido Popular. Y le salió bien.

Lo decía el filósofo Markus Gabriel en una entrevista en El Confidencial: ya no estamos en la era de la posverdad, sino en la de la posrealidad. La primera era retórica: medias verdades, frases aparentemente correctas que ocultaban una intención opuesta. La segunda es más sofisticada y peligrosa: aceptar el mundo real, pero solo bajo la condición de deformarlo, negarlo o vaciarlo de contenido. Una evolución del relativismo radical imperante. Más fino, más sofisticado. Ver la realidad, pero solo a través de un espejo deformante, donde la responsabilidad —ora incendios, ora crisis económica— es del otro.

Un país en el que todo vale, con realidades contrafactuales, cuando no distópicas, donde el representante de un partido heredero de ETA y condenado por secuestro es quien más pone de su parte para que salgan los Presupuestos Generales del Estado; donde el fiscal general del Estado, imputado por revelación de secretos, sigue en su cargo y nadie mueve una ceja; donde la prensa que denuncia hechos susceptibles de ser investigados es tachada de fascista; donde el club de Almodóvar et alii sale en defensa del Gobierno bajo el argumento de la conspiración, cuando la corrupción resulta evidente y hasta el propio Ejecutivo tacha a sus dos garbanzos negros de sinvergüenzas.

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Así es, señores, si hay alguien capaz de vender una mula tuerta y que todos digan que no se ha visto mejor corcel en el reino, ese es Pedro Sánchez. El Michael Jordan de la posrealidad: puede estar perdiendo de veinte en el marcador, pero siempre acaba con la pelota en la mano y la grada convencida de que el triple decisivo aún es posible.

Tan es así que, de lo ocurrido este verano, se pueden extraer dos conclusiones. La primera: si el PP quiere jugar con las mismas cartas que Sánchez lo que queda de legislatura, la partida está perdida antes de empezar. Feijóo ya mordió el anzuelo el 23-J de 2023; repetir la estrategia sería suicida. La única salida es articular una política propositiva, aunque lo "propositivo" en este contexto se parezca más a una penitencia que a un programa.

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La segunda: vamos a asistir en este final de año a uno de los mayores ejercicios de embarramiento de cancha de los últimos tiempos. Y eso, en España, ya es decir. La intoxicación y la propaganda van a desbordar los cauces habituales, con un Gobierno sin crédito, cercado judicialmente, pero obligado a elevar la apuesta.

Más allá de cloacas como las de Ferraz, o de la legión de bots que trabajan bajo radar para tratar de fabricar realidades y revertir un escenario que se antoja adverso, RTVE se muestra como el ejemplo perfecto de lo que se nos viene encima. Como muestra, un botón: la 'durísima' entrevista a la que Pepa Bueno, laminada de Prisa y repescada en el ente público por José Pablo López, someterá este lunes a Pedro Sánchez. "El Gobierno ha ‘descubierto’ que su último reducto mediático es el ente público", decía este fin de semana José Antonio Zarzalejos.

La llegada de Broncano ya fue toda una declaración de intenciones. No se trataba de entretenimiento, sino de política florentina. El fichaje salió adelante tras semanas de presiones desde Moncloa y con apadrinamientos tan poco televisivos como los de Félix Bolaños, Zapatero o incluso Pablo Iglesias. La neutralidad, en este caso, consistía en que el humor estuviese alineado con el BOE. A partir de septiembre, Gonzalo Miró, acaso otro dechado de objetividad, se incorporará a TVE. A la tertuliana Sarah Santaolalla, nueva bestia negra del PP, no paran de ponerle la alfombra roja para que se convierta en la estrella de la cadena pública. Y así sucesivamente. Tratar de hacer creer que estos movimientos obedecen a criterios profesionales y no políticos es un insulto a la inteligencia.

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Si bien es cierto que cada Gobierno hace de su capa un sayo, y que lo del Ejecutivo actual no difiere a lo de sus predecesores —es más obsceno, pero no distinto a lo vivido con Urdaci o Fran Llorente—, las críticas a RTVE reflejan una crisis de credibilidad sin precedentes de la televisión pública. Desde las elecciones de 2023, las denuncias de manipulación se han multiplicado y la Comisión Europea sigue con lupa la evolución de los acontecimientos.

El desencadenante que hizo saltar las alarmas fue "cuando Pedro Sánchez decidió cortar por lo sano y anunció un decreto para disolver el consejo de administración y destruir de una vez a los hostiles del Consejo. No se permitiría ningún concurso, ni tribunal de expertos ni consenso. El PSOE y sus socios parlamentarios fijaron un nuevo Consejo con mejores sueldos y más miembros (15 consejerías), aunque excluyendo a la tercera fuerza política del mismo. El decreto se votó el 30 de octubre de 2024, el mismo día que la tragedia de la DANA en Valencia", describe J.F. Lamata en El Libro Negro de TVE. El lodo de un día sirvió para enterrar el del otro.

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Porque Moncloa necesita escaparates en los que la realidad mala —ese secretario de organización del PSOE en prisión, esa esposa del presidente imputada, ese fiscal general sentado en el banquillo— no exista. En la pantalla solo cabe la realidad buena: unas autonomías del PP presentadas como disfuncionales, que recortan servicios básicos, que pactan con la ultraderecha y que arrastran la mugre de las Kitchens y los Montoros. Frente a eso, los escándalos socialistas se reducen a dos garbanzos negros, Cerdán y Ábalos, convenientemente presentados como accidentes aislados de una carretera inmaculada.

Ese será el decorado del curso político que empieza: un tablero embarrado hasta la náusea, con una televisión pública reconvertida en ministerio de propaganda, un Gobierno que confunde la posrealidad con la gestión y una oposición que aún no ha aprendido que en esta cancha las reglas ya no existen. Y lo peor es que nada de esto es un espejismo.

El PSOE conserva su habilidad innata para crear realidades alternativas y que le compren el trampantojo. Es como esos vinos de guarda que hay que descorchar con tenazas incandescentes: a pesar de haber perdido fuerza, con la erosión propia del poder y de las decenas de casos de corrupción que se ciernen sobre su cabeza, uno nota en el paladar muchas de sus virtudes y vicios primigenios. El que tuvo, retuvo.

Pedro Sánchez TVE
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