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PNV: de fiscal implacable contra el PP a notario fiel del sanchismo
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Nacho Cardero

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PNV: de fiscal implacable contra el PP a notario fiel del sanchismo

Con Pradales Gil al frente del Gobierno Vasco y Aitor Esteban Bravo recién aterrizado en la presidencia del EBB, el PNV ha entrado en una etapa inédita, electoralmente en declive y dividido internamente

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a Aitor Esteban en Moncloa. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a Aitor Esteban en Moncloa. (EFE)
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El olor a descomposición comienza a olfatearse en Bruselas. En Europa están siendo testigos de lo que aquí ya nos dimos cuenta hace tiempo: que bajo ese inglés de Eton y ese discurso de estadista global defensor de los derechos humanos y el medioambiente que tanto gusta en el ágora comunitario, se esconde una visión puramente instrumental de la política. Seguir en el poder cueste lo que cueste, y si para ello hay que trocear el país en pedacitos y repartirlo entre los socios nacionalistas, como el PNV, o presionar a la UE para que el catalán se convierta en lengua oficial por deseo de Junts, avanti.

La misión de la Comisión de Asuntos Constitucionales del Parlamento Europeo (AFCO) que visitó recientemente España se fue del país con una mezcla de perplejidad y estupor, "alucinando" con que el Gobierno español, supuestamente comprometido con la integración europea, protegiera activamente la sobrerrepresentación del separatismo en Bruselas. Ningún ministro quiso recibirlos. Bolaños los mandó a Marlaska, que a su vez se los quitó de encima endosándoselos a una directora general que, con educación y desgana, les explicó que aquello era un "asunto político". Mejor vayan a otra ventanilla.

España, denunciaba el jefe de la delegación, Sven Simon, "es el único país que no ha ratificado la reforma del Acta Electoral Europea, y el único en el que sus ministros se niegan a dialogar con una misión oficial del Parlamento Europeo". El culpable de este plantón institucional tiene nombre: PNV. ¿El motivo? La dependencia estructural del Gobierno de Pedro Sánchez del Partido Nacionalista Vasco y los favores que le debe.

Conviene recordar que fue el propio Ejecutivo de Pedro Sánchez quien, en julio de 2018, dio su aprobación formal a la reforma del Acta Electoral Europea. Siete años después, ese mismo Gobierno se niega a ratificarla, tal y como denuncia la Comisión de Asuntos Constitucionales del Parlamento. Básicamente, porque una de las medidas estrella de dicha reforma —la introducción de un umbral mínimo obligatorio de entre el 2 y el 5% para obtener representación en los Estados con más de 35 eurodiputados, como España— podría suponer la desaparición del PNV de la política comunitaria.

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La coalición CEUS, en la que se integra el PNV, obtuvo un 1,63% de los votos en las elecciones europeas de 2024. Si la reforma estuviera en vigor, no tendrían ni un solo eurodiputado. Sánchez, que no da puntada sin hilo, firmó en su pacto de Gobierno con los nacionalistas vascos (punto 6.1) que no promovería ningún cambio en la LOREG sin su consentimiento expreso. En Bruselas, esto se llama secuestrar un procedimiento legislativo europeo por interés político nacional. En España, lo llaman gobernabilidad.

Aunque el nuevo presidente del PNV, Aitor Esteban, dice sentirse encantado con su alianza con los socialistas, que espera prolongar en el tiempo y que tan buenos réditos le da en Lehendakaritza, diputaciones y ayuntamientos en el País Vasco, y a Sánchez en Madrid, lo cierto es que esa relación parece una simbiosis entre un PSOE entregado al mantenimiento del poder a cualquier precio y un PNV que ya no sabe si es un partido conservador, soberanista o directamente un gestor de intereses que se va diluyendo en la irrelevancia.

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De aquel "no a Rajoy porque el PP huele a corrupción" hemos pasado al "sí a Sánchez pese a Koldo, Ábalos, Leire, la mujer del presidente, su hermano, el fiscal general y las mil y una noches de sobres y comisiones".

La estrategia del PNV se antoja burda y cortoplacista. Con Pradales Gil al frente del Gobierno Vasco y Aitor Esteban Bravo recién aterrizado en la presidencia del EBB, el PNV ha entrado en una etapa inédita, electoralmente en declive, dividido internamente y con una base social que empieza a mirar con otros ojos a EH Bildu. A Pradales lo ven en los batzokis como a un Erasmus de la Lehendakaritza, y a Esteban, por mucho verbo que gaste, como a un individuo obligado a demostrar cada día que es "más vasco que nadie". Y ya se sabe: cuando el apellido no ayuda, el ardor nacionalista se vuelve un imperativo.

El encamamiento con este PSOE de Pedro Sánchez, que hace años habría escandalizado a la vieja guardia jelkide, hoy se da por hecho. Mientras tanto, la militancia duda, la dirección se fragmenta, el empresariado vasco se aleja y hasta los electores de centro derecha empiezan a preguntarse por qué votar al PNV si su papeleta sirve para sostener a un Gobierno en Madrid que pacta con Bildu, huele a corrupción y presiona a jueces, fiscales, empresas y medios.

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La alternativa sería pactar una moción de censura promovida por Feijóo, pero Esteban asegura que Sánchez es uno de los nuestros, mientras el PP "embiste" contra el PNV sin que medie provocación. Su animadversión al centro-derecha de Madrid tiene más que ver con complejos personales que con diferencias ideológicas. Porque el que dice "¡viva Euskadi libre!", como hizo Esteban en su despedida en el Congreso, no lo hace como acto de afirmación, sino como gesto reflejo ante el vértigo de la irrelevancia.

Estas servidumbres del PSOE y esta debilidad del PNV son el motivo por el que España incumple lo que se comprometió a hacer hace siete años, en flagrante violación del principio de cooperación leal del artículo 4.3 del Tratado de la Unión Europea.

Los defensores de este bloqueo alegan que hace falta asegurar la "pluralidad" en el Parlamento Europeo. Que sin estos partidos, la UE perdería una voz valiosísima. La verdad, sin embargo, es más prosaica: existen mecanismos como las coaliciones y órganos como el Comité de las Regiones donde se pueden defender perfectamente los intereses territoriales. En cambio, el Parlamento Europeo es un órgano de representación política directa de los ciudadanos. Y si el escaño del PNV representa al 0,078% del censo electoral europeo, quizá no se trate de pluralidad, sino de falta de respaldo democrático.

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En las elecciones generales o municipales se exige un mínimo del 3% y del 5%, respectivamente, para tener representación. ¿Por qué habría de ser distinto en Europa?

Todo esto se explica por la necesidad desesperada del PNV de seguir pintando algo en la política española y, mutatis mutandi, en la europea. El partido que en otro tiempo encarnó la estabilidad, el conservadurismo ilustrado y la gestión eficiente se encuentra en un cruce de caminos del que tiene difícil escapatoria.

El PNV es ahora un partido sin relato, con líderes que no emocionan y que buscan hacer méritos para conservar una representación europea que ya no se corresponde con su peso real. El Gobierno de Sánchez, por su parte, sigue exprimiendo hasta la última gota de su dependencia mutua, mientras utiliza al partido vasco como llave maestra para esquivar compromisos europeos y blindarse frente a una debacle institucional que ya es difícil de ocultar. Y Bruselas, claro, empieza a oler el cadáver en la distancia.

El olor a descomposición comienza a olfatearse en Bruselas. En Europa están siendo testigos de lo que aquí ya nos dimos cuenta hace tiempo: que bajo ese inglés de Eton y ese discurso de estadista global defensor de los derechos humanos y el medioambiente que tanto gusta en el ágora comunitario, se esconde una visión puramente instrumental de la política. Seguir en el poder cueste lo que cueste, y si para ello hay que trocear el país en pedacitos y repartirlo entre los socios nacionalistas, como el PNV, o presionar a la UE para que el catalán se convierta en lengua oficial por deseo de Junts, avanti.

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