¿Y cómo anda por allí la política? Amer, el pueblo de Puigdemont, ante las elecciones del 14-F
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¿Y cómo anda por allí la política? Amer, el pueblo de Puigdemont, ante las elecciones del 14-F

El pueblo se convirtió en uno de esos lugares simbólicos, casi de peregrinaje para el secesionismo más fervoroso. Un buen sitio para tomar el pulso al independentismo

placeholder Foto: Amer, el pueblo de Carles Puigdemont. (Álvaro García-Nieto)
Amer, el pueblo de Carles Puigdemont. (Álvaro García-Nieto)

Amer: el nido de Carles Puigdemont, un buen sitio donde tomar el pulso al independentismo a 12 días de las elecciones del 14-F. El pueblo se convirtió en uno de esos lugares simbólicos, casi de peregrinaje para el secesionismo más fervoroso. Y, aun así, a lo largo del día muchos me preguntarán, entre escépticos y sorprendidos, qué interés hay en venir a un municipio de poco más de 2.200 habitantes. Me lo han advertido: pese sus circunstancias, Amer no es un pueblo que borbotee política.

Llego cuando el alba resplandece en el Ter y enciende el verde del valle que custodian el Faro a un lado y la ermita de Santa Brígida al otro. En los últimos años muchos periodistas han pasado por aquí. Y, como yo, su primera parada también fue la pastelería de la familia Puigdemont.

Entro y me atiende con amabilidad la hermana del expresidente de la Generalitat. Me dice que prefiere no hablar, que tienen esta política en la familia porque los titulares sacados de contexto y los reporteros sin escrúpulos solo les traen disgustos. Me llevaré una bolsa de 'capricis' y una de los exclusivos 'rocs' de Santa Brígida, que los preparan solo esta semana y están muy ricos. Un hombre mayor entra a la pastelería y, sin más detalles, asegura que nota efervescencia electoral.

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Foto: Álvaro García-Nieto.

Mis siguientes tentativas, sin embargo, no auguran lo mismo. Es difícil conseguir personas que quieran hablar. “Tengo un negocio, y si ya entra poca gente por el covid, imagínate si dijera lo que pienso”, me responden en al menos tres ocasiones. En Amer domina el independentismo. En 2017, JxCAT obtuvo el 61,8% de los votos, ERC el 17,02% y la CUP el 4,83%; mientras que C’s el 8,21%, el PSC el 3,64%, Comuns el 2,25% y el PP el 1,72%.

A media mañana el sol se alinea y entra por la Avinguda Barcelona, que da a la plaza de la Vila, con casi una estelada por balcón, carteles de ‘ni olvido ni perdón’ por el 1-O y mensajes de apoyo: ‘¡Exiliados políticos a casa ya!’ ‘¡Libertad presos políticos!’. Pero a esa hora la escena tiene como punto de fuga un banco donde tres ancianos toman vitamina D y café en vasos de papel. Me acerco y casi no me hace falta preguntar porque el hombre sentado en medio se adelanta:

“A la vista está que soy independentista (lleva la estelada en la mascarilla). Puedes apuntar: soy un señor de unos 80 años que irá a votar. Sé que cuando muera España seguirá existiendo, pero yo de español jamás habré tenido nada. Mira, te cuento, una vez fuimos con el IMSERSO a Gandía y, en un bar, un matrimonio gallego nos recriminó estar hablando en catalán. Discutimos y cuando me pidió que le enseñara la cartera ya sabía por dónde iba. Me la saqué del bolsillo del pecho y le dije: ‘Sí, pone España. Y esta cartera la llevo siempre aquí, sobre una maquinita que ayuda a que mi corazón haga pum-pum, pum-pum, un corazón que nunca ha sido español’. ¿Ves esa pareja joven de ahí? —Apunta—. Son mi hijo y su esposa. Ya puedes anotar tres votos independentistas”.

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Foto: Álvaro García-Nieto.

Le agradezco la claridad. “No, espontaneidad. Y mira —me dice mientras se levanta— voy a tirar el vaso a la papelera, no como los del bar de enfrente. Puedes ir a preguntar ahí, que son lo que llaman 'constitucionalistas', pero que no se han leído la Constitución en la vida. Te dirán todo lo contrario a lo que te he dicho yo”.

Veo muy poca gente y dudo que vaya a encontrarme a una de las 200 personas que no votaron ni independencia ni consulta, pero tengo todo el día por delante y en la plaza es donde más vida hay. Alrededor de una mesa sin sillas conversan y vienen y van unos cinco hombres de entre los 30 y los 60 años. Hay algún café, algún licor y alguna cerveza. Rompo el hielo con un: “Me han comentado que aquí encontraré constitucionalistas”. Ríen.

“Mira —me explica el más joven, 'disc jockey' y ahora sin trabajo, mientras señala al bar de debajo del edificio donde cae la lona con la cara de Puigdemont, que a estas horas ya luce en todo su esplendor— en ese bar se pasan el día hablando de política. Este es el Real Madrid y el otro el Barça, por así decirlo. A mí no me importa soltarlo: yo soy de Vox”.

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Foto: Álvaro García-Nieto.

Bingo. Por muy mal que me fuera el resto del día ya tendría para unas líneas ácidas. Luego me explica que no irá a votar. Le parece un “cachondeo” que se celebren unas elecciones estando encerrados. Pero, si fuera a votar, votaría a Vox, precisamente para cambiar cosas como esta, dice. Me cuenta que durante los meses más crispados del 'procés' sí notó alguna diferencia en el trato de la gente. Bajaba a la calle con la camiseta del Espanyol o el chándal de la selección española y lo miraban mal. Algún vecino de los que lo vio crecer no lo saludaba. “Pero todo pasa”, asegura, “en realidad esto es muy tranquilo, más allá de alguna cosilla, nos respetamos todos”.

“Y esa es la clave —interviene Xavi, sentado sobre las sillas apiladas. Alterna el castellano y el catalán. Xavi nació en Jerez de la Frontera, solo lleva nueve meses en Amer. Es forestal y ha trabajado en lugares como Laponia o China. Tiene 54 años y la vida silvestre le ha tratado bien—. No hay sitio mejor que Catalunya, quizá solo el País Vasco. Viví en Cantabria y me habían llegado a llamar ‘puto catalán’ por hablar con mi mujer en su lengua. En el tiempo que llevo aquí no he tenido ningún follón. Al contrario. Se convive muy bien entre todos, ya sean de aquí, de allí, de Marruecos o de Gambia, y eso que tenemos ideas muy diferentes”.

Foto: Acto electoral de JxCAT. (EFE)

Xavi se define de izquierdas y no votaría independentismo aunque alguna vez, desde Cantabria, sí lo hizo: “A ERC, para tocar las narices”. Esta vez no votará. Dice no querer ir hasta Badía si no puede ni visitar a su nieto en Olot. “Además, no hay político que valga la pena”, añade. La conversación deriva por otros derroteros hasta que un hombre de estilo guardiolista cruza la plaza, dirección al otro bar. “¡A ese, a ese! ¡Ve a preguntarle a ese, que quiere ser el próximo alcalde!”, me grita con sorna alguno de los del bar.

Se trata de Mingo Berria. Conoce a Puigdemont desde los 15 años y todavía mantienen amistad. Ha viajado hasta Waterloo y hasta Perpiñán para verlo más allá de la frontera. Mingo, que se pronuncia ‘Mingu’, sonríe y me dice que no, que no quiere ser alcalde, que antes estaba metido en política, pero que ya no, que ahora la rechaza y solo es activista. Aunque irá a votar, lamenta la división entre los partidos independentistas.

“La idea de Carles era un movimiento unido. Pero bueno, nadie dijo que fuera fácil, ni rápido”, comenta con resignación. Mingo es el portavoz de las quedadas que cada domingo de invierno y jueves de verano organizan en la misma plaza. La asistencia varía. Suele ir poca gente. Casi nunca pasan de más de 25 personas. Pero hay fieles que nunca fallan, sobre todo señoras mayores, aunque por el covid algunas prefieren quedarse en casa.

“Las quedadas las hacemos para demostrar a la familia Puigdemont que estamos con ellos. Una vez la madre me reconoció que se emociona"

“Las quedadas las hacemos para demostrar a la familia Puigdemont que estamos con ellos. Como todo, como esta pancarta. Una vez la madre me reconoció que siempre que la ve se emociona —da un sorbo a la caña y se toca la gorra inglesa, donde lleva dos pines: la bandera negriblanca de los CDR y el gesto de la peineta en color amarillo—. La lona la desplegamos cada mañana y la recogemos cada tarde para evitar que grupos de fuera, como los ultraderechistas del Maresme, vengan a destrozarla; supuso mucho trabajo”.

Para Mingo, como para la mayoría de independentistas, cada jornada electoral es un plebiscito. Antes de despedirnos, me dice, buscando el giro de guion, que nació en Cádiz. “Soy charnego, pero catalán es quien quiere”. Tras la fuga o exilio de Puigdemont (hay tantos términos como perspectivas), la vida social de Amer cambió. Sobre todo para quienes lo conocían o apoyaban. Hicieron piña. Dan por hecho que pasará a los libros de historia y confían en sus agallas.

A la hora de comer, entro al bar donde estaba Mingo. Desde que empezó la pandemia hay pocas tertulias y, si las hay, la política queda en un segundo plano. En una mesa de dentro, unos hombres de entre los 30 y los 70 años echan una partida a las cartas. Me acerco y provoco una situación incómoda. Interrumpir una partida no es muy apropiado, pero podría ser un buen escenario para una conversación.

Foto: Amer. (Toniher/Wikipedia, CC BY-SA 3.0)

“¿Te has fumado algo antes de venir?”, me dice uno, medio en serio medio en broma. Un anciano, sentado con ellos pero ajeno a la partida, me invita a tomar asiento. Los comentarios se sobreponen. “Aquí somos de Puigdemont” o “siéntate si eres del PSC” o, finalmente, “¿no ves que estamos jugando?”. El anciano insiste en que tome asiento, pero decido recular. ¿A quién le gustaría que un periodista se infiltrara en su partida de cartas? A mí no.

Paseo por las calles de Amer. Los huertos ya han sido trabajados. Hay calabazas y naranjas que parecen haberse hinchado a gimnasio y esteroides. Paso por el monasterio, fundado en 820, pero reconstruido casi en su totalidad después de que los terremotos de los años 1425 y 1428 destrozaran el pueblo.

Veo que entre semana celebran misa a las 19.00 h. En un murito que lo rodea hay jóvenes, en serio. Jóvenes de verdad. Una de ellas come pipas, la otra merienda fresas con nata. Tienen 20 años y no irán a votar con la pandemia como excusa porque “no nos podemos mover”. Eso sí, aseguran que, si fueran a votar, no votarían a favor de la independencia, por eso prefieren el anonimato.

"Jamás pensamos que llegaríamos al 1-O. Lo de esos días fue algo muy bonito, luchar por nuestro orgullo, por el respeto hacia nuestra lengua"

Poco más tarde conversaré con Júlia (63) y Josep (68). Y en la conversación saldrá este asunto de soslayo. Josep lamenta que en Catalunya se esté perdiendo el asociacionismo. Ellos, por ejemplo, se conocieron en la asociación de excursionistas, y es que antes las asociaciones marcaban el 'tarannà' social de los pueblos. Y los pueblos son arterias. Ahora apenas hay jóvenes en las asociaciones. “Es muy triste no ir a votar con políticos en la cárcel”, lamenta Josep.

Antes, ninguno de los dos era independentista, eran muy catalanistas (ella votaba a Iniciativa y él, a ERC), pero, aunque ahora se reserven desvelar a qué partido elegirán, están convencidos de la causa. Todo empezó, más o menos, en 2010. Por ahí incluso mencionan al exministro Wert: “El idioma es sagrado. Nos menospreciaron. Aunque jamás pensamos que llegaríamos al 1-O. Lo de esos días fue algo muy bonito, luchar por nuestro orgullo, por el respeto hacia nuestra lengua. Nadie nos podrá quitar todo esto”.

Foto: Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, en una imagen de archivo. (Reuters)

Por encima de la sierra de las Grillerías el cielo se ha teñido de rosa para dar paso a la noche. La lona de Puigdemont ya ha sido recogida. Veo una foto de Quim Torra a través de una ventana del ayuntamiento. Resuenan las palabras de Mingo: “El movimiento empezó en el pueblo y lo acabaremos en el pueblo. Y Carles, Carles estará con el pueblo”. También aquellas que por la mañana me comentaban que Amer es un pueblo muy tranquilo en el que prefieren no hablar de política y donde lo único que no perdona el vecino es el robo de tierras.

De pronto me para un hombre bajito y muy moreno, me dice que por qué no lo entrevisto. Salta de una cosa a la otra. No entiendo nada. Me dice que es de los de ‘¡Viva España!’ y que votará a la CUP. También que el remedio contra el covid es fumar tabaco y marihuana. Quizá sean las declaraciones con las que me siento más identificado porque son un sinsentido, como la política en Cataluña desde hace tiempo.

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