Plan Calor de BCN: 110 millones, simulacros a 50 grados y el reto de llegar a las zonas vulnerables
Frente a un futuro cada vez más caluroso, la ciudad condal acelera sus planes para adaptarse al calor extremo mientras los expertos advierten de que no bastará con refugios y vegetación: será imprescindible transformar el espacio público y repensar
La capital catalana ha activado su Plan Calor 2025-2035 para blindarse ante un escenario cada vez más habitual: veranos más largos, noches tropicales y temperaturas extremas que se han acercado a los 50 grados en superficies de asfalto. Esta nueva estrategia presentada por el consistorio contempla alrededor de cincuenta medidas concretas, entre las que destacan la creación de refugios climáticos, la ampliación de zonas de sombra y un simulacro que someterá a la ciudad a 50 grados para testar la resiliencia de esta ante el calor.
En este contexto, el Ayuntamiento de Barcelona invertirá 111,6 millones de euros para la propuesta que está diseñada a diez años vista. ¿El objetivo? Proteger a la población más vulnerable, como personas mayores, niños, enfermos crónicos o quienes trabajan al aire libre. Sin embargo, algunos expertos en la materia advierten de que estas medidas no serán suficientes si no se transforma de manera profunda el modelo urbano de la ciudad condal y su parque de viviendas.
Calor, desigualdad y pobreza energética
Según la Agencia de Salud Pública de Barcelona, entre mayo y septiembre de 2024 se vincularon al calor 240 muertes en la ciudad. En este sentido, las proyecciones apuntan a que las olas de calor serán más frecuentes y cada vez más intensas en los próximos años.
No obstante, la exposición al calor extremo no afecta por igual a todos los barrios. Áreas como el Besòs i el Maresme, Bon Pastor, Trinitat Vella o Ciutat Meridiana sufren una mayor vulnerabilidad por falta de zonas verdes, calles asfaltadas y viviendas mal adaptadas. "El problema es que muchas personas conviven con la pobreza energética y sus viviendas no están adaptadas ni para el calor ni para el frío", advierte Salvador Rueda, director de la Fundación Ecología Urbana y Territorial (FEUT) y creador del concepto de las supermanzanas. "La diferencia entre barrios se mide, entre otras cosas, por cuántos edificios cuentan con soluciones activas contra el calor. Si analizamos esto por barrios y nivel socioeconómico, veremos contrastes abismales", añade.
Rueda hace hincapié en que el único modelo que puede revertir esta tendencia es repensar el uso del espacio público. "Para que este plan tenga sentido, es imprescindible construir las supermanzanas. Solo así se puede liberar espacio para sustituir coches por vegetación y transformar pavimentos asfálticos en suelos permeables", sostiene. Si hablamos de datos, el experto defiende que "el 70 % del espacio destinado a la circulación debería modificarse para aportar resiliencia a la ciudad frente a este fenómeno climático".
De este modo, más allá de la distribución del verde o de las infraestructuras, el calor agrava una realidad que no es nueva: la pobreza energética y las desigualdades urbanas. Como se ha mencionado, no todos los barrios tienen las mismas condiciones para resistir temperaturas extremas, ni todas las familias pueden permitirse sistemas de climatización que garanticen un mínimo confort térmico en sus viviendas.
Pese a ello, para Francesc Baró, investigador ambiental y urbanista que estudia la intersección entre ecología urbana, planificación territorial y justicia ambiental, "El Plan Calor tiene en cuenta estas desigualdades, aunque la clave sigue estando en la vivienda". En otras palabras, si el parque de viviendas existente en estos barrios no mejora, es muy complicado reducir la desigualdad entre las distintas zonas de la capital catalana. En este contexto, su opinión es clara: "El presupuesto es de más de 100 millones de euros, pero la inversión destinada a la adaptación climática debería ser mucho mayor. No basta con actuar sobre el espacio público, también es necesario adaptar las viviendas al calor y ayudar a los colectivos más vulnerables".
Otro de los fenómenos sobre los que se debe concienciar, según Baró, son las muertes que genera la exposición a las altas temperaturas, algo que en muchas ocasiones no se tiene en cuenta. "El calor genera una mortalidad silenciosa. Muchas muertes son indirectas y afectan a personas vulnerables. Además, las noches tropicales o tórridas dificultan el descanso y pueden provocar problemas cognitivos", alerta el experto.
Refugios climáticos: la solución más popular
Algunas de las medidas más llamativas del plan son la instalación de 200 nuevas estructuras de sombra, la climatización de 170 escuelas públicas, la sustitución de pavimentos por materiales térmicamente más eficientes y la renaturalización del espacio público. Pero ¿basta con plantar más árboles para frenar el calor? Salvador Rueda defiende que no es una única solución, sino la suma de factores lo que puede transformar la ciudad. "Basta caminar de una calle sin árboles a otra arbolada para notar una diferencia térmica muy significativa", responde el director de la FEUT. Pero añade que "hay que diseñar un plan que contemple la vegetación arbórea con la capacidad real de proyectar sombra".
En esta línea, Baró destaca que "Barcelona ha sido pionera en la creación de refugios climáticos, tanto interiores como exteriores". Estos refugios son espacios habilitados para ofrecer alivio durante las olas de calor y suelen ubicarse en infraestructuras públicas ya existentes, como bibliotecas, centros cívicos, museos, o parques. Sin embargo, el investigador señala que "mucha gente desconoce que estos espacios cumplen también la función de refugios climáticos".
Además, Baró menciona una limitación importante: "Muchos de los refugios no resuelven el problema del calor nocturno, ya que suelen ser equipamientos abiertos solo durante el día". Por ello, aunque son una medida indispensable para mitigar el impacto del calor durante las horas de mayor exposición, se requiere seguir explorando soluciones para afrontar las altas temperaturas también durante la noche.
Asimismo, el plan incluye un desafío importante. En 2027, la capital autonómica realizará un simulacro de ola de calor extrema, con temperaturas de hasta 50 °C, para poner a prueba los protocolos de emergencia, las infraestructuras y los servicios públicos. Las opiniones de los expertos son variadas. Mientras Salvador Rueda considera que este simulacro es "más una estrategia comunicativa que un ensayo real de resiliencia" y subraya que "lo que hace falta es transformar el espacio público y la movilidad", Baró, por su parte, afronta estos ejercicios de anticipación con optimismo, pues defiende que "los impactos no solo afectan a las personas, sino también a las infraestructuras, especialmente las energéticas, ya que aumentará el consumo". Además, afirma que "todo lo que sean simulacros puede ser positivo para anticipar y preparar la respuesta".
Participación ciudadana y justicia climática
Si bien es cierto que el Plan reconoce que el calor agrava las desigualdades sociales y urbanas, la pregunta que muchos se hacen es la siguiente: ¿cómo integrar la justicia climática en las políticas públicas? "No se trata solo de las prioridades técnicas, sino también de tener en cuenta el conocimiento local y las realidades de cada barrio", señala el investigador. "La justicia climática y ambiental deben ir de la mano de participación ciudadana real, de la inclusión de colectivos vulnerables y del reconocimiento de la diversidad social", sostiene.
Rueda coincide con él y es contundente: "Nada de esto se resolverá si la ciudadanía no toma partido. El problema es que estamos supeditados a decisiones políticas y si estas cuestiones se politizan, el avance se entorpece". Por eso, hace hincapié en que "es necesario apelar a la democracia participativa: organizarse, tomar partido y actuar. De lo contrario, la situación solo irá a peor".
Llegados a este punto, la advertencia es clara: en un contexto de emergencia climática, Barcelona no solo debe protegerse del calor, sino garantizar que esa protección llegue a todos los barrios. Esto implica no solo diseñar e implementar las infraestructuras adecuadas, sino también asegurar la equidad en el acceso a los espacios refrescantes y a los refugios climáticos, especialmente en las zonas más vulnerables y desfavorecidas. De lo contrario, el aumento de las temperaturas podría acentuar las desigualdades sociales existentes, poniendo en riesgo la salud y el bienestar de quienes menos recursos tienen para hacer frente a estos desafíos.
La capital catalana ha activado su Plan Calor 2025-2035 para blindarse ante un escenario cada vez más habitual: veranos más largos, noches tropicales y temperaturas extremas que se han acercado a los 50 grados en superficies de asfalto. Esta nueva estrategia presentada por el consistorio contempla alrededor de cincuenta medidas concretas, entre las que destacan la creación de refugios climáticos, la ampliación de zonas de sombra y un simulacro que someterá a la ciudad a 50 grados para testar la resiliencia de esta ante el calor.