DESMOVILIZACIÓN EN EL INDEPENDENTISMO

Las calles ya no son suyas, ¿está el 'procés' muerto o confinado?

En una semana marcada por la inhabilitación de Quim Torra y el aniversario del 1-O, las protestas quedaron en manos de unos CDR que solo lograron sacar a unas mil personas en Barcelona

Foto: Concentración convocada por los CDR con motivo del tercer aniversario del 1-O. (EFE)
Concentración convocada por los CDR con motivo del tercer aniversario del 1-O. (EFE)

En el tercer aniversario del 1-O, las esteladas fueron superadas por los chalecos naranjas con los que se identificaban los periodistas. Los CDR volvieron a echarse a la calle para quemar contenedores y enfrentarse a los Mossos d'Esquadra, pero una y otra vez, los antidisturbios superaron sus filas y los obligaron a salir a la carrera. Con el covid-19 como telón de fondo, las movilizaciones masivas y pacíficas han quedado para el recuerdo. "Resulta difícil hacer una valoración seria en este contexto, pero creo que estamos ante un cambio de ciclo por la percepción de que las movilizaciones ya impactan muy poco en el Estado", reconoce Benet Salellas, abogado y exdiputado de la CUP. La anhelada república se ha convertido en un concepto difuso, en una meta que ya no es capaz de sacar a miles de personas a la calle.

El efecto de la pandemia en la desmovilización social es innegable. La excepcionalidad de este 1-O se reflejaba en la plaza Sant Jaume de Barcelona, donde los CDR se concentraron a las ocho de la tarde del jueves: a un lado, el Palau de la Generalitat con una pancarta de "libertad de opinión y de expresión"; al otro, el Ayuntamiento de Barcelona con un arcoíris y un mensaje de "saldremos [de la pandemia]". "No podemos esperar grandes movimientos en un momento en el que las calles no son seguras, eso desincentiva a muchísima gente", reconoce Lluís Orriols, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III. Pese a ello, el académico apunta también a las divisiones internas, a una "cierta desarticulación" en la que ya no se puede hablar de una "agenda común".

Una persona se sitúa frente a los policías durante la concentración convocada en Barcelona. (EFE)
Una persona se sitúa frente a los policías durante la concentración convocada en Barcelona. (EFE)

El cambio de supuestos revolucionarios por políticos que solo llegan a desobedientes tampoco ayuda. Los años de Junts Pel Sí han llegado a su fin, y ni siquiera sus herederos se libran ahora del insulto de 'botifler'. El desencanto con el Govern se plasmó el lunes en las calles, cuando el Supremo confirmó la inhabilitación de Torra y los CDR movilizaron a unas mil personas: quemaron contenedores, lanzaron cabezas de cerdo a los antidisturbios e incluso reventaron las puertas del Parque de la Ciudadela para llegar al Parlament, pero la lucha callejera se erigía como un pulso contra el Estado, no como una defensa del 'expresident' y sus acólitos. "¿Y la ANC aún sigue existiendo?", se preguntaba uno de los manifestantes en la calle Girona. "Sí, para desgracia de todos", le respondía el compañero que iba a su lado.

"El covid siempre ayuda a que todo lo masivo sea un poco menos masivo, pero yo creo que la no movilización del sector independentista es lógica si uno piensa en lo que ha sido en la presidencia de Torra: un presidente simbólico, con un liderazgo espumoso y cuyo independentismo consistía en hablar de la autodeterminación como si estuviese en una conferencia", critica el escritor Bernat Dedéu. Intelectual de cabecera para el independentismo y habitual en las tertulias televisivas, sus ataques no se limitan a Torra, sino que se extienden a los propios partidos e instituciones: "Los electores no acabamos de ser idiotas del todo. Los incentivos de protesta bajan porque uno no sabe muy bien por qué tiene que salir a la calle... Esto era una desmovilización anunciada".

Esta desafección con los políticos ha dejado las calles en manos de los CDR, pero sus fieles también han mermado. Frente a lo ocurrido en octubre de 2019, cuando el centro de Barcelona acogió una batalla campal que se alargó durante días por la sentencia del 'procés', las movilizaciones de este año no lograron encadenar dos jornadas seguidas: el martes anunciaron una nueva manifestación en los jardines de la Reina Victoria pero, llegado el momento, solo acudieron antidisturbios y periodistas. "La convocatoria de esta tarde ha servido para mantener activa la BRIMO [los antidisturbios de los Mossos], que ha enviado más furgones que manifestantes", escribía Anonymous Catalonia en su grupo de Telegram pasada la medianoche, cuando el fracaso de la protesta ya había quedado demostrado.

El miércoles transcurrió sin nuevas convocatorias y, los CDR se prepararon para el 1-O, pero pronto quedó claro que no iba a ser como en años anteriores. "En el tercer aniversario del 1-O, queremos recordar a los partidos independentistas que votamos y ganamos", avisaba la noche del miércoles el CDR de Gràcia en su grupo Telegram. "No olvidamos la represión del Estado ni renunciamos a hacer valer nuestro voto y nuestra determinación colectiva a pesar de las renuncias y tacticismos partidistas", añadía el de Lleida. Tres años después de sacar las urnas, los CDR se movilizaron una vez más bajo el lema de "la lucha continúa", pero hace tiempo que dejaron de creer en aquel "apreteu, apreteu" de Quim Torra o en las promesas que se lanzan desde el Parlament.

Altercados durante la concentración convocada por los CDR en Girona por el 1-O. (EFE)
Altercados durante la concentración convocada por los CDR en Girona por el 1-O. (EFE)

"El movimiento independentista es un movimiento social en cierto modo atípico porque tiene organizaciones civiles, pero también instituciones regionales. Estaba bien articulado, centralizado en las cadenas de operación, y tenían una agenda común", sostiene Orriols. "Después de diciembre de 2017, cuando la hoja de ruta fracasa, los miembros del movimiento entran en divisiones explícitas sobre la estrategia a seguir, los objetivos, los plazos... Entonces se descentraliza mucho ese movimiento en la toma de decisiones, lo que hace que entre en cierta desarticulación y una menor capacidad de organización". Con esas divisiones acrecentándose en los últimos años, la llegada del covid-19 en 2020 supuso la estocada definitiva a las movilizaciones masivas.

El nuevo escenario terminó por plasmarse la mañana del 1-O, que se vivió como la de un jueves cualquiera en Barcelona. En la plaza Urquinaona, la zona cero de las protestas en octubre de 2019, las mayores aglomeraciones se limitaban a una cola ante la comisaría de la Policía Nacional, donde la gente esperaba para renovarse el DNI, y a una manifestación de Comisiones Obreras frente al International House de Barcelona, donde protestaban contra los últimos despidos. "Está todo muy tranquilo. Además han quitado la mayoría de los contenedores y no se va a poder quemar nada", aseguraba el dependiente del estanco que hay frente a la plaza. "Parece que no va a pasar lo del año pasado, pero hasta que no llega la hora, no se sabe", comentaba a su vez el guarda de seguridad del metro.

La mencionada hora llegó a las ocho de la tarde, cuando los CDR se concentraron en la plaza Sant Jaume y, a partir de ahí, se fueron moviendo por los lugares que experimentaron los mayores altercados en 2019. Frente a la Jefatura de la Policía Nacional, quemaron una bandera de España y lanzaron objetos a los antidisturbios, enfrentamientos que después se extendieron a la plaza Cataluña, donde quemaron contenedores y se enfrentaron a los Mossos. Pero conforme pasaban las horas, el número de CDR fue menguando, hasta el punto de que las protestas quedaron reducidas a grupos de jóvenes. "Los dos detenidos serían menores de edad", informaba Anonymous Catalonia a las diez de la noche. A partir de ese momento, los CDR fueron incapaces de aguantar las acometidas de la policía y comenzó la retirada.

"El independentismo sigue ahí y en cualquier contienda electoral los resultados no van a diferir mucho de los que hemos tenido en los últimos años, pero hay una sensación de que el Estado no escucha, y esto desincentiva la participación ciudadana", argumenta Salellas. "Vemos un movimiento desmovilizado pero, por los estudiosos de movimientos sociales, sabemos que son intermitentes: a veces explotan y tienen altos periodos de actividad, luego entran en periodo de latencia, luego aparecen nuevas ventanas de oportunidad y vuelven a emerger... Ahora parece que estamos en esa fase de latencia, pero eso no quiere decir que sea el fin de la historia", advierte Orriols. Hasta qué punto se reactivará la movilización cuando el covid amaine es un misterio, pero por el momento, las causas parecen ir más allá del virus.

Miembros de los CDR arrojan cabezas de cerdo a los Mossos d'Esquadra tras la inhabilitación de Torra. (EFE)
Miembros de los CDR arrojan cabezas de cerdo a los Mossos d'Esquadra tras la inhabilitación de Torra. (EFE)

Para Dedéu, los propios partidos y organizaciones independentistas han jugado también un papel importante a la hora de desmovilizar al independentismo. "Lentamente, el poder político ha entrado en unas instituciones que en su inicio tenían un cierto aire de espontaneidad y surgían no para acompañar al poder político, sino para presionarle de cara a la independencia. No estaban para decir 'sí, bwana' a todo, sino para auditar el poder, esa era la gracia de ANC y Òmnium", critica el escritor. "¿Por qué aquella visión de movilizaciones pacíficas se diluye un poco justo después de diciembre de 2017? Porque se descentraliza el movimiento: cuando hablamos de los CDR, no sabemos muy de qué estamos hablando. Eso hace que la unidad de acción y el mensaje de hasta dónde llegar se pierda".

Entre el covid-19 y esa descentralización en la toma de decisiones, la semana en la que parecía que el independentismo volvería a sacar músculo quedó reducida a una decena de contenedores ardiendo. Para recuperar las movilizaciones masivas al grito de 'som gent de pau', habrá que esperar a que pasen los meses más duros de la pandemia, pero también a que el sustituto de Quim Torra establezca una nueva hoja de ruta. Por el momento, el pulso del independentismo en las calles ha quedado relegado a las páginas interiores de los periódicos y, en su lugar, los prometidos indultos por Pedro Sánchez o la ausencia del Rey en el reparto de despachos a los nuevos jueces en Barcelona acaparan las portadas. En la batalla por el relato, el independentismo ha perdido uno de sus pilares: la movilización social.

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