EL ACIAGO TRANSPORTE PARA VER A PUIGDEMONT

El eje Perpiñán-Igualada: la conexión en autobús de los focos unidos por el mitin

De la comarca del Anoia, cuya capital es Igualada, el lugar que Quim Torra quiere cerrar a cal y canto, salieron 12 autocares, un 2% aproximadamente del total de vehículos

Foto: Una estelada es fotogradiada durante el mitin de Puigdemont en Perpiñán. (Reuters)
Una estelada es fotogradiada durante el mitin de Puigdemont en Perpiñán. (Reuters)

El pasado 29 de febrero, el Gobierno francés activaba el Plan Blanc contra el coronavirus debido al masivo acto que el independentismo realizó en Perpiñán con invitados muy especiales: Carles Puigdemont, Toni Comín y Clara Ponsatí, los prófugos de la Justicia española. El Plan Blanc no era otra cosa que un refuerzo considerable de los efectivos sanitarios, un protocolo de actuación de urgencia, debido a la confluencia de miles de visitantes (los organizadores llegaron a hablar de 200.000 asistentes al gran acto de exaltación independentista) que se esperaban en la ciudad francesa.

Un centenar de autocares (de los 600 fletados) se quedaron a las afueras de la ciudad por el colapso circulatorio, pero la ANC distribuyó días después un formulario entre los asistentes para que plasmasen por escrito sus objeciones por si algunos conductores hubiesen podido boicotear el viaje.

El peligro, sin embargo, no estaba al volante. El peligro viajaba en los autocares, y en aquel momento aún era invisible e indetectable. Según ha podido conocer El Confidencial, de la comarca del Anoia, cuya capital es Igualada, el lugar que Quim Torra quiere cerrar a cal y canto, salieron 12 autocares, un 2% del total de vehículos (números oficiales hablan de 583 vehículos). Días después, una gran parte de las personas que efectuaron ese viaje presentaban síntomas de coronavirus. “En cinco autocares, todos sus pasajeros presentaban síntomas. En el resto, solo una parte de ellos”, explican las fuentes.

Algunas conversaciones por WhatsApp dejan constancia de cómo fueron apareciendo los síntomas en las semanas posteriores entre amigos y compañeros de viaje de la comarca. Por eso tienen datos sobre la salud de los compañeros de odisea. “¿Qué pudo haber alguien infectado que fue contagiando a los demás en los autocares de esta zona? Puede ser. De otras zonas también acudieron autocares, pero no se han detectado brotes concentrados en sus lugares de origen ni síntomas masivos de los pasajeros que viajaron juntos a Francia”, añaden las fuentes.

La magnitud del problema aumentaba, en parte, porque el total de pasajeros a Perpiñán había sido de varios centenares, por lo que el brote podría expandirse de manera exponencial. No hay que olvidar que en aquel momento todavía no se habían tomado medidas para evitar los contagios ni se había alertado a la población de que tuviese cuidado con las aglomeraciones.

El día del evento, además, en Perpiñán, una ciudad de 130.000 habitantes, ya había tres ciudadanos en cuarentena con síntomas de coronavirus aunque ellos no participaban en la concentración independentista.

Horas y horas encerrados

“La mala suerte es que si había alguien con el virus en un autocar, lo lógico es que acabara contaminado parte del pasaje. Hubo tiempo de sobra para ello, porque estuvieron durante horas encerrados dentro, por lo que la transmisión de la enfermedad es muy fácil. Además, ha habido autocares que sufrieron caravanas y retrasos, lo que alargó el tiempo de exposición al virus”, explica una fuente cercana a los que viajaron. El peligro invisible acabó pasando factura: dos semanas después, Igualada y sus alrededores fueron prácticamente confinados por la pandemia.

La pasada semana, Perpiñán fue confinada a su vez. La ciudad se convirtió, según la prensa gala, en “el epicentro de la enfermedad en Occitania”. Dentro de la villa, se habilitaron tres hospitales de campaña para atender casos de supuestos Covid-19. Para llegar a ese extremo, fue preciso que las autoridades francesas relajasen todas las medidas de protección e incluso permitiesen la celebración de las elecciones municipales el 15 de marzo. El 19 de marzo saltaban las alarmas y se producían las primeras muertes en Perpiñán: cuatro personas de etnia gitana, todas con patologías previas.

Para entonces, Igualada ya era un polvorín y el enemigo silencioso se había cebado en su población: la capital del Anoia ya llevaba una quincena de fallecidos. De hecho, el 11 de marzo de este año, o sea, semana y media después del acto de Perpiñán, ya había tres muertos por el virus en Igualada. Así, la zona de esta villa se convirtió en el epicentro del coronavirus, en el Wuhan catalán.

Hay un dato incontrovertible: en Cataluña, el principal foco de la pandemia se situó en la zona de la Conca d’Òdena, de donde habían partido la mitad de los autocares de la comarca hacia Perpiñán. ¿Relación causa-efecto? Nadie lo sabe. Las fuentes consultadas resaltan que “no deja de ser curioso que el principal foco de la infección en Cataluña se diese precisamente en esa zona. El hecho de que mucha gente infectada haya viajado en los autocares a Perpiñán puede ser algo más que una fatal coincidencia”. Algunas informaciones apuntaban a que otro posible foco había sido una fiesta que se tradujo en 80 infectados.

El secretario de Salud Pública, Joan Guix, declaraba el 10 de marzo, cuando ya comenzaba a hablarse de crisis, que “el brote está identificado y toda la cadena de contactos, registrada”. En los días siguientes, viajeros que habían ido en los autocares se escribían por las redes, contándose los síntomas que iban apareciendo en su salud. “En casa con paracetamol. Tos y febrícula. Desde el 17”, decía uno de los viajeros. Otro le animaba. “Había mejorado, pero esta mañana volvía a tener décimas”, se quejaba el primero. “Llamar al 061 o al CAP [centro de atención primaria] es misión imposible. Una amiga enfermera me dice que quieto en casa a no ser que me cueste respirar”.

Se da la circunstancia paradójica de que el alcalde de Igualada, Marc Castells, que se distinguió durante semanas por su alineamiento con Quim Torra, que pedía el confinamiento total de la zona de la Conca d’Òdena, ahora se desdice de su posicionamiento: en cuanto el Gobierno central dictó orden de confinamiento y cierre de toda actividad salvo servicios esenciales, Castells reclama que no se confinen Igualada y su entorno. Es decir, justamente lo contrario de lo que reclama Torra. Como explicaba este diario hace unos días, el ‘president’ ya tiene aquí su 8-M.

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