Paga su error con las pancartas

Sin épica ni gloria: Torra, un 'president' breve que solo jugó al bloqueo político

Su final, con los miembros de la ANC simulando que tomaban el Palau de la Generalitat, colgando pancartas y arriando banderas, ha estado a la altura de su paupérrimo mandato

Foto: Ilustración: Raúl Arias
Ilustración: Raúl Arias

Quim Torra quería una salida heroica y prácticamente ha tenido un cese administrativo. Su presidencia fue breve, un año y ocho meses; inesperada, al ser escogido a dedo por Carles Puigdemont; y será recordado por cuestiones anecdóticas o irrelevantes: como su 'apreteu, apreteu', dicho delante de las televisiones a miembros de los CDR, abogar por la vía eslovena para que Cataluña fuese independiente a pesar de que había habido una guerra de por medio y su pasión por todo lo folclórico y lo identitario. Torra saltará por una mala decisión, no retirar la pancarta de la fachada de la Generalitat, por despreciar la ley española, él, que es abogado; y por primar el activismo sobre la política. Tras su caída acabará una fase de fuertes interferencias de Waterloo en la Generalitat y en la que Torra solo jugó al bloqueo político.

Antes de acceder al cargo, Torra (57 años) había sido abogado de la aseguradora Winterthur, escritor, bastante bueno en lo estilístico, por cierto; y activista, llegando a ser presidente de Òmnium Cultural. Como intelectual del 'procés' fue el autor de un libro titulado 'Els últims cent metres' —los últimos cien metros— que al pasar de la teoría a la práctica se le han hecho muy largos al todavía 'president'.

Su primera decisión política de calado fue renunciar a ocupar el despacho del 'president' de la Generalitat, tal y como adelantó en su día El Confidencial. Se definió a sí mismo como 'president' custodio, pues consideraba su llegada a la presidencia como una fatalidad causada porque Puigdemont no había podido ser presidente, por culpa del 155 y de las vacilaciones de ERC con la presidencia telemática. Así el 131 'president' de la Generalitat se esforzó en despojar de cualquier simbolismo su cargo. Se comprometió a no convocar elecciones sin consultar con Puigdemont. El grueso de sus viajes al exterior fue para visitar al expresidente en Waterloo. Él solo estaba allí esperando que un día Puigdemont volviese, como prometía su mentor desde Bélgica elección tras elección. Pero Puigdemont no volvió nunca y la posición de Torra se fue haciendo cada vez más insostenible, como uno de los protagonistas de 'Esperando a Godot', convertido en un personaje tan folclórico como los actos a los que acudía.

Torra aprendió demasiado tarde que si se despoja un cargo de su simbolismo, su poder desaparece como por arte de magia. Así, cuando quiso mandar, que de verdad hubo momentos, fracasó en el intento. No pudo cesar a Miquel Buch cuando discrepó de la actuación de los Mossos. Tampoco logró reformar el Govern para que Pere Aragonès dejase de ser vicepresidente, en previsión de lo que luego ocurrió, que la JEC lo cesaría. Torra no pintaba nada y cuando sus 'consellers' querían hacer cualquier cosa, llamaban a Waterloo.

Gobernar no fue su fuerte

De manera que gobernar no ha sido el fuerte de Torra. En su legislatura, la XII, el Parlament solo ha aprobado una ley, la restitución de la Agencia Catalana de la Salud. Un balance muy pobre para un 'president' que fue como el día de ayer: ahora arrío la bandera española; ahora la vuelvo a izar. Así, un día se lamentaba en un vídeo que se convirtió en meme de que Pedro Sánchez no se le ponía al teléfono y luego se negaba a acudir a la mesa de diálogo que pactaba ERC con el PSOE.

Torra promocionó la ratafía y participó en todo tipo de protestas, pero las principales reuniones de su mandato las mantuvo en Bruselas y en Lledoners


A Torra lo que le gustaba era participar en huelgas de hambre —solo unas horas— para dar apoyo a los presos; cortar carreteras, como cuando participó en las marchas sobre Barcelona para protestar contra la sentencia del Tribunal Supremo. Un Torra que en sus discursos repetía una y otra vez que no aceptaría los fallos de la Justicia española, pero luego no dejaba de interponer recursos tras recurso ante ese mismo sistema legal.

Perdido por el activismo

Y ese activismo fue el que le perdió. Quiso desafiar a la JEC de una manera infantil, mientras que sus socios republicanos se esforzaban en dejar limpias de cualquier símbolo las 'conselleries' que encabezaban. En Waterloo tampoco entendieron que acabase encausado por algo así. Solo han jaleado a Torra los radicales irredentos del puigdemontismo. Torra quería martirio, pero se ha tenido que conformar con la legislación vigente. Nada más vulgar para quien ha construido buena parte de su obra política añorando el pistolerismo de los años 30 en Barcelona que caer por la vía administrativa.

Quim Torra se veía a sí mismo como un CDR más. Igual que lo son algunos de sus hijos. Cuando accedió al cargo fue crucificado por sus artículos previos, en los que se mostraba sectario y supremacista. Una vez en el puesto, fue generoso con sus meteduras de pata o con el modo en que se saltaba la ley para favorecer que Puigdemont y su Consell per la República interviniesen en los asuntos públicos.

En el fondo como si nadie, ni siquiera los suyos, se lo tomase demasiado en serio. Sus antagonistas políticos lo detestaban. La moción de censura de Lorena Roldán (Cs) lo fortaleció. Pero ese era Torra, el hombre que para apuntarse un tanto necesitaba que sus rivales metieran la pata hasta el fondo. A veces, solo parecía estar cerca de la CUP, el partido cuyos votos fueron claves para su investidura, pero que luego también lo dejó tirado. Su final, con los miembros de la ANC simulando que tomaban el Palau de la Generalitat, colgando pancartas y arriando banderas, ha estado a la altura de su mandato: el hombre que estaba tan ocupado manifestándose que siempre dejaba que otros hicieran las cosas.

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