El partido, sin margen de maniobra

ERC, devorada por su propia criatura: los CDR expulsan a Rufián de las protestas

"En septiembre todo costará más", advirtió Rufián cuando moría la legislatura en el Congreso. Y efectivamente: ahora ir a manifestaciones le resulta mucho más trabajoso

Foto: Gafriel Rufián, expulsado de las protestas de Barcelona. (Reuters)
Gafriel Rufián, expulsado de las protestas de Barcelona. (Reuters)
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"Els carrers seran sempre nostres" —Las calles siempre serán nuestras— ha sido estos años uno de los lemas más coreados del independentismo. El mantra tuvo éxito a pesar del tufillo totalitario, se parecía demasiado a aquello de "la calle es mía" de Manuel Fraga. La noche de este pasado sábado, Gabriel Rufián, ha sentido en sus propias carnes la inflexibilidad del pueblo al que él mismo había estado siempre adulando con su populismo de extrarradio barcelonés. Más allá de la anécdota, el Gabriel Rufián expulsado por los suyos del paraíso revolucionario en la concentración ante el Palacio de Justicia de Barcelona, se refleja la incómoda situación de ERC, asociados con Quim Torra, frente a unas elecciones el 10-N en las que compiten con la CUP. En ese escenario es imposible que los republicanos puedan desmarcarse de las tendencias más radicales en la Cataluña de ahora mismo. Todo apunta a que, igual que se estrellaron con Puigdemont en 2017, ahora se estrellarán con Quim Torra. Sin quererlo, pero lo harán.

Eso sí, hay que reconocer que mientras Torra lleva días escondiéndose, Gabriel Rufián le echó lo que hay que tener y se presentó ante la concentración. Habían convocado los CDR y la ANC, la cual se había sumado más tarde en un intento de no perder el control de la calle. Pero como vio Rufián, la calle ya no les responde. El esquema de revolución palaciega impulsada desde arriba que ha sido el motor del 'procés' se ha roto. "Fuera, fuera", le gritaba la masa a Rufián. Y el peor de los insultos: 'botifler', cuya traducción libre sería algo así como "traidor españolista".

Rufián no fue el único caso. Durante la misma noche, en Vía Laietana, José Rodríguez, diputado de ERC proveniente de UGT y de un extracto sociológico similar a Rufián, intentó que los manifestantes se retirasen para evitar un nuevo choque con la Policía Nacional. "Ni un paso atrás", le respondió la gente concentrada. Y José Rodríguez tuvo que abandonar.

Gabriel Rufián, expulsado de las protestas de Barcelona. (Reuters)
Gabriel Rufián, expulsado de las protestas de Barcelona. (Reuters)

Eso sí, ERC intentó desactivar la bomba. A Elsa Artadi, por poner un ejemplo de JxCAT escogido al azar, nunca se le hubiera ocurrido presentarse ante los manifestantes para pedirles que volviesen a casa. Los republicanos lo están intentando, pero los miles de personas que arrasan las calles en las principales ciudades de Cataluña, no solo en Barcelona, ya no responden ante nadie. Llevan siete años escuchando consignas del tipo "El pueblo manda, el Govern obedece". Y se lo han creído. Ha sido mucho tiempo para crear un caldo de cultivo a fuego lento que ahora nadie sabe cómo desactivar. ERC tampoco. Muchos de los que se manifiestan airados estas noches en Barcelona son hijos de diputados catalanes o de altos cargos de la Generalitat. Son la siguiente generación de Rufián. Y después de siete años de faroles y de 'ponsatíes' han perdido el respeto por la clase política catalana.

El desmarque no llegará

En Madrid llevan meses esperando que ERC se desmarque de las ideas de Quim Torra. Pero eso no pasará. El propio Pedro Sánchez ha creado el contexto en que esto resultará imposible al forzar la repetición de elecciones generales el 10-N. Rufián se lo advirtió en el Congreso que, tras la sentencia, el apoyo de los republicanos sería imposible: "En septiembre todo costará más", advirtió entonces Rufián, pero fue como Casandra pidiendo a la ciudad de Troya que desconfiara de los regalos de los griegos. Alto precio el de su reconversión en hombre de Estado. Y fue triste: le hacían más caso cuando salía en el escaño enarbolando una impresora.

ERC querría separarse de Quim Torra, pero con la perspectiva electoral del 10-N eso es imposible y, por tanto, el actual Govern seguirá como un zombi


ERC no puede descolgarse de la loca carrera que ha iniciado Torra. El precio sería perder unas elecciones del 10-N que ya no son una repetición de las últimas generales. Se presenta Íñigo Errejón, con un cabeza de lista en Barcelona que viene de la CUP; se presenta la propia CUP por primera vez. Todos compitiendo por el mismo espacio que ERC y los comunes. De repetición electoral nada, demasiados factores nuevos. Por eso, Pere Aragonès ha tenido que salir a apoyar a Torra en su comunicado de ayer, restando importancia a la violencia en Barcelona. Porque ERC se ha quedado sin margen de maniobra.

Igual que 2017

En 2017, Rufián se presentó el 20 de septiembre ante la gran manifestación de la Conselleria de Economía, luego juzgada en el Tribunal Supremo. Él y Joan Tardà cogieron un AVE para comparecer ante las masas y apoyar a los detenidos, el equipo de confianza de Oriol Junqueras. Fueron recibidos con entusiasmo por la multitud. Pero, tras más de un año intentando que el partido vire hacia el pragmatismo, las manifestaciones ya no acogen al diputado de ERC con algarabía. Y, si se trata de infiltrados, tienen un excelente acento catalán. Días después de cercar el departamento de Economía, los republicanos se veían arrastrados por la radicalidad de Puigdemont y ahora Junqueras afronta una condena de 13 años de cárcel.

Como tal, no es un problema de Rufián. Lo que le ha pasado a Gabriel Rufián es el síntoma, no la enfermedad. Rufián será cabeza de lista con la amnistía en el programa electoral. Pero eso, como acudir a la manifestación o como las promesas de una independencia fácil y rápida, no es realista. Rufián ayer se topó con la realidad. Y no, las calles ya no serán suyas, por mucha radicalidad que imposten en su formación.

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