PREOCUPACIÓN POR LAS ALGARADAS EN CATALUÑA

La cena más premonitoria del Planeta: 'Cristales rotos' en una noche de alta tensión

El título provisional de la novela era premonitorio, de reminiscencias tétricas e inquietantes. Tras ese libro, que se presentaba bajo el pseudónimo de Melchor Marín, se esconde Javier Cercas

Foto: Un manifestante echa al fuego un cartón junto a la Delegación del Gobierno en Barcelona. (EFE)
Un manifestante echa al fuego un cartón junto a la Delegación del Gobierno en Barcelona. (EFE)

‘Cristales rotos’. Nunca una novela que optaba al Premio Planeta, que con 601.000 euros es el galardón literario mejor dotado del mundo después del Nobel, había acertado tanto en su pronóstico. El título provisional de la novela era ese premonitorio ‘Cristales rotos’, de reminiscencias tétricas e inquietantes, teutónicas. Tras ese título, que se presentaba bajo el pseudónimo de Melchor Marín, se esconde la nueva obra de Javier Cercas.

Él no lo sabía. Nadie lo sabía. Pero este 15 de octubre Barcelona ardería por los cuatro costados. Al menos el centro de la ciudad. Los ‘comandos del miedo’ tomaron las calles para demostrar al resto de independentistas que ellos son los únicos que pueden forzar la secesión. Y que la calle es suya. La ANC y Òmnium habían convocado concentraciones pacíficas. Pero los comandos de los Comités de Defensa de la República (CDR) no están dispuestos a dejar el dominio de la calle en manos de los que llaman ‘liristas’ (los blandos).

Por eso, Barcelona ardió. Por eso montaron en la capital catalana su particular ‘noche de los cristales rotos’. “¿De verdad que hoy vamos a asaltar la Delegación del Gobierno?”, preguntaba por el canal interno un cándido manifestante poco antes de las 19:00 horas. Nadie le contestó. Ésa era la intención. Pero la Policía no lo permitió. Lo intentaron por todos los medios. Y acabaron encendiendo una hoguera en cada cruce de calles de todo el centro de Barcelona. Un espectáculo dantesco. Luego, distribuyeron por las redes sociales un mensaje incendiario: ‘Warcelona’ (con la palabra War, ‘guerra’ en inglés, resaltada), y una fotografía dantesca de la ciudad humeante. Una foto verídica, real. Impactante. Los radicales emitían al mundo la imagen de violencia. En Monthjuïc, se diseñaba la imagen de lo contrario: de la cultura.

Porque en el Palacio Real, en la ladera de la montaña de Montjuïc se celebraba la cena del Premio Planeta. Un evento al que el Gobierno catalán dio la espalda con un sonoro portazo. A nadie se le escapa que el ‘president’ Quim Torra se alinea más con el ‘tarannà’ (talante) de los independentistas irredentos que con la filosofía del Premio Planeta. Además, Editorial Planeta fue una de las empresas que trasladó su sede social fuera de Cataluña por las pocas garantías jurídicas que tenía en esta comunidad. Eso es una traición imperdonable. Y, por eso, a la entrega del mayor galardón literario mundial en español no fue nadie del Govern. El Palau no paga a traidores. “Una vergüenza. Eso es una vergüenza. Fue una de las comidillas de la noche”, exponía con visible enojo un relevante empresario a El Confidencial tras la cena. Dicen que decía la Generalitat que ya estaba representada por dos expresidentes.

La cena más premonitoria del Planeta: 'Cristales rotos' en una noche de alta tensión

Boicot de la Generalitat

José Montilla y Artur Mas. Ambos estaban en la mesa presidencial. Para Torra, era suficiente representación oficial. A nadie se le escapa que ningún ‘ex’ representa a nadie ni a nada. Con esa excusa, Torra solo aplacaba su conciencia. En la mesa coincidieron también la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo; el ministro de Cultura, José Guirao; la presidenta del Congreso, Meritxell Batet; el presidente del Senado, Manuel Cruz; la presidenta de la Diputación, Núria Marín; la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau; y el fiscal jefe de Cataluña, Enric Bañeres. Todos ellos arroparon al presidente de Planeta, José Crehueras.

José Montilla y Artur Mas. Ambos estaban en la mesa presidencial. Para Torra, era suficiente representación oficial

Vaya por delante que la entrega del Premio Planeta es la fiesta cultural más importante del año en Barcelona. Que no hubiese nadie en representación de la Generalitat es preocupante. Pero es el reflejo de una situación política de bloqueo. Evidencia, visto desde fuera, un rechazo al diálogo. Allí estaban representantes de instituciones importantes: el presidente del Círculo de Economía, Xavier Faus; el de la patronal Fomento, Josep Sánchez Llibre; el expresidente de la CEOE, Joan Rosell; el director general de la Fundación La Caixa, Jaume Giró; el director general del Banco Sabadell, Jaume Guardiola; empresarios como Luis Conde, Pedro Fontana, Amancio López (Hotusa), Josep Maria Xercavins o Javier Godó.

También acudieron el líder del PSC, Miquel Iceta; las ‘ciudadanas’ Inés Arrimadas y Lorena Roldán, que tomó el relevo en Cataluña como líder del partido; el popular Xavier García Albiol o el también socialista Jaume Collboni, teniente de alcalde de Barcelona. Incluso asistió la exdelegada del Gobierno en Cataluña, Llanos de Luna. Faltaba la actual delegada, Teresa Cunillera, que debido a los graves disturbios en la ciudad, provocados por extremistas, declinó a última hora acudir al acto.

Y había escritores como Santiago Posteguillo, Fernando Schwartz, Espido Freire, Juan Manuel de Prada, Dolores Redondo, Care Santos, Lorenzo Silva, Ángela Becerra o Pilar Eyre. Incluso caras conocidas como Matías Prats o Luis del Olmo. También el exconsejero de Cultura de la Generalitat, Santi Vila, que en el juicio del 1-O fue sentenciado solo a una multa.

La cena fue de diseño: esfera de quinoa real con salmón ahumado, aguacate y tomate confitado, tronco de rape con espárragos verdes y jugo de crustáceos y sacher de frambuesa con frutos rojos. Todo regado con blanco ‘Tres de Moy Rivière’, un xarello del Penedès, y tinto riojano Koden de Luis Alegre, además de cava Naverán Brut Vintage.

El escritor traidor

Pero lo verdaderamente esotérico de la gran noche de la literatura castellana fue el bombazo de los ‘cristales rotos’ que Cercas había llevado hasta el Palacio Real de Montjuïc. “Es la epopeya de un hombre en busca de su lugar en el mundo”, acertó a decir el autor cuando se desveló el ganador. Allí, en el estrado, afirmó que el escribir ese libro “fue reinventarme, hacer algo radicalmente distinto de todos los libros que he escrito hasta ahora”. Y desgranó que en él se explican los temas que le interesan: “El valor de la ley, la posibilidad de la justicia y la legitimidad de la venganza”.

Podría parecer un mensaje encubierto a la clase política catalana. La clase política que llama a desobedecer la ley española, que relativiza las sentencias judiciales y que justifica los posicionamientos independentistas más estrambóticos o radicales por el mero hecho de ir contra las normas constitucionales. Cercas dijo que no es un libro político. Pero Darío Fo estaría en contra de esa afirmación. Su razonamiento, al menos, es disidente.

No hay que olvidar que Cercas está considerado por un sector del independentismo como un traidor por no ser independentista

No hay que olvidar que Cercas está considerado por un sector del independentismo como un traidor por no ser independentista. De hecho, Cercas es un verso suelto catalán. Un librepensador, que traducido al lenguaje ‘indepe’ quiere decir un ‘botifler’. Pero su particular venganza es hacer que el protagonista de su novela sea un mosso héroe del atentado del 17-A y que el título final tenga connotaciones típicamente catalanas: ‘Terra Alta’. Todo buen escritor sabe cómo vengarse de sus enemigos.

Cercas no se calla lo que piensa, entre otras cosas porque tiene el verbo fácil y brillante. Denunció en los últimos años que, para los separatistas, solo son catalanes quienes se muestran fieles a la patria y votan separatismo. Y que los independentistas “se lo están cargando todo”. Y que el Parlamento catalán violó el Estatuto de Cataluña y la Constitución. Eso es imperdonable para el soberanismo. Pero, paradojas de la vida, en la ‘noche de los cristales rotos’, el primer castigo fue premiar a la ‘bestia negra’ del soberanismo. Un escritor honesto ideológicamente hablando…. pero traidor para algunos. ‘Botifler’.

Lo dicho: es un disidente. Por eso, en Montjuïc, se celebraba la noche de la cultura con mayúsculas. Y abajo, en la ciudad, la noche era de los CDR, con contenedores quemados en cada cruce, algaradas y violencia sin fin en las calles, incluso agresiones contra vecinos que protestaban por los desórdenes de la ‘revolución de las sonrisas’. Arriba, se acercaba “la magia de las palabras a las personas”. Abajo, se acercaba la brutalidad a las conciencias. El finalista, Manuel Vilas (150.250 euros), presentó la obra ‘Tal como éramos’, que al final resultó llamarse ‘Alegría’. Otra paradoja de la noche. “La alegría es más importante que la felicidad", razonó Vilas. Y luego dejó otra sentencia para la audiencia: “Alegría y memoria son la misma cosa”. Algunos políticos deberían recordar esta sentencia.

La pregunta que queda en el aire

“Ni Dios comentó nada de la sentencia. De lo único que se hablaba era de lo que estaba ocurriendo en Barcelona, de los disturbios. "La preocupación es enorme", comentaba a El Confidencial un conocido empresario catalán tras la entrega del galardón. Otro conocido empresario, con mando en plaza, se dolía de que el Govern no hubiese enviado a nadie, "pero también es preocupante cómo ese gobierno jalea los disturbios". "Esto se le va a ir de las manos. Y Quim Torra, sin hacer nada. Es una vergüenza”. Y otro remataba que “el peligro es que, si esto continúa así unos días, aquí lo que habrá es una revolución”.

Opiniones unánimes para una preocupación transversal: “El Gobierno de Cataluña ha de hacerse respetar. La situación, en estos momentos, es muy preocupante”, remataba otro empresario. No había ni una sola frase de comprensión sobre la actitud del Gobierno catalán, imbricado en una bipolaridad que le hace animar a que se participe en las movilizaciones y, paralelamente, envía a los antidisturbios para disolverlas. El sentimiento unánime es que “Torra parece ser un ciudadano de otra galaxia”. Y, para rematar, una pregunta que flotaba en el aire y en la que coincidían personajes tan diversos como José Montilla y Elena Rakosnik, esposa de Artur Mas: “¿Y ahora qué?”. Nadie tiene respuesta a esa incógnita. Nadie sabe qué pasará mañana.

A pocos metros de allí, Cercas ya había comenzado la rueda de prensa tras ganar el premio, mientras 200 exaltados radicales aún seguían quemando contenedores en la ciudad de Barcelona. La cultura se había retirado a los arrabales y la ‘cultureta’ campaba a sus anchas por el centro de la ciudad. En Montjuïc se había atrincherado la ‘otra Cataluña’, la que no comulga con consignas llegadas de Waterloo, pero que también existe. Sus prohombres, como Cercas, no acuden a mítines ni aplauden a los líderes, pero también existen. Cercas no pasará nunca el examen de buen independentista (a pesar de ser reconocido antifranquista e izquierdista), pero ahora es flamante Premio Planeta, el galardón más prestigioso de la literatura hispana.

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