DICEN QUE SE DESBORDARON SUS PREVISIONES

Los independentistas, eufóricos tras el 11S: “Esto no lo para ni Dios”

Según las primeras cifras oficiales, 800.000 catalanes tomaron las calles, un buen pico menos que el año pasado pero eso entraba dentro de las previsiones

Foto: Miles de personas en el Arco del Triunfo de Barcelona. (EFE)
Miles de personas en el Arco del Triunfo de Barcelona. (EFE)

El frente independentista pincha pero está en plena euforia al valorar como un éxito relativo las movilizaciones de este domingo. Los organizadores, la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural, dicen que pasaron con nota el examen: la quinta Diada de la desconexión hizo salir a la calle a cientos de miles de catalanes pidiendo la independencia. Según las primeras cifras oficiales, 800.000 catalanes tomaron las calles, un buen pico menos que el año pasado pero eso entraba dentro de las previsiones de los organizadores. La Delegación del Gobierno rebajó la cifra a los 370.000 y la ANC habló de cerca de un millón, citando cifras de la Generalitat. El clásico baile de cifras y, en todo caso, un ‘pinchazo’ controlado. 

Tanto la ANC como Òmnium saben que hay cansancio en sus huestes y por eso atomizaron las concentraciones en cinco puntos diferentes. De las previsiones de unos 900.000 o 950.000 asistentes, la Guardia Urbana rebaja las cifras a 800.000. Un bajón significativo si tenemos en cuenta que el año pasado se juntaron en Barcelona 1.400.000 personas (siempre según la Guardia Urbana). Pero era normal, porque la carga política de esta Diada es muy distinta a la del año pasado, en primer lugar porque el 11S de 2015 comenzaba la campaña electoral de unas elecciones que se quisieron llamar “plebiscitarias” y había que echar el resto.

Según estimaciones de la Guardia Urbana, sólo en la manifestación de Barcelona hubo este año 540.000 asistentes, cifra un poco exagerada si tenemos en cuenta el espacio en que estaban concentrados los manifestantes. Pero la Policía Local también estimó que los manifestantes en Tarragona habían sido 50.000 y, en Lleida, 30.000. Los organizadores en esas dos concentraciones quisieron ganar sobre el papel lo que perdieron en la calle y subieron las cifras de participantes a 100.000 y 120.000 personas respectivamente. 

La presidenta del Parlament, Carme Forcadell durante la tradicional ofrenda floral al monumento de Rafael Casanova. (EFE)
La presidenta del Parlament, Carme Forcadell durante la tradicional ofrenda floral al monumento de Rafael Casanova. (EFE)

De todos modos, manifestaron fuentes de la ANC a El Confidencial, “estamos muy contentos y ha sido un éxito la jornada. Hemos demostrado que todo el país se puede movilizar con un objetivo. Hemos desbordado las previsiones. En Barcelona, por ejemplo, se tuvo que alargar el recorrido hasta la Diagonal, lo que no teníamos previsto (eso significa cinco calles más de manifestación) Y en cuanto a la asistencia, jamás hemos entrado en guerra de cifras y ni siquiera hemos dado oficialmente números de manifestantes. Pero 100.000 manifestantes más o menos no nos parece una cifra relevante”.

Llamamiento a la unidad

El presidente de Òmnium Cultural, Jordi Cuixart, lanzó las campanas al viento en el mitin final. “Nos querían divididos y hoy más que nunca somos un solo pueblo. Nos querían cansados, pero tenemos más fuerzas que nunca; nos querían vencidos, pero nunca nos rendiremos. Esto no lo para ni Dios”. En tono épico, aseguró que “nuestra causa es la libertad y nuestro anhelo es un futuro mejor para nuestros hijos”, para zanjar que “la República Catalana se gana en las urnas y se construye en la calle”.

Y su compañero de fatigas, Jordi Sánchez, presidente de la ANC, subrayaba que “hemos vuelto a hacer historia. Los de siempre nos querían callados y hemos salido para dejar bien claro que no estamos dispuestos a callar nunca más”. Su intención quedó clara: “Hemos venido para ganar la República Catalana y encontrar nuestro lugar entre las naciones libres del mundo. Aquí estamos personas con ideologías diferentes, incluso opuestas, pero nos une el ideal de caminar hacia la libertad”.

Un momento de la manifestación bajo el lema 'A punt' (A punto) en Lleida. (EFE)
Un momento de la manifestación bajo el lema 'A punt' (A punto) en Lleida. (EFE)

Sánchez apeló a la unidad de los partidos para hacer frente al Estado opresor y dictatorial. “Desde la unidad, tenemos la capacidad de responder bien alto a aquéllos que sólo responden con los veredictos de los tribunales. Nosotros hablamos el lenguaje de los demócratas, que no tienen miedo de escuchar la voz del pueblo. Nosotros preferimos las urnas a los tribunales”. Como Cuixart, el presidente de la ANC se solidarizó con los encausados por el 9N y con la presidenta del Parlamento, Carme Forcadell, por si es inhabilitada y, acto seguido, pidió a los representantes de las instituciones que sigan adelante, cumplan sus compromisos y convoquen un referéndum. “La dignidad de un país se defiende desde la calle y desde las instituciones. Vosotros sois dignos representantes del pueblo”, clamó. Y les pidió que no desfallezcan y convoquen el referéndum unilateral. “Todos aceptaremos el resultado. Estamos impacientes. Queremos abrir la casa de la República Catalana muy pronto. No os fallaremos. No nos falléis”.

Allí, en la fila cero estaban el vicepresidente del Gobierno y presidente de ERC, Oriol Junqueras, a quien flanqueaban el consejero de Transparencia y Exteriores, Raül Romeva, la consejera Meritxell Borràs o el consejero de Sanidad, Toni Comín. También estaban la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, su primer teniente de alcalde, Gerardo Pisarello, la alcaldesa de Badalona, Dolors Sabater, la presidenta de la Diputación, Mercè Conesa, el senador y ex juez Santi Vidal, el vicepresidente del Parlamento Lluís Corominas, el presidente del grupo parlamentario de Junts pel Sí (JxS), Jordi Turull, o el diputado en el Congreso Gabriel Rufián. También pululaban el secretario general de Podemos en Cataluña, Albano Dante Fachín, o la presidenta de la Asamblea de Municipios por la Independencia (AMI) y alcaldesa de Vilanova y la Geltrú, Neus Lloveras. Y la cúpula del nuevo Partit Demòcrata Català (PDC), con Artur Mas y Marta Pascal a la cabeza.

A nadie le quedó duda de que la Diada era exclusivamente independentista. No hubo medias tintas ni en las convocatorias ni en los mensajes

Es la nueva generación que pide paso. Apartados del bullicio de la primera fila, sentados al costado del escenario, platicaban dos viejas glorias: el filósofo (exsocialista) Xavier Rubert de Ventós y el expresidente del Parlamento (ex de Unió Democràtica) Joan Rigol.

A nadie le quedó duda de que la Diada era exclusivamente independentista. No hubo medias tintas ni en las convocatorias ni en los mensajes o las consignas. Los encargados de leer los comunicados oficiales en los cinco puntos de las manifestaciones (Barcelona, Tarragona, Lleida, Berga y Salt) incidieron en el tema de la desconexión con España y de los agravios del Estado español para con Cataluña. El cineasta Pere Portabella, encargado del pregón barcelonés, fue uno de los que organizaron la gran concentración en Sant Boi en 1976, justamente después de la muerte del dictador Francisco Franco. Son coyunturas muy diferentes, aunque para algunos no hay diferencia. Es la falta de memoria histórica.

Portabella recordó que “defendemos el derecho a decidir en libertad y sin amenazas. Defendemos el futuro político de nuestro país sin ir contra nadie”. También señaló que “hay una mayoría social independentista y un Gobierno independentista legitimado en las urnas”. Y arremetía contra el Gobierno central diciendo que “hoy tenemos una democracia amenazada por un Estado impropio”. El cineasta subrayó, asimismo, que “este 11S no durará un día, sino un año y, si hace falta, 100 años”.

Varias personas momentos antes de participar en la manifestación de la Diada en Berga. (EFE)
Varias personas momentos antes de participar en la manifestación de la Diada en Berga. (EFE)

La nueva elite

Ha quedado claro, tras esta nueva movilización que puede que el ‘procés’ no sirva para alcanzar la independencia, pero sí ha servido para consolidar a una elite pequeñoburguesa que se ha hecho un hueco entre las tradicionales familias que controlaban la política, la economía y la cultura catalanas. Cualquier parecido de esta fila cero con la de hace cinco o seis años es pura coincidencia.

El orador Pere Portabella, una de las viejas glorias, reunía en su masía de la Costa Brava a lo más granado de esa nueva elite, en una cena que sustituyó al tradicional suquet del mes de agosto. Hace años, hasta Llofriu se acercaban políticos de rango nacional y europeo para saborear la vianda. Ahora es más ‘cassolà’ (casero) y reúne, curiosamente, a puntales de la manifestación de hoy: el presidente de Òmnium, Jordi Cuixart, la presidenta del ‘Parlament’, Carme Forcadell, o a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. ¡Ironías de la vida!: el cerebro en la sombra de Colau, el que la catapultó a la cúpula de la agitación es Jordi Borja, excompañero de partido de Portabella en el PSUC. Son dos de las viejas glorias, de los viejos ‘dinosaurios’, que han sabido adaptarse y congeniar con la nueva elite que, poco a poco, va blindando sus fronteras para conformar los nuevos núcleos de poder. Es la nueva elite que compagina los despachos y la calle. Sólo falta que al final acaben protestando contra las políticas que ellos mismos están impulsando desde los despachos. Ahí tiene Portabella un bello guión para una película de culto.

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