Quim Torra, nuevo presidente de Òmnium Cultural

El jefe de la sociedad civil de Mas: "Vivimos ocupados por España desde 1714"

Quim Torra ocupa desde este martes el cargo de presidente de Òmnium Cultural, lo que se supone que es la sociedad civil catalana

Foto: Fotografía de archivo de Joaquim Torra i Pla. (Josep Renalias, Wikipedia)
Fotografía de archivo de Joaquim Torra i Pla. (Josep Renalias, Wikipedia)

La “sociedad civil” catalana se pone las pilas. Y se las pone a los demás, aunque cueste. “El fascismo de los españoles en Cataluña es infinitamente patético, repulsivo y borde”. No es la afirmación de un cualquiera catalán. Es la patética afirmación de Quim Torra, que desde este martes ocupa el cargo de presidente de Òmnium Cultural, lo que se supone que es la sociedad civil catalana, la que ha organizado las principales manifestaciones independentistas de los últimos años y una organización mimada por las Administraciones nacionalistas y utilizada como punta de lanza del independentismo. Además, es una de las entidades 'consentidas' por la Generalitat y por Artur Mas. Y, por supuesto, el ariete de parte de una elite intelectual que siente rechazo vital ante cualquier cosa que huela a España.

La cosa se entiende más si uno observa con atención qué es la entidad y quién su presidente. Claro que Quim Torra no es un intelectual al uso. En su biografía pone que es “abogado, editor y escritor”. De hecho, era un agente de seguros que trabajaba en Suiza y que volvió a Cataluña para crear una editorial en 2008, aunque luego recaló como miembro de la dirección de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) cuando el Gobierno catalán consideró que necesitaba un brazo “cívico” que actuase como termómetro de las movilizaciones callejeras. El primer paso para caer bien a la Administración catalana estaba dado. Los contactos políticos harían el resto: para acabar de caer en gracia, interpuso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos una demanda contra el Tribunal Constitucional español por la sentencia sobre el Estatuto de Autonomía. Fue rechazada, obviamente, porque no tenía ni pies ni cabeza. Pero Quim se ganó la aquiescencia de los mandamases del soberanismo, especialmente de Artur Mas.

Ese mismo año, asumía el liderazgo de la plataforma Sobirania i Justícia, que había impulsado el que fuera consejero de Justicia Agustí Bassols, una más de las entidades independentistas que comenzaron a florecer al amparo del poder político catalán. No era un cargo para echar cohetes, pero engordaba currículum y daba visibilidad.

El agente de seguros acabó, pues, de directivo de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y luego de director del Born Centre Cultural, lo que debería ser el núcleo de la recuperación de la memoria histórica de Cataluña: en el otrora mercado del Born, aparecieron los cimientos de las estructuras de principios del siglo XVIII y alguien decidió que debían servir de base para la nueva historia de Cataluña, la Cataluña que luchó por su independencia encarnada en la figura de Rafael de Casanova, el líder defensor de la ciudad frente a las tropas del Borbón Felipe V. Desde el inicio de ese Museo, el líder municipal del PP, Alberto Fernández Díaz, pidió –lógicamente, dadas las circunstancias de un centro en el que se debían enterrar casi 90 millones de euros– que figurase en la puerta el bando de rendición de Casanova el 11 de septiembre de 2014. En él, se relata que no lucha por Cataluña, sino por la Corona española para los Austrias. Y eso para los independentistas es tabú, porque quieren creer que Casanova luchaba por las libertades de Cataluña.

Fobia hacia lo español

El bando del héroe catalán no mencionaba ni país ni nación ni Cataluña. Y el “abogado, editor y escritor” no podía permitir que la realidad le arruinase un capítulo excelente y crucial de su historia de Cataluña. Y evitó que el bando figurase en el recinto, aunque es tan histórico como las piedras que lo componen. En cambio, desarrolló una fobia hacia todo lo español. Intentó borrar sus huellas, borrando los tuits que había cultivado durante tiempo, pero ya no pudo. Los mensajes que durante años dedicó a los abominables españoles fueron borrados, pero alguien se preocupó de recopilarlos, de fotografiarlos y de conservarlos. Y ahora son la auténtica historia viviente de un nacionalista catalán que ha trepado a las cumbres del poder sin paracaídas. Por sus palabras se le conocerá.

“Los españoles, en Cataluña, son como la energía: no desaparecen, se transforman”, decía uno de sus mensajes. Y otro abundaba en que “evidentemente, vivimos ocupados por los españoles desde 1714”. En otra de sus aserciones, Torra dejaba caer que “españoles y franceses comparten la misma concepción aniquiladora de las naciones que malviven ¡en sus estados!”. Y en un alarde de nacionalismo sin vergüenza, incluso afirmaba el 4 de abril del 2013 que “los de Òmnium vamos en coches particulares y nos lo pagamos todo, no hacemos como los españoles”. Claro que los españoles a los que se refiere no tenían actos nacionalistas a los que acudir ni autocares que les llevasen como en Cataluña. Y, en cambio, a los nacionalistas catalanes sí les fletaban autocares entidades “afines”. Es el síndrome recurrente: ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio.

El 9 de julio de ese año, Torra deja caer también que “sobre todo, lo que sorprende es el tono, la mala educación, la pijería española. Sensación de suciedad. Horrible”. Unos días antes, el 4 de diciembre de 2012, lanzaba: “Fuera bromas, señores, si seguimos así, dentro de algunos años corremos el riesgo de acabar tan locos como los mismos españoles”.

Un hombre de partido

En plena campaña electoral del 2012, Torra hizo méritos para ser nombrado luego responsable del Born. Cuenta cosas, cuanto más duras, mejor, y medrarás, parecía la consigna. El 6 de junio aseguraba que “los españoles sólo saben expoliar”. Y minutos más tarde, señalaba: “Vergüenza es una palabra que los españoles hace siglos que no han eliminado de su diccionario”. El 9 de noviembre, en el inicio de la campaña electoral, lanzó a las redes una puya a Albert Rivera, líder de Ciutadans: “Oír hablar al señor Rivera de moralidad es como oír hablar a españoles de democracia”. La obsesión le ganaba. Y el 25 de noviembre, día de las elecciones, se lanzaba a la piscina: “Los catalanes votamos y los españoles vienen a vigilarnos. ¡Fuera de aquí de una vez! Iros, dejadnos vivir en paz”. Eso, claro, ni en una república bananera.

Sus contactos políticos le llevaron a ser nombrado, en septiembre de 2011, director general de la empresa municipal Foment de Ciutat Vella por el alcalde convergente Xavier Trias. Así, gestionaba las obras municipales del caso antiguo de Barcelona, un chollazo. Favores con favores se pagan. Ya apuntaba maneras, de la mano del sempiterno teniente de alcalde Antoni Vives. Y fue responsable del plan para erradicar el chabolismo, una diversidad de actividades que deslumbra al más pintado. Para Torra, lo que huela a español es sospechoso de fascismo. ¿Paranoia? ¿O algo más fuerte? En agosto de 2011, un “crítico literario” le interpelaba por Twitter. “Ya hace mucho tiempo que digo que en la calle Nicaragua hay la variedad dialectal del PSOE”, decía el “crítico”, dirigiéndose a Torra. El “abogado, editor y escritor” le contestaba inmediatamente. “Ni eso, pobres, hablan el español igual que los españoles”. Todo, claro, en catalán. Quedaba más chic. O más indepe, según se mire, porque es lo que se lleva ahora.
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