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El festival de cine que nació al servicio de la Semana Santa y terminó convertido en ventana de libertad
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Casi se acaba con la democracia

El festival de cine que nació al servicio de la Semana Santa y terminó convertido en ventana de libertad

La vallisoletana Seminci inicia estos días su 70 edición. Nacida bajo la bandera del cine religioso, el festival se decantó pronto hacia un humanismo social que le llevó a protagonizar tensiones con el régimen franquista

Foto: El festival gozó del favor del público desde sus primeras ediciones (Cedida)
El festival gozó del favor del público desde sus primeras ediciones (Cedida)

La historia de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) está llena de sorpresas, tensiones inesperadas y momentos estelares. Nacida al amparo de la Semana Santa de Valladolid, como festival de cine religioso, pronto evolucionó hacia una perspectiva humanística que en muchos aspectos anticipó la nueva mirada que instauró el Concilio Vaticano II. Pero, sobre todo, se convirtió en una ventana de libertad: el único lugar de España donde podían verse ciertas películas.

Hace tres años, coincidiendo con el 50 aniversario de La naranja mecánica, la mítica película de Stanley Kubrick, el documental La naranja prohibida recordó su tortuoso estreno en Valladolid. "Cuanto más buceaba en la historia, más quería homenajear el papel de apertura cultural jugado por la Seminci durante el franquismo", explicaba entonces Pedro González, su director.

Era el año 1971 y las autoridades franquistas tanteaban en esos años su política de apertura y usaron a Valladolid como laboratorio de pruebas, como habían hecho muchas veces antes. Se trataba de ver qué acogida tenía la película para valorar si se permitía luego su distribución comercial. Pero el ‘test’ estuvo repleto de complicaciones. Kubrick se negó inicialmente a la proyección de su película en Valladolid, aunque finalmente accedió, tras convencerle el director de entonces, Carmelo Romero, de que sería proyectada en un entorno universitario, lo que no era verdad. Para colmo, el día del estreno hubo que afrontar una amenaza de bomba destinada a impedir que la película pudiera verse. Con una mezcla de coraje y temeridad, Romero exigió a la Policía presente en la sala que prosiguiera la proyección, bajo su responsabilidad. "Hoy no lo haría", recordaría luego. Acertó al ver que era una amenaza fake.

placeholder A la derecha, cartel anunciador del estreno en Valladolid de 'La naranja mecánica' junto a la estatua de José Zorrilla. (Cedida)
A la derecha, cartel anunciador del estreno en Valladolid de 'La naranja mecánica' junto a la estatua de José Zorrilla. (Cedida)

Unos años después, en 1974, en el borde mismo de la Transición, Valladolid protagonizó un estruendoso escándalo con el estreno de la película Jesucristo superstar, que fue objeto de una intensa campaña de oposición por parte de los católicos más resistentes a cualquier cambio. "El asunto llegó hasta el Consejo de Ministros de Franco, que fue quien decidió finalmente autorizar la proyección", recuerda el periodista César Combarros, autor de la biografía más completa del festival, editada con motivo de su 50 aniversario, y que recoge este periodo convulso.

Otro momento estelar fue el estreno en 1969 de La vía láctea de Luis Buñuel, en sesión doble con Simón del desierto. El cineasta aragonés llevaba varios años fuera de España, molesto por el boicot a su Viridiana, que había triunfado en Cannes, para disgusto del régimen. Un régimen que, sin embargo, intentaba reconciliarse con él para que volviera a rodar en nuestro país. En esa ocasión, el festival sería utilizado como ‘hombre de paz’ para lanzar un mensaje de reconciliación. Pero muy de aquella manera. El régimen quiso limitar la difusión de la película reduciendo el número de entradas disponibles, para que la película se viera, sí, pero lo menos posible. Sin embargo, el personal del festival no se plegó a esa instrucción y finalmente la sala de cine estuvo completamente abarrotada.

En una publicación editada por la Seminci para celebrar su 35 aniversario, el también periodista Francisco Barrasa explicaba que la gran habilidad de los gestores de la Semana de Cine consistió en manejar un equipo plural, aprovechando el empuje de los más aperturistas, y contrarrestando a los más reticentes al cambio "de modo que la persiana fue dejando pasar la luz sin prisa, pero sin pausa". El festival sería un laboratorio de pruebas, pero no dócil ni pasivo. Tenía vida propia y los conflictos con el régimen fueron habituales.

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El festival nació de forma modesta, e incluso improvisada. En realidad, fue idea de un estudiante, Luis Huerta, que pensó que sería buena idea aprovechar el tirón turístico de la Semana Santa de Valladolid apoyándola con un festival de cine religioso que ayudara a estirar la estancia de los visitantes. Expuso la idea al entonces delegado provincial del Ministerio de Información y Turismo, Antolín de Santiago y Juárez, que la acogió con entusiasmo. Como también lo hizo el gobernador civil Jesús Aramburu, que aportó 5.000 pesetas de la época, a cambio, eso sí, de que el festival se montara para ese mismo año, con lo que hubo de hacerse en 19 días, de forma improvisada y acelerada. Solo seis películas se proyectaron en aquella primera edición, que contó, sin embargo, con la presencia estelar de Fernando Fernán Gómez, quien presentó Balarrasa, de José Antonio Nieves Conde. Pese a la precariedad, el apoyo del público fue entusiasta e hizo ver que la iniciativa podía tener futuro.

Muy pronto el festival derivó de lo religioso a lo humanístico, entre otras razones por la ausencia de películas suficientes para cubrir una programación estrictamente religiosa. Aun así, la Semana de Valladolid continuó celebrándose en el mes de abril hasta que, en el año 1978, ya en democracia, se produjo el cambio a octubre, que es su mes de celebración desde entonces. El cambio de fechas era una forma de marcar distancia con los orígenes religiosos del certamen, que parecían pesar como una losa en los tiempos convulsos de la Transición.

Para entonces, el festival había logrado cimentar un indudable prestigio, pues era el lugar en el que podían verse películas que no se proyectaban en ninguna otra parte. En la segunda edición se vieron obras de Bresson, Vittorio de Sica o Elia Kazan. Y en las siguientes aterrizaron en Valladolid Federico Fellini, Marco Ferreri, François Truffaut, Ermanno Olmi, Ingmar Bergman, Orson Welles, Akira Kurosawa, Rosellini, Dreyer… los principales maestros del cine de autor del presente, pero también del pasado, gracias a retrospectivas como las de Murnau o Pabst, entre otros.

placeholder El impulsor de la Seminci, Antolín de Santiago, revisa las publicaciones del festival (Cedida)
El impulsor de la Seminci, Antolín de Santiago, revisa las publicaciones del festival (Cedida)

Y unos años después también sería pionero en difundir el cine oriental. "Los estudiantes de cine de entonces, que luego serían directores o críticos, venían a Valladolid no solo para ver las películas, sino para poder escuchar a los realizadores", recuerda Combarros. Los futuros directores Basilio Martín Patino, Julio Diamante, José Luis Garci o Fernando Méndez Leite, coincidían en las salas con futuros críticos como Diego Galán o Fernando Lara. Galán dirigiría luego el festival de cine de San Sebastián, y Lara capitanearía una de las etapas más celebradas de la Seminci, ya durante el periodo democrático.

Precisamente, la democracia estuvo a punto de liquidar el festival, como les ocurrió a tantos otros en ese momento. El Ministerio de Información y Turismo, que había sido el que aportaba los recursos, dejó de hacerlo, y la responsabilidad del festival recayó en el Ayuntamiento de la ciudad. Los primeros años de esta nueva etapa, la Seminci estuvo dirigida por un comité, al modo asambleario tan de moda en la época. Los miembros de ese Comité de Dirección -en el que tuvo un gran protagonismo Fernando Herrero- se denominaban a sí mismos Comité de Salvación, porque eso es lo que estaban haciendo, manteniendo vivo el festival. Y sin cobrar una peseta.

En 1984 llega Fernando Lara a la dirección y se produce un resurgimiento. "En esa época el futuro de los festivales era un tema común de conversación", recuerda Combarros. Pero finalmente encontraron su hueco proyectando ese cine que, pese a la democracia, seguía siendo muy difícil de ver. Y así fue, más o menos, "hasta que la llegada del streaming lo cambió todo". Ahora no se trata solo de proyectar cine valioso o difícil de ver "sino ofrecer un discurso; crear un relato sobre la actualidad a través de las películas que se proyectan", opina Combarros.

En cualquier caso, lo que es indudable es que Seminci llega a su 70.ª edición en un envidiable estado de salud, con cifras de espectadores -casi 100.000 la pasada edición- que reflejan una vitalidad muy alejada de cualquier tentación de ‘jubilación’.

La historia de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) está llena de sorpresas, tensiones inesperadas y momentos estelares. Nacida al amparo de la Semana Santa de Valladolid, como festival de cine religioso, pronto evolucionó hacia una perspectiva humanística que en muchos aspectos anticipó la nueva mirada que instauró el Concilio Vaticano II. Pero, sobre todo, se convirtió en una ventana de libertad: el único lugar de España donde podían verse ciertas películas.

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