Los 300 tesoros de Castilla y León que están dispersos por el mundo: no todo fue un expolio
En algunos casos fueron víctima del expolio francés en la Guerra de la Independencia, en muchos otros fueron vendidos a coleccionistas extranjeros por codicia aprovechando la ausencia de una legislación protectora
El Monasterio de Santa María la Real, originalmente erigido en Sacramenia (Segovia), luce hoy su elegancia románica en Florida, mientras que pinturas históricas de la Cartuja de Miraflores (Burgos) se exhiben hoy en Berlín, Florencia, Suiza, Bélgica… En algunos casos, las obras ni siquiera se conservan completas, y cada una de sus partes (en dípticos o trípticos) se exhibe en colecciones o museos muy lejanas entre sí. En el caso de algunas piezas textiles, como la capa nazarí que envolvía el cadáver de Don Felipe, hermano de Alfonso X el Sabio, la pieza de tela fue cortada y sus fragmentos han viajado por todo el mundo.
Son solo algunos de los 297 casos que ha documentado el programa ‘Nostra et mundi’, auspiciado por la Fundación de Castilla y León (dependiente de las Cortes) y capitaneado por la profesora María José Martínez Ruiz, de la Universidad de Valladolid. 300 casos para empezar, pero la cifra continuará creciendo a medida que la investigación académica propicie nuevos hallazgos.
No todo el patrimonio castellanoleonés disperso por el mundo fue víctima del expolio. Este es justamente uno de los mitos que ‘Nostra et mundi’ viene a desmentir. La inmensa mayoría de las obras fueron vendidas voluntariamente por propietarios que no las valoraban lo suficiente, o que apreciaban más el dinero que el arte, o, simplemente, que tenían necesidades económicas que atender. Este no es un fenómeno singular de Castilla y León, pero la inmensa riqueza patrimonial que atesoraba (y atesora) esta comunidad la convirtió en víctima especialmente destacada.
A ese vaciamiento patrimonial contribuyó también la inexistencia de una regulación protectora nacional que impidiera, o al menos dificultara, la salida de los tesoros artísticos del país. Pero, además, durante un tiempo, algunos poderosos con redes de influencias pudieron burlar las legislaciones protectoras.
Pero también hubo expolios, desde luego. Especialmente durante la ocupación francesa en la guerra de la Independencia. "Los ejércitos franceses ocuparon palacios y monasterios por todo el país y causaron un importante expolio y destrozo cultural", explica María José Martínez Ruiz. "Y conocemos también el caso de algunos mariscales franceses que se presentaban en los conventos y exigían que se les entregaran las piezas artísticas más valiosas, que luego vendieron. Fue un tiempo muy oscuro".
La pintura de Antonio de Pereda ‘Los desposorios de la Virgen con San José’ es un buen ejemplo, si bien en este caso el expolio no tuvo como finalidad el lucro. La obra cayó en manos del general francés Jean Baptiste Eblé y luego en las de su esposa, que la legó a la iglesia de San Sulpicio en París. Allí puede verse hoy una obra que originalmente estaba en un convento, hoy desaparecido, situado en el entorno del Campo Grande de Valladolid, sin que en ningún lugar se mencione su origen.
Esta es, de hecho, una de las ideas que late en ‘Nostra et mundi’. Más que documentar un historial de agravios con la intención de propiciar futuras reclamaciones, el objetivo es establecer un puente entre el lugar de origen de las obras y su destino actual. "Abogamos por el diálogo cultural y por recuperar la memoria en los lugares que fueron ‘vaciados’ de su patrimonio. Estaría bien intentar que los destinos actuales de las obras incorporaran una referencia a su origen. Algunos lo hacen, pero muchos otros no", explica la profesora de la Universidad de Valladolid. "Nuestra labor es de investigación y académica. A partir de ahí, ya veremos, pero podría ser una opción interesante". En vez de litigar, reclamar un reconocimiento al lugar original de las obras.
El viaje del patrimonio de Castilla y León por el mundo propició situaciones muy diferentes. "En algunos casos nos hemos encontrado con que los dueños originales de las obras no les brindaban el aprecio que luego sí recibieron en las colecciones a las que llegaron, donde incluso fueron restauradas". Pero, en otros casos, sufrieron mucho. Fue el caso del monasterio de Sacramenia, que se almacenó desmontado en un depósito portuario antes de ser reconstruido en Florida (EE. UU.).
Expolio especialmente sangrante sufrió la burgalesa Cartuja de Miraflores durante la ocupación francesa. El Tríptico de Miraflores, de Roger van der Weyden, hoy está en Berlín. Pero, además, cuatro obras del Maestro de la Leyenda de Santa Catalina fueron también expoliadas: la Anunciación y la Presentación de Cristo en el Templo (ambas hoy en el Museo Nazionale del Bargello, en Florencia), el Nacimiento de Cristo (en el Museo de Bellas Artes de Bruselas) y la Adoración de los Magos, que hoy puede verse en una iglesia suiza. En todos los casos detrás del robo de las obras puede verse la mano del general Jean Barthèlemy Darmagnac, uno de los principales responsables del expolio artístico del ejército napoleónico.
El caso de la tabla ‘San Juan Bautista con donante’, del Maestro de Portillo, es expresiva del tipo de relación sentimental que se puede establecer incluso con una obra ausente. Fue incluida en el catálogo por mediación de una historiadora del arte vecina de San Miguel del Pino, en cuya iglesia parroquial se asentaba originalmente la obra. "Ella misma se encargó de recabar información en el pueblo, entre los mayores del lugar, para reconstruir la memoria de esta pieza, que hoy está en el Groeningemuseum de Brujas (Bélgica)", explica María José Martínez.
Aunque la invasión napoleónica es un momento especialmente dramático en lo que a la pérdida de patrimonio se refiere, no es el único: la Desamortización "provocó que el patrimonio religioso quedara muy expuesto, y pese a la creación de las comisiones provinciales de monumentos, se perdieron bibliotecas, pinturas, documentos y otro tipo de bienes". En gran medida también por la inexistencia de una legislación protectora del patrimonio. Hay que esperar hasta 1933 para que se aprueben las primeras leyes.
Finalmente, hay un último factor que explica la voluminosa pérdida de los tesoros de Castilla y León y del resto de España: la existencia de una gran demanda del exterior. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX se produce la Edad de Oro del Coleccionismo norteamericano, que no solo adquiere numerosas piezas para sus colecciones particulares, sino que promueve la creación de instituciones museísticas. Huntington (creador de la Hispanic Society en Estados Unidos), Rockefeller, Hearst son los nombres que vienen a la mente. Todos ellos admiradores de España, cuyo patrimonio trasladado al extranjero ha ejercido como embajador de nuestra cultura.
Como colofón, una imagen de ‘Ciudadano Kane’, la célebre película de Orson Welles, que resume a la perfección este fervor coleccionista: un travelling larguísimo que recorre una gigantesca nave donde se almacenan en cajas y más cajas, ocultos a la vista de todo el mundo, también a los de su comprador, los tesoros adquiridos por el magnate de la prensa William Randolph Hearst, en el que está inspirado el protagonista de la película.
El Monasterio de Santa María la Real, originalmente erigido en Sacramenia (Segovia), luce hoy su elegancia románica en Florida, mientras que pinturas históricas de la Cartuja de Miraflores (Burgos) se exhiben hoy en Berlín, Florencia, Suiza, Bélgica… En algunos casos, las obras ni siquiera se conservan completas, y cada una de sus partes (en dípticos o trípticos) se exhibe en colecciones o museos muy lejanas entre sí. En el caso de algunas piezas textiles, como la capa nazarí que envolvía el cadáver de Don Felipe, hermano de Alfonso X el Sabio, la pieza de tela fue cortada y sus fragmentos han viajado por todo el mundo.