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Miel y mucho ingenio: los osos pardos traen de cabeza a muchos pueblos de Castilla y León
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LES ENCANTAN LAS COLMENAS

Miel y mucho ingenio: los osos pardos traen de cabeza a muchos pueblos de Castilla y León

La comunidad alberga la mayor población osera de España y los ‘pastores eléctricos’ contienen, pero no impiden, los ataques de estos animales, que se las apañan para sortear las medidas de seguridad y los cercos

Foto: Una osa y sus oseznos en la Cordillera Cantábrica. (EFE)
Una osa y sus oseznos en la Cordillera Cantábrica. (EFE)

La imaginación puede sentirse decepcionada al descubrir que detrás de los pastores eléctricos que protegen las colmenas de la glotonería de los osos pardos de Castilla y León no hay autómatas, ni robots, ni nada parecido a un verdadero pastor. En realidad, se trata de una especie de vallado eléctrico compuesto por finos hilos de aluminio que envuelven los lugares que se quieren proteger. Cuando, atraído por la comida, el oso se acerca y los toca, recibe una descarga eléctrica más disuasoria que dañina. Normalmente, suele ser suficiente, pero no siempre.

Son eficaces, pero no infalibles. Si el animal está muy apurado por el hambre, a veces encuentra el modo de superar el vallado”, explica Miguel Alonso, veterinario y apicultor leonés. ¿Cómo? “Han sido vistos algunos que arrancaban una rama de algún árbol próximo y luego la usaban para golpear el cerco hasta abrir una vía de entrada. O también excavando para acceder por debajo”, explica. Como se ve, la necesidad es la madre del ingenio.

Alonso tiene sus colmenas en Folgoso de la Ribera y Barrios de Luna, dos municipios incluidos en las zonas que el Plan de Recuperación del Oso establece como aquellas en las que se concentra la población de este plantígrado, y que se sitúan en León, Palencia y Zamora. En todos estos municipios es obligatorio proteger las colmenas con pastores eléctricos si se quiere aspirar a algún tipo de compensación económica por daños. Cada colmena requiere uno y su montaje viene a costar entre 500 o 600 euros, un gasto que se ve parcialmente mitigado por las ayudas que concede la Junta de Castilla y León. Desde el año 2019 se han financiado pastores en 200 explotaciones, lo que supone más de 300 de estos vallados en la comunidad autónoma, según la Consejería de Medio Ambiente.

El problema es que los osos tienen la mala costumbre de desplazarse, invadiendo nuevas zonas en las que antes estaban ausentes, en busca de comida que carezca de protección. “Como no han tenido problemas con el hombre, le han perdido el miedo y una parte de la población se ha acostumbrado a buscar comida en los contenedores de basura, huertos y frutales”, explica Daniel Pinto, coordinador de las patrullas del oso de Castilla y León. Unas tentaciones que empiezan ahora a protegerse.

Foto: ataques-osos-carpatos-eslovaquia-rumania

El resultado es una especie de juego del gato y el ratón. Los pastores eléctricos provocan que los animales se muevan a zonas no protegidas, pero, una vez que han sufrido ataques, la ley obliga al apicultor de esa zona a instalar estos vallados, en un movimiento constante, en una batalla en la que no se vislumbra una victoria clara. La prueba mayor es que el número de ataques, 270 cada año, no ha variado en la última década. Pero sería muy injusto hablar de fracaso. Hasta 2017, cuando se aprueban el Plan de Recuperación y la obligación de instalar pastores, los ataques crecían a un ritmo de un 30% anual. Y no hay que olvidar que en las últimas décadas la población de oso se ha multiplicado por cuatro. Si en 1990 se estimaba una población de 90 ejemplares, hoy se cuantifican 370 en la Cordillera Cantábrica. De ellos, el 53% del total se asientan en Castilla y León, que acoge, por tanto, al mayor número de osos de toda España.

El daño cero es muy difícil, porque se van extendiendo a zonas donde no contábamos con que hubiera osos”, explica el coordinador de Castilla y León. Por ejemplo, han empezado a ser vistos en localidades como Astorga, Almanza, Sahagún, Zamora o incluso municipios de Burgos como Espinosa de los Monteros.

placeholder Una colmena destrozada por un oso. (Cedida)
Una colmena destrozada por un oso. (Cedida)

“Hay que convivir con el oso, pero cada día la convivencia es un poco más difícil por el incremento de la población”, asegura Miguel Alonso, que ha tenido la fortuna de no recibir ataques últimamente. Quienes los padecen sufren daños que, por término medio, suelen ser de unos 300 euros, cantidades que reembolsa la Junta de Castilla y León. Pero los apicultores tienen dos demandas al respecto: “Hay que actualizar la tasación de daños, y agilizar el pago de las indemnizaciones. No queremos que el oso desaparezca, pero sí que nos paguen lo antes posible”.

El 95% de los daños que causa el oso es en colmenas, así que la imagen del oso goloso es más que un cliché de dibujos animados. El 5% restante se concentra en frutales y huertos. Pero últimamente han empezado también a extender sus actividades a otros escenarios. Por ejemplo, los rollos de hierba (bolas de ensilado). “No los comen, pero los rompen pensando que puede haber algo dentro, y eso causa un gran perjuicio”, explica el coordinador osero de la Consejería de Medio Ambiente. Por ese motivo la Junta va a extender también los pastores a la protección de estos rollos y también a la de algunos cultivos. No obstante, Pinto aclara que el oso no necesita los alimentos humanos para sobrevivir, pues el monte le proporciona los suficientes. Dependiendo de la estación tiene hierba, frutos rojos (arándanos, cerezas, frambuesa), hormigueros y frutos secos. Pero la comida que hallan en entornos humanos es más cómoda.

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El siguiente desafío serán los contenedores de basura, en los que empiezan a ser vistos de forma habitual y que promete ser la siguiente frontera de conflicto entre el oso y el hombre, según explican desde la Junta de Castilla y León. Medio Ambiente está realizando un mapeo de los contenedores en zonas oseras y preparando una cobertura de protección que les haga inaccesibles al animal, sin impedir el uso de los humanos.

La imaginación puede sentirse decepcionada al descubrir que detrás de los pastores eléctricos que protegen las colmenas de la glotonería de los osos pardos de Castilla y León no hay autómatas, ni robots, ni nada parecido a un verdadero pastor. En realidad, se trata de una especie de vallado eléctrico compuesto por finos hilos de aluminio que envuelven los lugares que se quieren proteger. Cuando, atraído por la comida, el oso se acerca y los toca, recibe una descarga eléctrica más disuasoria que dañina. Normalmente, suele ser suficiente, pero no siempre.

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