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¿Aragón sigue siendo nuestro Ohio? El 8-F, un anticipo fiable de las generales
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¿Aragón sigue siendo nuestro Ohio? El 8-F, un anticipo fiable de las generales

Aragón suele mostrar la corriente prevalente del voto en España en el ciclo electoral del que se trate. Es verosímil que el resultado del 8-F sea un anticipo fiable de lo que pueda suceder en las próximas generales

Foto: El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo (d), y el presidente del PP de Aragón, Jorge Azcón. (Europa Press/Ramón Comet)
El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo (d), y el presidente del PP de Aragón, Jorge Azcón. (Europa Press/Ramón Comet)
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Como ha recordado José Antonio Zarzalejos, en 2015 el equipo de expertos Piedras de Papel publicó un libro de análisis electoral titulado Aragón es nuestro Ohio: así votan los españoles. El intento era audaz, puesto que precisamente en ese período el mapa electoral de España sufría un revolcón aparentemente llamado a transformarlo por completo, con el hundimiento de las dos grandes fuerzas del bipartidismismo y la aparición fulgurante de los partidos de la llamada “nueva política”, Podemos y Ciudadanos. Luego se vio que era más el ruido que las nueces: la única fuerza nueva que se ha estabilizado es Vox, que en 2015 era invisible.

El título del libro se refería a la leyenda de que el Estado de Ohio anticipaba el resultado de las elecciones presidenciales, en un doble sentido: porque quien ganaba en Ohio ganaba en Estados Unidos y porque, en votaciones ajustadas, los delegados de Ohio en el Colegio Electoral con frecuencia resultaban decisivos. Ohio sería, pues, un retrato en miniatura de la tendencia electoral nacional.

La tesis era básicamente correcta cuando se formuló, pero dejó de serlo. Ohio se ha consolidado como un Estado sólidamente republicano que a veces coincide y a veces no con la corriente general. En 2020, por ejemplo, Trump ganó holgadamente en Ohio mientras Biden se impuso en el voto nacional.

Los analistas de Piedras de Papel identificaron que Aragón es un territorio de comportamiento electoral variable, cuyas oscilaciones suelen reflejar la tendencia general de cada momento —no exactamente en las cifras, pero sí en la orientación. Si no se abusa del criterio, es cierto que, incluso comparando elecciones de naturaleza disímil, Aragón suele mostrar la corriente prevalente del voto en España en el ciclo electoral del que se trate.

El gráfico se explica solo. El PSOE ha ganado 6 elecciones autonómicas en Aragón y el PP ha ganado 5. Exactamente igual que en las generales. Y el ganador de cada elección autonómica se corresponde siempre con el vencedor de la elección general más próxima. Parece ser cierto, pues, que pueden seguirse los ciclos electorales en España a través de los resultados de Aragón.

El PSOE fue hegemónico en Aragón y en España durante el período de Felipe González. Se hundió en su fase terminal (1995) para dar paso a las dos victorias de Aznar en España. Recuperó la mayoría en 2003, preludiando las dos victorias de Zapatero (2004 y 2008). La perdió estrepitosamente en 2011, coincidiendo con la mayoría absoluta de Rajoy en ese mismo año y su victoria en 2015. El partido de Sánchez volvió a ganar en Aragón y en España en 2019. Y el PP de Feijóo recuperó la primera posición en ambas elecciones en 2023, con el sanchismo ya en su fase declinante, ahora agudizada.

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Hay más. A partir de 2015, las dos fuerzas del bipartidismo se fueron a porcentajes mucho más bajos por la irrupción de Podemos, Ciudadanos y, posteriormente, Vox. También en eso el voto autonómico aragonés fue especular respecto al nacional, como lo fue la fragmentación y progresivo decaimiento de las fuerzas regionalistas.

Con esa pauta histórica sostenida durante cuatro décadas, es verosímil que el resultado del 8-F sea un anticipo fiable de lo que pueda suceder en las próximas generales cuando Sánchez decida convocarlas, sea en el año 26 o, por el prurito de sostenerla y no enmendarla, a principios del 27.

No existe ningún elemento en la realidad española que permita prever un vuelco de la tendencia actual; al revés, lo realista es contemplar un aumento de la putrefacción política mientras Sánchez persista en mantener una legislatura intubada. Ni el panorama económico, ni el judicial, ni el parlamentario ni el internacional van a inyectar a este Gobierno desfalleciente el oxígeno que manifiestamente le falta para respirar (y qué decir -precisamente en estos días- del naufragio de los servicios públicos).

Según una media ponderada de encuestas elaborada por Redlines y publicada en The Objective, la situación a pocos días del inicio de la campaña sería esta:

Con la derecha (PP+Vox) sumando el 56% del voto estimado frente al 37% de la izquierda, fragmentada en cuatro candidaturas (PSOE, CHA, IU, Podemos). Con una tendencia ascendente para el PP y aún más para Vox desde que se convocaron las elecciones. Con el PSOE en caída libre (cinco puntos y cinco escaños menos que en 2023. Con la extrema izquierda por los suelos y, además, partida en tres (“pocos, pero bien sectarios”). Con una gestión aseada, un presidente autonómico reconocido por la población y una candidata sanchista vista como una cunera en su propia casa -lo primero que ha hecho al aterrizar es montar una degollina de lambanistas en su partido-, tiende a cero la probabilidad de que la tendencia se invierta en las dos semanas de la campaña que hoy empieza. Más bien parece posible que se intensifique.

Una de las peculiaridades socioelectorales de Aragón es que se trata de una región de tres provincias, en una de las cuales -Zaragoza- habita el 73% de la población. No obstante, como ocurre en nuestro sistema electoral desde 1977, los territorios más poblados están fuertemente castigados en términos de representación:

Si cada provincia eligiera el número de diputados proporcional a su población, corresponderían a Zaragoza 49 escaños, a 11 a Huesca y 7 a Teruel Este desfase -parecido al que se da en Cataluña entre Barcelona y las otras tres provincias- tiene efectos sustantivos, porque el perfil sociodemográfico de Zaragoza es completamente distinto al de Huesca y Teruel. Estas dos forman parte a todos los efectos de la España Vacía, mientras Zaragoza alberga un núcleo urbano de 700.000 habitantes, con necesidades y demandas que nada tienen que ver con los de dos provincias, con una densidad de población de 15 y 9 habitantes por kilómetro cuadrado.

Conviene recordar, también, que en las autonómicas de Aragón el porcentaje exigido para obtener escaños es el 3%, lo que facilita la entrada de partidos pequeños. En las Cortes recién disueltas había 8 formaciones políticas; en las que salgan del 8-F podrían quedar fuera Podemos y el PAR, la histórica fuerza regionalista que en el pasado llegó a ostentar la presidencia de la Comunidad.

Así pues, lo único sustancial que se dirime en esta votación es en qué condiciones gobernará el Partido Popular y hasta dónde llegará el hundimiento del PSOE con Alegría. En cuanto a lo primero, es absurdo medir el resultado del PP en función de si alcanza o no los 34 escaños de la mayoría absoluta. En Aragón nadie consiguió nunca mayoría absoluta, y nadie espera obtenerla en esta ocasión. Tras el 8-F, Jorge Azcón será el único presidente posible y negociará su investidura con Vox y/o, quizás, con Teruel Existe.

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En cuanto a la izquierda, su horizonte electoral es ominoso. El peor resultado histórico del PSOE en Aragón se dio en 2015, con el 21% del voto y 18 diputados. Pero no fue porque la derecha lo aplastara, sino porque un Podemos en plena efervescencia se quedó a 7.000 votos del sorpasso. De hecho, de aquel Parlamento salió el primer gobierno de Javier Lambán.

Entonces, la izquierda sumó el 51% de los votos y 35 diputados, compitiendo también en cuatro candidaturas. Una década más tarde, la media ponderada de encuestas reduce esa tarta al 37% y 22 diputados.

Lo sustancial es que no se trata de un fenómeno específicamente aragonés. En esta primavera asistiremos a cuatro actos electorales en territorios completamente distintos entre sí (dos feudos históricos del PSOE, uno del PP y uno de resultados variables) que ofrecerán resultados siameses: gran crecida de la derecha (sobre todo, de Vox), desplome de la izquierda, gobiernos del PP y el partido de Sánchez luchando no por alcanzar la primera posición frente al PP, sino por conservar la segunda frente a Vox.

Salvo las nacionalidades históricas que poseen un sistema de partidos propio por el peso de las formaciones nacionalistas, todos los demás territorios de España se han convertido en Ohio al unísono. Si ya no hay diferencias sustanciales entre el voto de Andalucía y el de Castilla y León (es decir, si Andalucía y Extremadura votan igual que Castilla y León), el veredicto final está tan escrito como una sentencia del Tribunal Constitucional dirigido por Cándido Conde-Pumpido.

Como ha recordado José Antonio Zarzalejos, en 2015 el equipo de expertos Piedras de Papel publicó un libro de análisis electoral titulado Aragón es nuestro Ohio: así votan los españoles. El intento era audaz, puesto que precisamente en ese período el mapa electoral de España sufría un revolcón aparentemente llamado a transformarlo por completo, con el hundimiento de las dos grandes fuerzas del bipartidismismo y la aparición fulgurante de los partidos de la llamada “nueva política”, Podemos y Ciudadanos. Luego se vio que era más el ruido que las nueces: la única fuerza nueva que se ha estabilizado es Vox, que en 2015 era invisible.

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