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El mundo de ayer no está muerto todavía
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Mariano Vergara

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El mundo de ayer no está muerto todavía

El toreo, malentendido como espectáculo, es en su raíz una liturgia. No es una fiesta banal, sino un rito donde el hombre se mide con lo irreductible. Así durante tres mil años. El toro no es solo fuerza, es noche con músculos, relámpago contenido

Foto: Corrida de toros en Sevilla, el pasado domingo de Resurrección (Joaquín Corchero/ Europa Press)
Corrida de toros en Sevilla, el pasado domingo de Resurrección (Joaquín Corchero/ Europa Press)
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Hay algo profundamente subversivo en todo aquello que parece antiguo. Como si el tiempo –ese viejo escultor de sombras–, al depositar su pátina sobre ciertas realidades, las volviera invisibles para la mirada contemporánea y por tanto, peligrosas. Muy peligrosas. Los toros, la religión, la historia, la patria y el arte mismo pertenecen a esa estirpe de brasas que parecen cenizas, pero están vivas, arden.

Porque el arte –todo arte verdadero– es también una forma de riesgo, como diría Scruton. El pintor frente al lienzo, el torero frente al toro, el escritor ante la página en blanco… tres figuras diferentes para un mismo vértigo. El pincel, el cuerpo y la pluma son instrumentos representativos de una misma intemperie. En los tres casos hay algo que se expone, algo que puede fracasar, algo que se juega sin red. El pintor arranca luz de la oscuridad. El torero mide un pulso con la muerte. El escritor intenta decir lo indecible.

El toreo, malentendido como espectáculo, es en su raíz una liturgia. No es una fiesta banal, sino un rito donde el hombre se mide con lo irreductible. Así durante tres mil años. El toro no es solo fuerza, es noche con músculos, relámpago contenido, destino que embiste. Y el torero, al plantarse ante él, con la sola defensa de su inteligencia, no solo ejecuta movimientos armónicos, sino que escribe con su cuerpo ante la fiera una oración sin palabras. Cada pase es una sílaba, cada silencio un latido suspendido. Como el pintor que duda ante el trazo definitivo, como el escritor que teme no encontrar la palabra exacta, el torero habita ese instante en el que todo puede quebrarse o revelarse.

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Pero hay algo más en el ruedo –como en el gran arte–: la muerte no se esconde. Tiene nombre, peso, respiración. Cruza la arena como una verdad sin metáfora. Por eso, cuando uno abraza a un torero y le desea suerte, el estremecimiento de la duda de volver a verlo se produce. Y posiblemente no haya una forma más auténtica de demostrar la profundidad de la amistad que recibir el brindis de un torero, que no hace otra cosa con ello que decirte: “Te ofrezco lo más grande que tengo, lo efímero de mi arte, mientras me juego la vida, porque te quiero”.

También el pintor conoce la verdad sin metáfora en la fugacidad de la luz que se difumina, en el rostro que envejece mientras intenta atraparlo. O el escritor en cada palabra que no alcanza o en cada silencio que se impone al releer lo escrito y comprobar que aquello no encaja.

Hoy la muerte es un tabú, ha sido expulsada de la vida cotidiana, se disimula, se maquilla, se oculta. Salvo que sirva para utilizarla como un triunfo ideológico. Y habría que preguntar, como San Pablo, “muerte, ¿dónde está tu victoria?”. Morimos sin ver morir, como si el olvido fuese una forma de victoria. Y sin embargo, al negarla nos empobrecemos, porque la vida, como el arte, solo adquiere medida frente al límite. “Porque la muerte no se puede improvisar”, parece susurrar García Lorca, cuya obra entera late bajo esa conciencia trágica, bajo ese duende que brota cuando la sangre sabe que fluye irrefrenablemente, y es ese duende el que hermana al torero con el artista, una fuerza telúrica y oscura que no admite imposturas. Lorca conocía la exactitud de la muerte, por eso escribió aquella terrible sentencia: “La muerte puso huevos en tu herida a las cinco de la tarde”. Ni un minuto antes, ni después, a la hora fijada desde el comienzo de la eternidad.

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Y al final de todo, la religión que ha sido reducida tantas veces de catecismo a ornamento moral. Aunque en su hondura sea una insurrección contra el vacío. Decía Wittgenstein al leer la Biblia: “Como el insecto revolotea en torno a la luz, así lo hago yo en torno al Nuevo Testamento”. Piensa en él mismo y en Dios como dos animales salvajes enjaulados juntos, dispuestos a saltar el uno contra el otro, que en cualquier momento pueden atacarte, pero “me gustaría pelear con Dios porque solo Él podría aclararme las cosas”. Creer es afirmar, contra toda evidencia inmediata, que el mundo no termina en lo que se toca. Es encender una lámpara en mitad de la noche. Como escribió ese incomprendido y grandísimo Ratzinger: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por encuentro con un acontecimiento, con una Persona”. Y ese encuentro, como el arte verdadero, transforma la mirada, no explica, ilumina, no reduce, abre.

La historia es un lienzo inmenso donde otros pintaron antes que nosotros con colores de vida y muerte. Cada generación añade su trazo a veces luminoso, a veces sombrío. Olvidarla es borrar capas, perder profundidad. Recordarla es aceptar que somos continuidad, eco , herencia. ”Amarga es hoy la paz que el rencor de ayer aquieta” escribió William Shakespeare. Los cobardes mueren muchas veces, los valientes solo una mirando de frente al rostro lívido de la muerte. Y ahí resuenan tanto el valor de un torero como la honestidad de un artista que se arriesga a decir la verdad.

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Y el patriotismo, tan despreciado, ultrajado, escarnecido, término desgastado y sospechoso, aunque en su forma más noble sea también una forma de arte colectivo. No excluye, nombra. No grita, construye. Amar una tierra es aprender su luz, su pulso, su voz. Es amar a la tierra de los padres, es reconocerse en una tradición que no es cárcel, sino cauce. “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, que bramó Churchill tras ganar la Guerra Mundial, recordándonos que toda comunidad se sostiene sobre sacrificios que no siempre vemos, como la arena ya pisada de una plaza, como los borradores de un libro, como las invisibles capas de un cuadro.

Lo revolucionario no siempre consiste en destruir, a veces consiste en sostener, en pintar cuando todo invita al borrado, en escribir en medio del ruido, en jugarse el cuerpo cuando todo invita a la distancia. En habitar el tiempo con gravedad, sabiendo que todo es fugaz y efímero y, precisamente por eso, digno de ser creado.

Es Sábado Santo. Hay en el aire de la Malagueta un indescifrable olor a muerte. Escribo con palabras que muchos consideran blasfemias, mientras para otros son reliquias sagradas del iconostasio. No ha sido una buena tarde con toros descastados, mansos y desraizados. Fuera, en la calle, un grupo antitaurino grita atrocidades con caras de odio. No se puede amar a un animal con gestos de ira. Mientras los toreros cruzan la plaza en silencio con la cabeza baja, un chiquillo llega corriendo y abraza a Juan Ortega. Hay esperanza.

Hay algo profundamente subversivo en todo aquello que parece antiguo. Como si el tiempo –ese viejo escultor de sombras–, al depositar su pátina sobre ciertas realidades, las volviera invisibles para la mirada contemporánea y por tanto, peligrosas. Muy peligrosas. Los toros, la religión, la historia, la patria y el arte mismo pertenecen a esa estirpe de brasas que parecen cenizas, pero están vivas, arden.

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