El sector olivarero avisa: España pierde su liderazgo mundial por la mala política hídrica
Las cooperativas alertan del descenso de la producción nacional por la falta de agua mientras crece la competencia de países como Marruecos y el bloque Mercosur
España sigue siendo el primer productor mundial de aceite de oliva, pero ya no avanza con la misma inercia. Ni con la misma seguridad. Las cooperativas olivareras han puesto este jueves cifras y argumentos sobre la mesa para lanzar un aviso que trasciende una campaña concreta: el liderazgo mundial del aceite español comienza a erosionarse por la combinación de una política hídrica insuficiente, una pérdida progresiva de competitividad frente a terceros países y un marco institucional que, a su juicio, no acompaña al sector.
El aceite de oliva, producto emblemático nacional desde hace milenios, ha vivido en este siglo "la mayor transformación de su historia". La expansión del olivar en seto, con variedades que permiten entrar en producción en apenas dos años y una recolección altamente mecanizada, junto al desarrollo del regadío e inversiones privadas millonarias, alimentó durante años la expectativa de una etapa dorada capaz de llevar al sector por encima de los dos millones de toneladas de aceite.
Ese horizonte, sin embargo, se ha ido desdibujando. La sequía prolongada y una política hídrica que el sector considera insuficiente han frenado ese impulso, al tiempo que se acumulan factores externos que añaden presión: la pérdida de peso del mercado estadounidense por la política arancelaria, la entrada en escena de nuevos competidores como Marruecos o los países del Mercosur y el recorte previsto de la PAC a partir de 2028.
Así lo expusieron los responsables de Cooperativas Agro-alimentarias, organización que aglutina más del 65% del aceite nacional y un volumen de negocio cercano a los 4.000 millones de euros. La comparecencia estuvo encabezada por el director general de la federación, Jaime Martínez-Conradi, junto a los presidentes sectoriales Gabriel Cabello (aceituna de mesa), Rafael Sánchez de Puerta (aceite de oliva nacional) y Cristóbal Gallego (aceite de oliva regional).
El olivar andaluz, columna vertebral del sector, suma más de 1,6 millones de hectáreas y concentra la mayor parte de la producción nacional. Sin embargo, el 70% de esa superficie sigue siendo tradicional y de secano, cada vez menos viable, lo que convierte cada campaña en un ejercicio de incertidumbre. La última cosecha se situó en torno a 1,15 millones de toneladas de aceite, una cifra aceptable en términos históricos, pero alejada de las previsiones que durante años apuntaban a un suelo estable por encima del millón y medio.
Para las cooperativas, el problema ha dejado de ser coyuntural. Es estructural. Las lluvias alivian campañas concretas, pero no corrigen el fondo del desequilibrio. Sin una política hidráulica ambiciosa, con infraestructuras, trasvases, desalación, balsas, pozos y un sistema de concesiones más ágil, el olivar español seguirá perdiendo capacidad productiva frente a países que sí están asegurando el recurso.
Mientras España debate, otros avanzan. Marruecos y Túnez han incrementado superficie y producción con costes más bajos, marcos regulatorios más flexibles y apoyo financiero internacional para infraestructuras hídricas. A medio plazo, el Mercosur aparece como un nuevo competidor potencial si se consolidan los acuerdos comerciales con la Unión Europea. El sector teme que estos países puedan producir aceite en los próximos años a un coste sensiblemente inferior al español.
El agua sigue siendo la pieza central del tablero. No solo por la falta de inversiones en grandes infraestructuras, sino también por una gestión administrativa que, en muchos casos, convierte una concesión de riego en un proceso que se prolonga durante años. Para un sector que planifica hoy para producir dentro de una década, esa lentitud tiene un impacto directo en toneladas, empleo y rentabilidad.
En el caso de la aceituna de mesa, el sector reconoce que se ha perdido más del 70% del mercado estadounidense como consecuencia del conflicto arancelario. Las cooperativas plantean la necesidad de abrir nuevos destinos, especialmente en Asia, pero advierten de que ese giro exige un mayor respaldo institucional en promoción exterior, que consideran claramente insuficiente para un mercado de más de mil millones de consumidores.
El efecto social es inmediato. Solo en Andalucía, el olivar genera cada campaña más de 22 millones de jornales entre aceite y aceituna de mesa. Cada ajuste productivo se traduce en menos días de trabajo, menos renta en los municipios y mayores dificultades para garantizar el relevo generacional.
Las cooperativas advierten de que el riesgo no es perder de forma abrupta el liderazgo mundial, sino verlo diluirse de manera progresiva mientras otros países consolidan posiciones. Un proceso silencioso que, una vez avanzado, resulta difícilmente reversible.
España sigue siendo el primer productor mundial de aceite de oliva, pero ya no avanza con la misma inercia. Ni con la misma seguridad. Las cooperativas olivareras han puesto este jueves cifras y argumentos sobre la mesa para lanzar un aviso que trasciende una campaña concreta: el liderazgo mundial del aceite español comienza a erosionarse por la combinación de una política hídrica insuficiente, una pérdida progresiva de competitividad frente a terceros países y un marco institucional que, a su juicio, no acompaña al sector.