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El palacio del siglo XVIII que se ha convertido en símbolo de las luchas sociales en Sevilla
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URBANISMO

El palacio del siglo XVIII que se ha convertido en símbolo de las luchas sociales en Sevilla

Un movimiento ciudadano con eco internacional creado para luchar contra la especulación gana una de sus batallas contra las administraciones. El Ayuntamiento invertirá ocho millones para rehabilitar esta casa del siglo XVIII

Foto: Fachada de la Casa Grande del Pumarejo, símbolo sevillano contra la gentrificación. (Casa Grande del Pumarejo)
Fachada de la Casa Grande del Pumarejo, símbolo sevillano contra la gentrificación. (Casa Grande del Pumarejo)

Felisa García roza los noventa años y representa como nadie a la resistencia social que ha convertido el Palacio del Pumarejo, la casa de vecinos que alberga este majestuoso edificio del siglo XVIII, en todo un icono de lucha contra la gentrificación y la especulación inmobiliaria en Sevilla. Ella fue una de los inquilinas que hace dos décadas, en el año 2000, se plantaron cuando supieron que una cadena hotelera había comprado la mitad del edificio para levantar un hotel con encanto y se negaron a abandonar el que había llegado a ser el hogar de hasta sesenta familias a partir de los años 30. Frente a los métodos conocidos como de asustaviejas, se hicieron fuertes con la ayuda de un movimiento vecinal que se constituyó en plataforma para evitar lo que había empezado a ocurrir en otros barrios del centro de la capital hispalense: el desalojo de la vecindad fruto de un proceso alimentado por un plan de rehabilitación bendecido con fondos europeos, el Plan Urban.

Hoy Felisa García necesita una cama ortopédica, según comentan sus vecinos en las redes sociales de la comunidad Casa Grande del Pumarejo, asociación que es fruto de dos décadas de lucha en la que este palacio se ha convertido en un referente dentro y fuera de España, pero sigue en su casa, donde sólo reside una inquilina más. Otros miembros de este colectivo han muerto, como el recordado arquitecto Ventura Galera. Pero el compromiso colectivo ha conseguido que todos ganen una nueva batalla, pues no sólo han peleado contra las injusticias sociales, sino también contra las administraciones que han hecho oídos sordos de sus quejas cuando alertaban del deterioro insostenible de un patrimonio de Sevilla apuntalado y en peligro de derrumbe. Y el Ayuntamiento acaba de aprobar el proyecto técnico de rehabilitación de esta casa palacio, tras décadas de lucha y años de espera: la inversión ronda los ocho millones de euros y devolverá al edificio su brillo y las condiciones para ser habitado por sus antiguos inquilinos y también por los colectivos que han convertido el inmueble en un icono social donde también encuentran refugio personas sin recursos, inmigrantes y mujeres maltratadas.

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“El objetivo último es devolver a esta edificación unas condiciones adecuadas de conservación al tiempo que garantizar unos niveles de habitabilidad apropiados para los residentes que aún quedan en la misma”, explica el delegado de Hábitat Urbano y Cohesión Social, Juan Manuel Flores, recordando que se trata de un edificio del siglo XVIII declarado Bien de Interés Cultural (BIC). La casa fue construida en 1773 por orden de Pedro de Pumarejo, un indiano que llegó a Sevilla y compró unos terrenos para hacer su residencia señorial. Para ello, haciendo ostentación de su poderío económico, derribó incluso casas creando una plaza delante del palacio que hoy lleva su nombre. Pero luego se deshizo de ella y a principios del siglo XIX se convirtió en un hospicio y escuela de Niños Toribios, una obra benéfica. Durante la Guerra de la Independencia fue ocupado por las tropas francesas que hicieron en ella una cárcel para mujeres. Tras años de abandono en 1861 una entidad privada solicitó permiso para hacer una biblioteca y escuela de adultos y a partir de 1883 empezó también a funcionar como casa de vecindad, según el relato histórico documentado por David Gómez y María Barrero, vinculados al colectivo que ocupa actualmente la casa. Ya en esa fecha el Palacio del Pumarejo era una casa de barrio, un centro social y de servicios hasta que en los años 70 comenzó su declive y degradación por el abandono y el envejecimiento de los inquilinos.

La lucha por revitalizar el Pumarejo se intensifica en 2004, con la apertura de un centro vecinal y desde entonces no ha parado de crecer en un edificio apuntalado arquitectónicamente y por muchos ciudadanos que han mostrado su apoyo a esta causa. Los muros de esta casa guardan muchas historias, mucha vida que siguen potenciando sus gestores, que estos miércoles de verano organizan a sus puertas partidas de ajedrez y noches de convivencia “para continuar ocupando el espacio que la bartrificación’ nos quiere quitar”, comentan los actuales inquilinos del palacio en referencia a la proliferación de establecimientos hoteleros y veladores que invaden determinadas zonas de la ciudad.

placeholder En el palacio se hacen multitud de actividades. (Casa Grande del Pumarejo)
En el palacio se hacen multitud de actividades. (Casa Grande del Pumarejo)

La lucha no ha terminado en el Pumarejo, gran fortín de activistas sociales. Al margen de los inquilinos que residen en el inmueble, un total de 17 colectivos tienen su sede en la Gran Casa, como se denomina. Desde una asociación de trabajadores del hogar, a grupos de teatro, un coro feminista, una asociación local de derechos sociales, una plataforma de afectados por la hipoteca, otra ecologista para salvar los árboles de Sevilla o talleres de costura, italiano y yoga. Una unión que ha ido tejiendo compromisos compartidos y creando un ecosistema en continuo movimiento que ha propiciado incluso el nacimiento de una moneda social, el puma, un sistema de intercambio local por puntos que funciona desde 2012 en este barrio al norte del que es uno de los mayores cascos históricos de Europa.

En los orígenes de este movimiento, en el Palacio del Pumarejo residían 12 inquilinos y 10 comerciantes. La movilización hizo posible que el inmueble fuese declarado monumento, pues la casa fue inscrita en 2003 en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía y se convirtió en BIC a través de una declaración que establece la protección tanto de lo arquitectónico como de su valor etnológico, por lo que se evitaba así su privatización. De hecho, desde 2009, este palacio consta como equipamiento público tras ser adquirido por el Ayuntamiento de Sevilla, que en 2011 firmó un convenio con la asociación que lo defendía para que lo pudiera gestionar por 15 años. “En 2012 se hicieron algunas obras y, argumentando motivos de seguridad, el 60% del inmueble quedó clausurado y tres viviendas fueron desalojadas; la dilación del proceso de rehabilitación es tal que no sabemos cuántos quedarán cuando terminen las obras en unos años”, explica David Gómez, miembro del colectivo, que confía en que el proyecto de rehabilitación final contemple algunas de sus sugerencias, como que hubiera variedad de viviendas en el palacio, esto es, que no fuesen unipersonales pues la intención es conservar los valores y modelos de convivencia que se defienden desde la plataforma vecinal que apoya la iniciativa del Pumarejo. En total, los trabajos habilitarán una veintena de hogares.

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Hoy es un referente relacionado con otras iniciativas como el espacio Can Batlló de Barcelona, la Casa Invisible de Málaga o el Centre Internacional de Culture Populaire de París. Y que se ha mantenido en pie gracias a intervenciones sufragadas a través de campañas de microfinanciación por dicha asociación que hasta 2015 no había logrado entenderse con ninguno de los gobiernos municipales. El alcalde socialista Juan Espadas se comprometió hace siete años a abordar la rehabilitación completa del inmueble, alimentando también la desesperanza de quienes, pese a los olvidos, han seguido habitando en el inmueble donde Felisa García ha criado a sus seis hijos. Después de varios traspiés, hasta ahora no se ha aprobado el proyecto técnico para salvar lo que para muchos sevillanos es “su lugar en el mundo”. Este movimiento social espera que se cumpla una de las tres “eres” que conforman sus objetivos: tras la recuperación y la revitalización, la rehabilitación del Pumarejo.

Felisa García roza los noventa años y representa como nadie a la resistencia social que ha convertido el Palacio del Pumarejo, la casa de vecinos que alberga este majestuoso edificio del siglo XVIII, en todo un icono de lucha contra la gentrificación y la especulación inmobiliaria en Sevilla. Ella fue una de los inquilinas que hace dos décadas, en el año 2000, se plantaron cuando supieron que una cadena hotelera había comprado la mitad del edificio para levantar un hotel con encanto y se negaron a abandonar el que había llegado a ser el hogar de hasta sesenta familias a partir de los años 30. Frente a los métodos conocidos como de asustaviejas, se hicieron fuertes con la ayuda de un movimiento vecinal que se constituyó en plataforma para evitar lo que había empezado a ocurrir en otros barrios del centro de la capital hispalense: el desalojo de la vecindad fruto de un proceso alimentado por un plan de rehabilitación bendecido con fondos europeos, el Plan Urban.

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