"SI NO FUERA POR LA AYUDA DE LA CRUZ ROJA..."

La cara amarga de la crisis: la vida de Jesús y Coral sin trabajo, sin dinero y con hambre

Okupas en un barrio humilde de Málaga, el hombre se quedó sin la ayuda familiar poco antes del confinamiento. Su mujer está en paro. Tienen un hijo de siete y otro de un año

Foto: Coral, Yeray, Thiago y Jesús, el pasado jueves al mediodía, junto al portal de su casa del barrio de la Cruz Verde de Málaga. (Remitida)
Coral, Yeray, Thiago y Jesús, el pasado jueves al mediodía, junto al portal de su casa del barrio de la Cruz Verde de Málaga. (Remitida)

"¿Qué hago así? Los niños quieren salir… ¿dónde los saco para que no les pase nada? Me da miedo la calle y desde que ha empezado la pandemia a mi casa no ha venido nadie". Jesús Campos tiene 31 años. Coral Rodríguez, su mujer, tiene 28 años. Viven en una casa okupada, no tienen trabajo, ni dinero y pasan hambre. Si no fuera por la Cruz Roja no tendrían nada, absolutamente nada, para comer cada día.

La pareja tiene dos hijos. Thiago, de siete años, es el mayor y se llama así por el exjugador del FC Barcelona. Yeray apenas tiene un año y medio. La casa en la que viven, en el humilde barrio de la Cruz Verde de Málaga, necesita una reforma en baño y cocina. Los azulejos se caen. Es un bajo con dos habitaciones. Antes vivían con la madre de Jesús en La Corta, al norte de la ciudad. Otro barrio humilde, "chungo" que diría un 'malaguita'. A la madre de Jesús le pagan lo mínimo como limpiadora: cobra 500 euros "y echa más horas que un reloj".

A Coral la llamaron hace dos meses para trabajar en el servicio de limpieza del Palacio de Ferias y Congresos de Málaga después de hacer un curso de formación. Estuvo un mes trabajando, a media jornada, pero llegó la pandemia y le dijeron: "Vete a tu casa. Tranquila, que te vamos a pagar el mes que te queda".

"¿El Ingreso Mínimo Vital? Yo prefiero que no me den ninguna paga y trabajar, la verdad. Yo no quiero vivir del Gobierno"

Tras 21 meses, Jesús dejó de cobrar en febrero los 400 euros de ayuda familiar. Entre esta cantidad y los 400 euros de su mujer, 'tiraban'. Les daba para comer y los niños, pero ahora tienen 0 ingresos. "Menos mal que me han ayudado en la Cruz Roja. Si no fuera por ellos… me trajeron productos frescos del mercado central y una tarjeta de 200 euros para comprar en el supermercado Maskom y de ahí estoy comiendo, porque si no…".

"¿El Ingreso Mínimo Vital? Yo prefiero que no me den ninguna paga y trabajar, la verdad. Yo no quiero vivir del Gobierno".

Su madre tiene 54 años. Su padre tendría ahora 51. Murió con 33. El miércoles por la tarde fue a La Corta con sus dos niños. Tardó una hora en llegar andando a casa de su madre empujando el carrito del pequeño. “Ha sido una 'reventaera' para el brazo". Ella sufría uno de sus episódicos ataques de epilepsia y estuvo toda la tarde esperando a que se calmara.

Jesús y Coral, con sus hijos, entrando en el portal de su casa del barrio de la Cruz Verde. (Cedida)
Jesús y Coral, con sus hijos, entrando en el portal de su casa del barrio de la Cruz Verde. (Cedida)

Su último trabajo fue en la obra. Estuve dos días de peón. Eso fue en septiembre de 2019 y después, lo dicho, lo repite de modo continuo en la conversación: nada de nada. Antes del estado de alarma buscaba chatarra en una furgoneta que conducía por los barrios. Encontraba una lavadora, una nevera o un termo que vendían a un chatarrero, al desguace de Pepe Ríos en Los Asperones, uno de los barrios con más problemas sociales de la ciudad, donde él vivió hasta los siete años. Podía sacar en limpio 15 o 20 euros diarios. "Al menos era algo que traía a casa".

"El Gobierno nos ha dejado atrás"

Pero desde que el virus azotó la vida de tantos españoles, solo ha salido para atender a su madre. Tampoco tiene dinero para comprar mascarillas. "Es muy fácil poner una prohibición y los que no tengamos nada… ¿a dónde vamos? El Gobierno dice que no va a dejar a nadie atrás, pero a nosotros nos han dejado atrás. Eso está muy claro".

Jesús acabó sus estudios de ESO en el Instituto Rosaleda, frente al estadio del Málaga CF. Le encanta el fútbol. "Pero si no hay dinero, pues no se puede". Antes de buscar chatarra tuvo variados trabajos: como operario de limpieza, repartidor o chófer. "A mí me gustaría trabajar en lo que sea, pero yo no me puedo poner exquisito. La cosa es que yo no puedo estar sin trabajo". El permiso de circulación B1 se lo sacó en 2009 con la ayuda de Cáritas. Quería tener el de camión, pero valía muy caro. "Ese ya no me lo podían pagar. Era entendible".

"Nos hemos quedado atados de manos y de piernas. A mí me da igual no comer, pero ¿cómo no le voy a dar de comer a mis niños?"

"Nos hemos quedado atados de manos y de piernas. A mí me da igual no comer, pero ¿cómo no le voy a dar de comer a mis niños? El pequeño necesita pañales, toallitas de bebé y su comida. Y el otro también come. ¿Qué hacemos?". Y tiene a sus suegros (Francisco, 54 años; y Montserrat, 48) desempleados desde 2008. Francisco consiguió hace poco un "trabajillo" de tres meses. Le llamaron de una empresa municipal para que se encargara del mantenimiento de las duchas de las playas. Francisco está cobrando 430 euros hasta que le llegue la edad de la jubilación. "Ellos están casi peor que nosotros porque tienen que pagar la luz y el agua de su vivienda".

Nada de nada

Jesús no se siente cómodo como okupa. Hace tres años el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, visitó su barrio y él lo paró a ver si le podía ayudar. Tomó nota. Era viernes y el lunes siguiente un funcionario ya estaba llamándole para interesarse por su situación. Y hasta hoy. Nada. Otra vez nada de nada. Ni una noticia. Ni le han contestado al escrito en el que pidió quedarse con la casa.

El dueño del piso (una planta baja, con rejas) se llamaba José Méndez y tenía 60 años. Era uno de esos vecinos de superconfianza, como un segundo padre para Coral. Ellos tienen hasta el contrato de la vivienda de José. Quieren que se pueda legalizar la casa y que nadie piense que son okupas. La suegra de Jesús le bajaba un platito de comida caliente y tan contento el hombre. También se quejaba por todo. Si había un ruido fuera de lo común, salía a la ventana y pedía que se callaran ya, pero con los padres de Coral, se sentía a gusto, arropado. "Son casas hechas para nosotros, los pobres. Lo que queremos es que se legalice ya la casa y que el alcalde cumpla lo que prometió", cuenta Montserrat a este periódico.

"¿Por qué no se cumple lo que dice la Constitución de que todo el mundo tiene derecho a vivienda digna?, lamenta"

Jesús, que no quiere fotografías (solo las acepta de espaldas), ni entrevista personal (por temor al contagio) ha sufrido varios intentos de desahucio: el último fue en 2017 y desde 2012 pide quedarse en la casa donde vive con su familia o que le puedan dar facilidades para otra. Sabe que cualquier día se topará con la resolución judicial definitiva de que se tiene que ir de la vivienda. "Es muy angustioso estar pendiente lo que diga un juez. ¿Por qué no se cumple lo que dice la Constitución de que todo el mundo tiene derecho a vivienda digna?", lamenta.

Tiene un "cochecillo" que lleva parado desde la pandemia. Ni un euro para gasolina. Es un Citröen C-4 que compró hace dos años con 153.000 kilómetros. Ahora solo tiene 7.000 kilómetros más. "A ver si lo puedo vender por 3.000. De pintura está fatal, pero sí me dan 2.000 euros nos vendría ya te puedes imaginar cómo".

Y en su casa carece de Internet. Tampoco su móvil, que es de tarjeta. El niño ha hecho los deberes del colegio a través del aula virtual gracias al teléfono de su suegra que sí tiene conexión a la Red. No saben qué harán en septiembre, cuando vuelva el curso escolar. No tienen dinero para pagar el uniforme del centro concertado (el Andalucía, en la zona de Capuchinos) donde estudia Thiago. Antes estaba en un colegio público, "pero no avanzaba nada". "Yo quiero que aprenda y aquí los maestros están encima. Ahora va muy bien en los estudios".

"Esto es un drama como para hacer una película… la cosa se está complicando. Y con la que está cayendo, ¿me puedo distraer con algo? Los niños quieren salir a la calle y dónde los saco que no les pase nada. Me da miedo salir y desde que ha empezado la pandemia a mi casa no ha venido nadie".

"Si al menos pudiera salir a buscar chatarra… pero no se puede con todas las restricciones [del estado de alarma] que hay"

Coral es más positiva y piensa que ya surgirá un trabajo más adelante. Jesús lo ve más lejano. La necesidad, la urgencia, el no poder esperar más. "A mí me puede salir ya algo pero hasta que no pase un mes yo no cobro. ¿Y ese mes qué hago? No es tan fácil. Si al menos pudiera salir a buscar chatarra… pero no se puede con todas las restricciones que hay".

Jesús, como Coral, como su madre, como quien vive en Navarra o en Sudáfrica, no podía imaginar que le llegara a tocar vivir algo así. Lo veía algo lejano, no, imposible. Lo que solo aparecía en las películas. "La realidad es muy diferente cuando lo vives en primera persona".

"¿Quién me va a ayudar?"

A él le ayuda su religiosidad. El culto evangélico le aporta serenidad y tranquilidad. "Dios siempre saca la manera de ayudarte. Me quedo con que nadie de mi familia ha enfermado, que todos estamos sanos. Eso es muy bueno dentro de lo malo. En la familia de mi mujer un hombre con 53 años ha muerto por el coronavirus". No entiende, no acierta a comprender, las razones de la falta de conocimiento de lo que ha ocurrido desde el 14 de marzo y antes. "No nos han informado de verdad", dice.

¿El futuro? Lo ve muy negro. "Como no encuentre un trabajo pronto no sé qué voy a hacer. Cruz Roja me han ayudado dos veces con alimentos, pero toda la vida no me van a ayudar, habrá más gente que pida". Son cuatro hermanos. Y los cuatro están parados. "No te cuento más. Si sigo, me deprimo".

"La situación es muy complicada. ¿Quién me va a ayudar?", se pregunta. Son las diez de la noche. Su madre está mejor del episodio epiléptico. Thiago está loco por ver algún capítulo de 'Bob Esponja' o 'Dragon Ball'. Yeray ya a estas horas tendría que estar dormido. Los niños se levantan a las siete de la mañana. Les queda una hora andando hasta su casa. Cenarán salchichas y huevo. Y, como cada día, Jesús abrirá con miedo el buzón por si llega la carta del juzgado.

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