financiado por la junta de andalucía

El campamento para transexuales pagado por la Junta de Andalucía que enerva a Vox

Cuarenta y siete jóvenes trans disfrutan de cuatro días en la Sierra de Cazorla y allí comparten historias de discriminación y aprenden a usar herramientas para combatirla

Carlos es un joven andaluz de 24 años que prepara su maleta para irse de campamento. Será el tercero de su vida, y espera que sea distinto; de los dos anteriores no guarda un grato recuerdo. Solo recuerda las habituales burlas, los insultos, las agresiones y un largo etcétera de ataques que hicieron que las buenas experiencias de esos días de convivencia estival quedasen emborronadas por el acoso. Pero esta vez será diferente. Es diferente. Sus nuevos compañeros de campamento son trans, el motivo por el que de niño se mofaban de él.

"Que si por qué me vestía como un niño, que si me decían machorra, que por qué quería que me llamasen Cristian, que qué tenía entre las piernas, que si un golpe... Lo pasé mal, muy mal", relata Carlos, uno de los 47 jóvenes que asisten al campamento trans organizado en la Sierra de Cazorla, Jaén, por la Asociación de Transexuales de Andalucía Sylvia Rivera (ATA) y la colaboración del Instituto Andaluz de la Juventud (IAJ), dirigido por David Morales, de Ciudadanos.

Nadie en la familia de Carlos se sobresaltó al oír de su propia boca su condición de chico trans. "Lo sabían desde que yo era pequeño", asegura el joven, siempre sonriente. "Me afeitaba como mi padre, hacía pipí de pie... y a los niños del parque les decía que me llamasen Cristian, un nombre muy parecido a mi 'dead name' —el que le pusieron sus padres al nacer—, pero he olvidado muchos de esos recuerdos porque he sufrido tanto que mi mente los ha borrado", relata el sevillano, de San Juan de Aznalfarache, un pueblo del área metropolitana de la capital.

Carlos Ávila irá por tercera vez a un campamento, pero esta vez será diferente. Foto: Fernando Ruso
Carlos Ávila irá por tercera vez a un campamento, pero esta vez será diferente. Foto: Fernando Ruso

Hasta Cazorla han ido jóvenes de todas las provincias andaluzas. Y no solo personas trans, también aquellas sensibilizadas con el colectivo y que buscan profundizar con detenimiento en las cuestiones que les afectan. "De niño, ellas jugaban con ellas y ellos con ellos —recuerda Carlos—; para las niñas, yo era muy masculino, y para los niños era débil; así que pasaba mucho tiempo solo". Hoy no lo está.

"Aquí nadie te pregunta qué tienes entre las piernas, es un espacio seguro en el que podemos ser quienes somos sin miedos, porque nadie aquí duda de nuestra identidad", advierte el veinteañero. "Es un espacio seguro y ese es el principal valor de este campamento", apunta.

Hoy, el primer día completo para estos jóvenes en la Sierra de Cazorla, recorren juntos las calles de Cazorla. El cielo amenaza agua. Por el camino van comentando cuestiones personales, como la transición por la que muchos están inmersos. En la charla de la tarde, uno de los jóvenes puntualiza: "No me siento trans, soy trans; me siento triste o feliz, pero soy trans, porque no es un estado de ánimo, lo soy; yo soy un hombre trans con mi coño trans", defiende Christian.

"Este es un espacio seguro"

Pese a la lluvia que cae tímidamente sobre Cazorla, varios jóvenes se lanzan decididos a la piscina. "El verano, por la playa y la piscina, es una mala época para las personas trans, porque te obliga a mostrarte con menos ropa —reconoce Cristina, una de las monitoras—; y lo suelen pasar peor los chicos, por los pechos, pero este es un espacio seguro". Y los miedos son menos, por eso los chicos lucen sin complejos las cicatrices de sus mastectomías y las chicas se bañan en bikini.

Carlos y Laura tras un baño en la piscina. Foto: Fernando Ruso
Carlos y Laura tras un baño en la piscina. Foto: Fernando Ruso

En las charlas de pasillo, en las habitaciones, tienen protagonismo las hormonas, los bloqueadores y cómo han generado, más allá de la transformación física, un cambio en sus vidas. "Antes quería dejar de existir, ahora estoy viviendo los mejores años de mi vida", acierta a explicar Carlos, que ha vencido la timidez conforme se ha ido consolidando la transición.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) incluye a las personas trans entre los colectivos en peligro por la alta tasa de suicidios. En España, los casos del joven Ekai, en Ondarroa (Bizkaia) y, años atrás, de Alan, en Rubí (Barcelona), desataron la indignación no solo del colectivo trans. “Y por eso son necesarias este tipo de actividades, para compartir entre iguales cuáles han sido los obstáculos comunes y cómo otros, desde su experiencia al haberlos superado, pueden ayudar al resto”, reivindica la presidenta de ATA, Mar Cambrollé.

"El suicido no es una cuestión intrínseca a la transexualidad", advierte Cambrollé. "Ser trans no implica un estado de ánimo —sigue—, es el rechazo social y cultural lo que hace elevar de forma estrepitosa los índices de intento de suicidio en la población trans, un colectivo oprimido y tratado de forma desigual".

Vox, epicentro de una ola transfóbica

Las redes sociales han dado en las últimas semanas ejemplo del odio dirigido hacia el colectivo trans a raíz de las críticas de la diputada de Vox Andalucía, Ángela Mulas, al campamento financiado por la Junta de Andalucía. "Necesario es combatir la pobreza infantil, por ejemplo. Esos niños sí son merecedores de campamentos que les liberen de una discriminación real, la pobreza. No vamos a permitir que el dinero de los andaluces siga destinándose a actos de carga lobista e ideológica", decía el tuit de la compañera de partido de Abascal.

El comentario en las redes desató una variopinta serie de reacciones que, a juicio de Cambrollé, deben ser condenados como delitos de odio. "Este tipo de discursos se convierten en odio en las redes sociales y en agresiones en la calle y en las escuelas", advierte la presidenta de ATA, organización que está recopilando todos esos mensajes de odio para elevarlos a la Fiscalía. "Es muy grave —reprocha—, y no vamos a quedar impasibles".

Según un estudio de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) presentado este lunes 9 de septiembre, el 58% de las personas trans de entre 16 y 24 años ha sufrido transfobia en el ámbito escolar. El 20% de los encuestados —72 en total— no encontró apoyo en nadie, el 40% consiguió ayuda en otros miembros del alumnado y tan solo un 15% en el profesorado. El estudio también revela que el 58% de las víctimas indica que el centro de estudio no tomó ninguna medida para castigar a quienes ejercieron la discriminación y el 28% tuvo que cambiar de escuela.

Mar Cambrollé, presidenta de ATA, dirigiéndose a los participantes del campamento. Foto: Fernando Ruso
Mar Cambrollé, presidenta de ATA, dirigiéndose a los participantes del campamento. Foto: Fernando Ruso

“Ante estos datos, cuestionar todavía que si la juventud trans tiene derecho a un espacio en donde poner en común su sufrimiento y sus obstáculos sociales me parece de una irresponsabilidad política que atenta contra la juventud con alevosía”, denuncia Cambrollé, también presidenta de la Plataforma Trans, una entidad estatal que aglutina a casi la totalidad del colectivo en España.

Juntos para superar la transfobia

De los incidentes, cuatro de cada diez fueron insultos, el 25% en acoso, 22% en amenazas, el 18% en ciberviolencia, el 12% en agresiones físicas y un 9% en violencia sexual. Respecto a las etapas, la mayoría (un 37%) se da en la educación secundaria. Aunque también llega a la universidad, en 7%.

A Macarena, una de las chicas trans que ríe hoy en el campamento de la Sierra de Cazorla, el miedo a la transfobia le hizo abandonar sus estudios universitarios en el tercer curso de Filología Hispánica. "No dije nada, me fui de un día para otro —recuerda la joven—; algunos compañeros me preguntaron, pero la mayoría decidió dejarme de lado".

La onubense Macarena Martín y su pareja Adrián en el autobús rumbo a Cazorla. Foto: Fernando Ruso
La onubense Macarena Martín y su pareja Adrián en el autobús rumbo a Cazorla. Foto: Fernando Ruso

La decisión de abandonar sus estudios coincidió con el inicio de su transición y toda una retahíla de visitas médicas para acceder al tratamiento hormonal. "Entonces no sabía que en Andalucía teníamos una ley que nos permitía cambiarnos el nombre en el ámbito educativo", explica a El Confidencial. Lo que hubiese facilitado las cosas en una vida que nunca fue fácil.

"Siempre me sentí mujer, pero lo escondía por miedo a las reacciones —confiesa Macarena, de 25 años y nacida en Huelva—; solo cuando estaba sola era yo, en la calle me comportaba de forma diferente, y eso me generó ansiedad y depresión".

Para Macarena este es su primer campamento. "Estoy nerviosa, ilusionada", advierte. Irá con su novio, un chico trans de Jerez de la Frontera (Cádiz). Él inició la transición antes que ella y durante este tiempo ha sido uno de sus principales pilares. Por eso defiende el campamento, para que quienes no tienen esos apoyos en su día a día puedan aprender de la experiencia de otros iguales.

Martín uno de los veteranos del grupo, tiene 35 años y es de Cádiz. Llega al campamento a una semana de empezar el proceso de hormonación, por eso aprende del relato de quienes, aun siendo menores que él, ya acumulan una notable experiencia. "Nosotros no teníamos referentes, yo recuerdo a 'La Petroleo' o 'La Salvaora', que eran las trans de Cádiz; y estos chicos y chicas han tenido otros trans en los que fijarse", razona en mitad del pasillo.

Los nuevos referentes trans

El colectivo trans ha estado huérfano de referentes hasta hace pocos años y desde las organizaciones se ha trabajado con profusión para derribar los estereotipos que han acompañado a la transexualidad.

Izhan no tiene reparos en conocer que hasta los quince años no sabía qué significaba la T de las siglas LGTBIQ+. Precisamente aquella con la que él se sentía identificado. "Tenías que buscar por tu cuenta, en mi caso fue por Instagram, y ahí descubrí que yo era trans", relata el joven, ilustrador en formación a sus 20 años.

Izhan es ilustrador y siempre lleva un lápiz colgado de su oreja por si alguna inesperada idea requiere de una rápida intervención. Foto: Fernando Ruso
Izhan es ilustrador y siempre lleva un lápiz colgado de su oreja por si alguna inesperada idea requiere de una rápida intervención. Foto: Fernando Ruso

Para él, la transición física se inició a los 18 años. Un año antes ya había empezado la mental. "Se lo conté a una amiga, y le pedí que se refiriera a mí usando el masculino; eso me gustó, y lo que empezó siendo una vaga sensación acabó convirtiéndose en una salida total del armario", narra entre risas.

Izhan es uno de los monitores del campamento. Suyo también es el cartel que la Asociación de Transexuales de Andalucía ha preparado para la ocasión. "Si me lo hubiesen dicho hace años jamás me lo hubiese imaginado, porque era muy tímido", razona el sevillano, que acompañó su transición con visitas a psicólogos.

Para él y para su familia también fue vital el asesoramiento de ATA. "Siempre es reconfortante encontrarte con gente que ha vivido lo mismo que tú, compartir experiencias, buscar complicidades y descubrir que no eres un bicho raro", defiende. Y por eso no entiende las críticas a este campamento que se finaliza este sábado.

Izhan está nervioso porque suya será la responsabilidad del acto de despedida. "Queremos que sea una recopilación de instantes vividos, un libro de convivencia, algo que nos ayude a preparar futuras ediciones —zanja el joven—; porque las habrá".

Andalucía

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
47 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios