debate en el congreso

La 'coronación' de Montero: la ministra de Hacienda hace más que números

La ministra de Hacienda eludió centrarse solo en las cifras y la técnica presupuestaria porque sabe la que está cayendo en España: "Hubiera sido muy extraterrestre"

Foto: La ministra de Hacienda, María Jesús Montero. (Reuters)
La ministra de Hacienda, María Jesús Montero. (Reuters)

“Sea lo que sea, a mí me cogerá trabajando”. Cuando se le preguntaba a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, qué opina de esto o lo otro, si habrá elecciones o no, si los independentistas cederán o no a las cuentas, si Pedro Sánchez va a alargar o no una legislatura agónica, si primavera u otoño... suele responder así. Lo que tenga que pasar pasará, pero Montero no estará viéndolas venir. Es una de las características de su trayectoria política.

Montero afrontó el debate de los Presupuestos Generales de 2019 sabiendo que no se podía limitar a hablar de números. Hubiera sido “extraterrestre”, admiten en su equipo, con la que está cayendo en España. Era un debate político que afrontó con dos ideas. “Quería dejar claro que el Gobierno apuesta por el diálogo con Cataluña pero sin admitir en el orden del día el derecho a la autodeterminación”, explican. No esperan que ERC y PDeCAT retiren las enmiendas a la totalidad, pero si las retiran quieren que nadie pueda acusar al Gobierno de negociar “con asuntos innegociables”. La segunda idea que quería fijar Montero es que eran unos Presupuestos “positivos para España en este momento del ciclo económico”, que pueden “cumplir con la consolidación fiscal y con la recuperación de derechos, con los ciudadanos y con la UE”, defienden en el Ministerio de Hacienda.

Perder o ganar

Así se plantó la ministra en el hemiciclo. Después de muchas horas, de haber “ingerido y deglutido” tanto el Presupuesto como el momento político, porque Montero es de digerir antes de explicar, “de entrar en las tripas”, explican los suyos. A ella, como cuando hacía temas de salud, le encanta “traducir”. “Teníamos la misma sensación que en el debate de la senda del déficit, no veníamos tanto a ganar la votación, que sabemos que es muy probable perderla, como a ganar el debate”, dice un estrecho colaborador.

Montero aterrizó en el Gobierno andaluz con un perfil técnico, independiente. Médica de profesión, era vicegerente del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Pasó a ser viceconsejera de Salud y en 2004 se convirtió en titular de esa cartera con Manuel Chaves como presidente. Hasta 2012. Entonces pasó a Hacienda. De ahí, al ministerio. Y con este debate de Presupuestos, a poner la cara por el Gobierno de Pedro Sánchez frente a PP y Cs y los independentistas.

“Se ha coronado”, decían como alabanza en los pasillos de la Cámara Baja. La ministra de Hacienda es una política mucho más práctica que intrigante. Rechaza la escuela de las juventudes en los partidos. Considera esa ‘metapolítica’ una pérdida de tiempo y evita las conspiraciones. Ocupó escaño en el Parlamento andaluz desde 2008. Iba en las listas como independiente. Se afilió al PSOE andaluz después de muchos años porque se lo pidió expresamente José Antonio Griñán. A Montero no se le da bien repetir los argumentarios que reparte el partido por las mañanas.

De muy joven, cuando era 'hippie', flirteó con los comunistas, suele presumir entre bromas. Su carrera profesional estaba encaminada a la gestión hasta que sacó una marcada vis política. Molestaba profundamente a la derecha, tuvo en pie de guerra a una parte nutrida de los médicos en Andalucía, que la acusan de nepotismo y amiguismo en su gestión de la sanidad pública, fue enemiga de los laboratorios farmacéuticos y fue vista con distancia por una parte de sus compañeros en San Telmo.

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La sucesora de Díaz

Susana Díaz la mantuvo en el cargo porque la necesitaba, pero nunca se fió del todo de ella. Había lealtad y recelos a partes iguales. No formó parte de su círculo de confianza. Ahora, menos. Parte del PSOE andaluz la ve como la elegida por Pedro Sánchez para sustituir a la actual secretaria general en Andalucía. Ella no tiene apoyos orgánicos. Bastaría admitir que sí, que no le importaría, que tiene interés, para que todos los cañones susanistas se encargaran de aniquilarla, y a Montero no le gustan esas guerras internas. Se le da bien la oratoria parlamentaria, pero no está curtida en esas batallas. Quizá duraría menos que con Albert Rivera, Pablo Casado o Joan Tardà...

Y quizá ya sea tarde para ocultar la evidencia. Ayer, una parte nada desdeñable del PSOE andaluz, incluidos dirigentes provinciales y diputados autonómicos, admitió que si Pedro Sánchez enarbolara el discurso que Montero hizo en la tribuna del Congreso, hoy no estarían tan preocupados como están por el devenir electoral y del propio Partido Socialista. “Montero tiene capacidad de analizar las cosas con intuición y olfato, y además tiene una base técnica impecable. Se estudia absolutamente cada tema que gestiona y además entra en cocina”, señalan desde su equipo. Desembarcó en el ministerio hace ocho meses con todo su equipo de Hacienda en Andalucía. Montó a todos en el AVE igual que antes los trasladó de Salud a hacer Presupuestos.

La Ley de Muerte Digna

“Señor Casado, ¿sabe usted dónde está el milagro económico del PP? En la cárcel. El milagro económico del PP está en la cárcel”, espetó ayer al líder del PP. En Andalucía, se recuerda la pasión que le puso a la primera Ley de Muerte Digna que se aprobó en una comunidad. Logró que el PP solo rechazara tres de 33 artículos. Cuando terminó el debate, Montero apretó el paso y se acercó a Javier Arenas, que le estrechó la mano sin levantarse, sentado en el escaño. El caso de Inmaculada Echevarría, que tuvo que ser trasladada de un centro sanitario privado a otro público para ser desconectada con un respirador, impulsó a Montero a abrir un debate que muchos en su propio partido no querían tocar ni de lejos. Abrió una brecha.

“Respeta mucho a las personas, independientemente de su ideología, y reconoce el talento y el trabajo aunque no sea en sus filas”, señala una colaboradora. Con su antecesor, el ministro Cristóbal Montoro, tenía una interlocución fluida.

De Montero es también la polémica iniciativa de la subasta de medicamentos, que llevó a las grandes empresas y a la oposición a denunciar que en Andalucía existía “un gueto farmacéutico”. A Montero le llueven críticas que no les caerían a otros ministros más refinados. Por su acento, por su manera de expresarse, por su tono, dicen de esta médica que es “verdulera”, “ordinaria”... Durante días, en las tertulias se mofaron de ella como “la Chiqui ministra”, por un corte ‘robado’ de un corrillo en el que se refería a su interlocutora como “chiqui”. Este martes, le afeó Ana Oramas, de Coalición Canaria, que diera un mitin y le dijo que el Congreso “no son las 3.000 viviendas”. No sabe bien la diputada canaria el regalo que le hizo a la ministra. “¿Qué tiene usted con las 3.000 viviendas de Sevilla? Es un barrio, como cualquier otro de este país, o qué quiere decir, ¿que los barrios pobres se merecen un tipo de tono, está asimilando pobreza...?”. Esa es Montero en estado puro, más allá de los números.

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