asesinato de laura luelmo

El destierro de los Montoya: los gemelos que sembraban el terror desde el colegio

El principal sospechoso por el asesinato de Laura Luelmo tuvo la entrada prohibida en Cortegana, donde mató a una octogenaria. Su gemelo asesinó a otra mujer de 35 años

Foto: Efectivos de la UCO custodian la casa número 1 de la calle Córdoba de El Campillo (Huelva), donde vive Bernardo Montoya. (EFE)
Efectivos de la UCO custodian la casa número 1 de la calle Córdoba de El Campillo (Huelva), donde vive Bernardo Montoya. (EFE)

Cuando pasada la una y media de la tarde los televisores a toda mecha daban en los bares del pueblo la noticia de que se había detenido al principal sospechoso del asesinato de Laura Luelmo, un escalofrío recorrió Cortegana. “Aquí ya se sabía que era él”, dicen al unísono tres vecinas que se saltan la presunción de inocencia de Bernardo Montoya. La Guardia Civil lo persiguió varios kilómetros, cuentan en las pantallas, cerca de esta localidad. Estaba bajo seguimiento y trató de huir horas después de que apareciera el cuerpo de Laura Luelmo. Se sintió acorralado. No era desde luego la primera vez que el detenido se saltaba un alto policial. Atesora un largo historial de homicidio, robos con fuerza y adicciones a la cocaína y a la heroína. Incluso tuvo prohibida la entrada a Cortegana durante cinco años por sentencia judicial.

El destierro de los Montoya: los gemelos que sembraban el terror desde el colegio

En esta preciosa localidad de la Sierra de Aracena, de 5.000 habitantes, que está a unos 48 kilómetros de El Campillo, el pueblo de la comarca minera de Riotinto donde la profesora de instituto nacida en Zamora fue asesinada, todo el mundo que accede a hablar sobre el horrible crimen asegura que sospechó desde el primer momento que "los Montoya estaban detrás". “Hemos estado muy nerviosillos. La gente tenía miedo de salir a la calle. Todo el mundo pensaba que estaba aquí, refugiado con su familia”, dice una joven que pasea con su niña por el centro de la localidad. Todos estos extremos están sin confirmar y forman parte del secreto de sumario. Otras hipótesis indican que el presunto asesino se tiró al campo y malvivió varios días en el coche tras supuestamente perpetrar el crimen. “Aquí lo hemos visto. Mi madre lo vio”, dice otra señora convencida. Las noticias de la televisión se mezclan con las declaraciones y las visiones de los vecinos. “Niña, eso lo has visto tú en la tele”, le dice la compañera con la que salió a andar. El dueño de una tienda insiste: "Ese estuvo aquí cuando salió de la cárcel. Mi hermano lo vio".

A la espera del ADN

A la espera de que la autopsia determine si el ADN que apareció en el cuerpo de Laura Luelmo es el de Bernardo Montoya, de 50 años, este permanece detenido en la comandancia de la Guardia Civil de Huelva a la espera de pasar a disposición judicial en Valverde del Camino. Estuvo en el punto de mira de la unidad especial de la UCO desplazada a la provincia onubense desde el primer momento.

El destierro de los Montoya: los gemelos que sembraban el terror desde el colegio

La autopsia de la joven ha decretado que murió de un fuerte golpe en la cabeza dos días después de desaparecer, entre el 14 y el 15 de diciembre. Ella ya había contado por teléfono a algunos familiares que ese vecino de la calle Córdoba, que vivía frente a la casa donde se había trasladado, no le gustaba nada. La intimidaba. Laura no podía ni imaginar que se había mudado, agradeciéndole el favor a una compañera del instituto que estaba de baja y que le ofreció su casa vacía para ahorrarle pagar una pensión en Nerva, frente a un homicida con un largo historial de condenas. Este martes, después de tres horas y media de registro, tres agentes de la Guardia Civil acompañaban a la jueza a su vehículo. Allí quedaron, frente a frente, las dos viviendas precintadas. Camino de Cortegana, donde apareció el cadáver, la científica seguía inspeccionado minuciosamente la zona. Se buscaba el móvil y los objetos personales de Laura. Todo apunta a que su cadáver se trasladó a ese camino, pero no la mataron allí.

“Los gemelos Montoya estuvieron en mi clase en el colegio. En el Divino Salvador, el único centro educativo que hay en el pueblo. Recuerdo que, tendríamos unos 10 años, no más, me pegó un golpe en la barriga que todavía me aterra cuando lo pienso. A esa edad ya protagonizaban incidentes como peleas o intentos de prender fuego al colegio. Imagínate. Siempre han sido agresivos. Muy violentos”, asegura una vecina de Cortegana que pide, como todos los que salen en este reportaje, que se preserve su identidad. Hay miedo a que haya represalias. Provienen de un entorno desestructurado. La familia llegó de Badajoz. “Los habían desterrado”, aseguran en Cortegana. Los gemelos eran niños de escuela cuando se mudaron a la sierra onubense.

Con 10 años, los gemelos Montoya ya eran conocidos en el colegio por sus peleas, por ser agresivos e incluso tratar de quemar el centro

“Mira aquí detrás, ahí mató a María en la casa de su madre”, cuenta un vecino sobre el asesinato que cometió Luciano Montoya, hermano gemelo del detenido. La robó a las puertas de la discoteca y la amenazó si ponía una denuncia. Cuando la mujer, de 35 años, regresó, él estaba esperándola en su casa. “Murió en los brazos de su madre”, añade una vecina. Ocurrió en 2001. Bernardo está en la cárcel y fue descartado como sospechoso porque en el momento de la desaparición y el asesinato estaba en la prisión de Ocaña (Toledo).

Otra agresión en 2007

Su hermano también fue condenado en 1997 a 17 años de cárcel por el asesinato de una octogenaria, Cecilia, a la que asesinó dos años antes, en 1995. También la robó, la amenazó para que no denunciara y cuando supo que iba a declarar en su contra la esperó agazapado en su vivienda portando un machete, según reza en la sentencia judicial que lo llevó a la cárcel. Salió en el año 2000, pero luego volvió a entrar en prisión por dos condenas por robo con violencia. Abandonó la cárcel en octubre. Hace solo dos meses. Como en Cortegana estaba desterrado, se refugió en una casa de su padre en El Campillo, donde había ido en otros permisos penitenciarios. Allí, una joven denunció en 2008 un intento de agresión sexual mientras paseaba a su perro, un pastor alemán que recibió una puñalada. Ahora los vecinos se acuerdan de Bernardo. En este pueblo apenas era conocido. No sabían su historial. Era solo un hombre callado y serio que entraba y salía en su coche sin relacionarse con nadie.

El principal sospechoso era un desconocido en El Campillo. Nada que ver con su fama en Cortegana, donde durante un lustro tuvo vetada la entrada

En el barrio de Las Eritas, en una de sus calles centrales, la que da acceso a esta zona de Cortegana separada del centro del pueblo por la carretera nacional, los Montoya son viejos conocidos. “Mira, allí más adelante vive su hermana, y en esa puerta su prima”. Tanto Luciano como Bernardo, hermanos gemelos, han paseado mucho por esas calles. “Mira, sube allí un poco más arriba a la tienda de la Piedad, que a ella hace años intentó atracarla, y si no, un poco más adelante párate, en El Madrileño, en la fábrica de jamones, que también tuvo con ellos un robo importante”, dice un vecino que está a las puertas de una tienda de electrónica donde las estufas reinan en el escaparate. El viento serrano corta el cuerpo. Las luces de Navidad, que relucen al otro lado de la carretera, no invitan a la fiesta. “El padre no vive en este barrio sino al otro lado”, asegura un vecino que llega de trabajar del campo y tiene muy pocas ganas de conversación.

Los incidentes de Las Eritas

“Desde jóvenes andaban en las drogas. Pero el padre, que sí vive, es un hombre poco conflictivo. A mí me da pena. La madre, uy, la madre era otra cosa”, asegura otra vecina que compra en un establecimiento de comestibles. En el bar Los Peroles, directamente el dueño invita a irse a la periodista. “Se va de aquí, que nos dieron muy buena publicidad. Si quiere consumir consuma, pero aquí no habla con nadie”, espeta desabrido desde el otro lado de la barra. A la vuelta de la esquina están las viviendas más degradadas del barrio. Las casitas bajas perfectamente encaladas contrastan con esos bloques de viviendas donde viven en su mayoría vecinos de etnia gitana. “Hay de todo. Los hay muy buenos y muy malos”, deja claro un parroquiano que sale del bar.

En 2005, el asesinato de un discapacitado motivó unas revueltas en el barrio donde residen la mayoría de vecinos de etnia gitana de Cortegana

El enfado de una parte de Cortegana con los medios de comunicación viene de unos incidentes en 2005. Otro asesinato, que nada tuvo que ver con los Montoya, incendió el pueblo. Una concentración pacífica de los vecinos acabó con revueltas en Las Eritas, donde prendieron fuego "a los carromatos", según el relato que apareció en la prensa. “No fue verdad. Fue muy injusto lo que dijeron de nosotros. Aquí podría venir Paco Lobatón y llevárselos por Navidad. Que venga, que venga ahora y diga que somos racistas. No lo somos. Y ahora qué”, relata un vecino de mucha edad que vivió aquello en primera persona y que admite que participó en la revuelta, aunque niega la violencia con la que fueron retratados en un famosos programa de televisión. Fue una protesta para reclamar más seguridad, después de que un joven discapacitado, Mateo, fuera asesinado a manos de otro joven de etnia gitana. En la memoria estaban aún los asesinatos de los Montoya. La mecha prendió. La convivencia de los vecinos con la comunidad gitana se vio muy afectada. Trece años después, todo estaba superado. El asesinato de Laura, la detención de Bernardo Montoya… volvieron a dejar a Cortegana sin respiración. “Hemos tenido miedo. Pobrecita, pobrecita, que lástima”, dice otra señora anciana que aprieta el paso mientras se le empañan las gafas. “Pobre criaturita”.

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