Pesaba 300 kilos, le daban 15 días de vida... y ahora quiere correr un Ironman
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"Me identifico con los 'hikikomoris' de japón"

Pesaba 300 kilos, le daban 15 días de vida... y ahora quiere correr un Ironman

A Juan José le sacaron los bomberos de su casa. Llevaba 8 años encerrado: solo salía para ir al médico. Desde marzo está en el hospital. En septiembre le reducirán el estómago

Foto: Pesaba 300 kilos, le daban 15 días de vida... y ahora quiere correr un Ironman
Pesaba 300 kilos, le daban 15 días de vida... y ahora quiere correr un Ironman

No estoy aquí para adelgazar, estoy aquí porque el médico dijo que me quedaban 15 días de vida y por eso me trajeron al hospital. Estaba inmovilizado en la cama de mi casa; me fui a levantar y como me caía, me tuvieron que rescatar los bomberos”.

Juan José, de 52 años, mide 1,80 y pesaba en marzo 300 kilos. Ya ha adelgazado 100 y el 14 de septiembre (cuando los médicos prevén que pese 180) le operarán para reducirle el estómago. Si pesara más, retrasarán el quirófano: el corazón sigue algo dañado, y los pulmones están débiles. Lo ideal es que se quede en 120. Desde hace 20 años no tiene ese peso.

Foto: Juan José: la historia de un obeso mórbido de 300 kilos y cuatro años sin salir de casa

En estos cinco meses que lleva en el hospital, en una habitación de excelente orientación, desde la que se ve la Escuela de Ingeniería de Telecomunicaciones de la UMA y el pabellón universitario, no puede observar el mar por muy poco. En su casa en calle La Unión, en el popular barrio de la Cruz del Humilladero en Málaga, tampoco lo veía. Ni el mar ni nada. En ocho años solo salía a la calle para ir al centro de salud. Su vida se reducía a estar en la habitación e ir de vez en cuando a la nevera. Su hermana, de 65 años, dijo en marzo a este diario que había pasado cuatro años sin contacto exterior.

“Me siento muy identificado con los ‘Hikikomori’ japoneses. Soy un ‘Hikikomori’ de vocación. No sentía necesidad de salir. En casa estaba bien”. Juan José habla mirando la tele apagada. También la puerta de la habitación. Sus manos las sitúa a la espalda, no se sabe si por timidez o por costumbre. De vez en cuando incorpora su cuerpo al sillón azul. De cintura para abajo, sobre todo entre la rodilla y la barriga, acumula la mayor parte de la grasa, el lugar más peligroso.

"Tengo dificultad para relacionarme"

Dibuja una mirada algo triste, acaso melancólica, proyectada de modo transparente en sus profundos ojos azules. Siempre ha sufrido en las relaciones, en las de amistad y las amorosas. Lamenta varios desengaños, pero no entra en detalles. “Tengo dificultad para relacionarme. Tuve una amiga, pero no era novia. Nada más”. Y ahí se queda.

¿Cómo llega una persona a pesar 300 kilos? Hasta que tenía 8 años ni siquiera le gustaba comer. Tenía problemas para acabarse el plato. Guarda una foto “de normal”. Tras una gripe, le pusieron varias inyecciones y cuando se le pasó el efecto ya comía de todo. Sin parar. Su madre se alegró. “¡Qué bien, el niño por fin come!”. Pero empezó a engordar y engordar. No tardó en convertirse en el gordito de la clase. No recuerda ningún acoso de sus compañeros de pupitre.

Su hermano mayor, de 67 años, estaba “muy gordo” y ha padecido problemas de rodilla y de cintura. El hermano pequeño, de 48 años, con el que vive en el piso de Málaga, está “gordo”. “Al hospital no viene mucho. Tiene ciática”. Su hermana, de 65 años, “está delgada”. “No sé por qué hemos salido todos tan gordos, excepto mi hermana. Supongo que será cosa de las hormonas. Es como las mujeres que no suelen perder el pelo como sí hacen los hombres”.

"Supongo que no conseguí trabajo por gordo. No me lo decían, pero creo que sería por eso". Entonces pesaba ya 200 kilos

Juan José es delineante. En Málaga no conseguía trabajo y se fue a Alicante con 35 años. Allí lo logró. También en Elche, una ciudad que adora “por lo limpia que es” y “donde puedes ir andando prácticamente a cualquier sitio”. Atrás quedó una búsqueda sin éxito de empleo en la ciudad andaluza, donde vivían sus padres, malagueños, pero que tuvieron a sus hijos en Vitoria. Estuvo un año vendiendo lechugas en los mercadillos. Se compró un libro sobre la búsqueda del primer empleo y cómo responder en la entrevista de trabajo.

“Supongo que no conseguí trabajo por gordo. No me lo decían, pero creo que sería por eso”. Entonces pesaba ya 200 kilos. Andaba mucho, relata, y ayudó a a su padre a cobrar los recibos de las cuotas de hermandad de dos cofradías de la Semana Santa malagueña. Todo eso se esfumó. Su fe ya lo había hecho a los 14 años. “A esa edad pensé en el tema y soy ateo por la gracia de Dios. Le di muchas vueltas pero no me convencía”.

En su casa de Elche (“allí no vemos una caca de perro por la calle ni por casualidad”, recuerda) tenía una bicicleta estática con la que hacía ejercicio. Su peso le impedía sentarse en el sillín y se tumbaba en el suelo con la bicicleta entre las piernas. Consiguió no superar los 120 kilos gracias al deporte y una dieta que rememora, feliz.

El día después de que Juan José regresara a la casa familiar, tras una década fuera, su padre, de 90 años, se echó la siesta y no se volvió a despertar

Intentó quedarse en la provincia alicantina, pero no pudo. La crisis le azotó, como a tantos españoles. “Me vine a Málaga porque ya no me quedaba más remedio”. Su padre y su madre todavía vivían. El día después de que Juan José regresara a la casa familiar, tras una década fuera, su padre, de 90 años, se echó la siesta y no se volvió a despertar. Era diciembre de 2009.

Pasados unos días del entierro fue al centro de salud y comprobó que le habían borrado de la lista de la Seguridad Social durante el tiempo que había estado en paro. En Alicante le seguían atendiendo porque no revisaron su expediente por el ordenador. Otro mazazo. Ya tomaba antidepresivos y cuando se acabaron empezó a sentirse peor. Estuvo un año recluido en su habitación, viviendo a oscuras y tapado con una manta cuando era invierno. Solo salía de su cuarto para preparar la comida para su madre, un “emblanco”, que a ella le gustaba mucho, o un potaje.

Detalle de su dieta y medicinas. (Agustín Rivera)
Detalle de su dieta y medicinas. (Agustín Rivera)

Gracias a la ley de la dependencia podían pagar una chica que atendía a su madre. Juan José acudía a veces a la farmacia buscando alguna receta para ella. Engordó muy rápido y estuvo ocho años sin salir a la calle, excepto para ver a algún médico. “Me trasladaba en ambulancia hasta que descubrí los taxis de minusválidos donde podía ir, y ya llamaba uno para ida y otro para vuelta”.

Su madre murió en marzo de 2013. Y continuó el aislamiento. Comía en una anarquía total. Podían pasar dos o tres días y no se acordaba que no había desayunado, ni almorzado, ni merendado o cenado en 48 o 72 horas.

- "Hoy no he comido y me parece que antes de ayer, tampoco", decía.

Se preparaba fideos o patatas fritas. “Nada del otro jueves”, dice. “No me atiborraba y no sentía hambre”. Su hermano, de 48 años, que hasta hace un par de años vivía en su casa, también tenía gran sobrepeso. “Él solo comía carne”. “Estaba muy a gusto en casa”. La vivienda tiene una luz natural que llega de un patio interior y cuenta a su vez con aire acondicionado, que programa para que se apague a una hora determinada.

Juan José, en su habitación del hospital Clínico de Málaga. (Agustín Rivera)
Juan José, en su habitación del hospital Clínico de Málaga. (Agustín Rivera)

Se bajaba series de TV (le gustan ‘Breaking Bad’ o ‘Babylon 5’ y series de hace 40 años como ‘Yo Claudio’). También las películas de Ciencia-Ficción (‘2001: odisea del espacio’, sobre todas las cosas) y no le gusta ‘La guerra de las galaxias’: “No consigo llegar despierto hasta el final. Para mí es un western. Y que me perdonen los aficionados a la saga”.

Ahora está suscrito a Netflix, HBO y Amazon Prime Video. Lo puede pagar sin problemas, argumenta, con los 500 euros al mes que cobra de una pensión contributiva. “No gasto mucho, no fumo, no bebo, no voy a bares”. Sí, le gusta Internet y se centra en el agregador de noticias Menéame. “Por favor, pon en el artículo ‘vendo Opel Corsa’”. El grito de guerra de Menéame.

Tampoco ve fútbol. “Una vez mi padre me llevó de niño a ver un partido para ver el Alavés, en Mendizorroza, pero no le vi la gracia. Y he intentado que me gustara, pero ni flores. Yo soy de la mayoría silenciosa. Cuando España ganó el Mundial decían que había 17 millones de personas viendo el fútbol en el país. Somos 45 millones. A 28 millones de personas no le interesó nada esa final”.

La lectura también forma parte de su vida. Es un hombre de libros. La estantería de la habitación de su casa está llena de volúmenes

La lectura también forma parte de su vida. Es un hombre de libros. La estantería de la habitación de su casa está llena de volúmenes. Echa de menos que no haya podido cargar su Kindle. Ahora lee muy poco en papel, pero con nueve años ya había devorado ‘La Odisea’ o ‘La Ilíada’. “Las disfruté”, expresa con orgullo. “’El Quijote’ lo entendí menos”, precisa.

Luego llegaron obras como ‘Los siete pilares de la sabiduría’ y ‘El corazón de las tinieblas’. “Me encanta cómo narra Conrad. Sí, Emilio Salgari y Julio Verne están muy bien, pero su forma de escribir te atrapa. Cuando vi ‘Apocalipsis now’ comprobé que eso era ‘El corazón…’. Es la mejor versión de un libro que he leído en mi vida y no pasa ni en el mismo continente, ni en el mismo siglo, y en la película hay una guerra”.

Amante de la lectura

Juan José mira más de frente que en el arranque de la conversación. Y continúa hablando, lento, pensando muy bien lo que dice, con las manos situadas hacia atrás, como si las tuviera esposadas. “Bueno, no sé por qué las he puesto así. No es por nada en concreto”. Habla de mangas de Yoshiaro Tsuge, Satoshi Kon o Jiro Taniguchi y de viajes. “Para mí ir de viaje no es estar 15 días y volverte. Es quedarme unos años, como hizo Juan Goytisolo en Marrakech, que estuvo décadas en un barrio auténtico”.

Quiere seguir hablando de historias. Recomienda ‘Los Papalagui (los hombres blancos)’, un libro de antropología sobre Europa escribo por un nativo de Samoa. “Es curioso que en esa obra salga Málaga, que es una palabra que significa fiesta en el idioma de Samoa Occidental”. Lo dice él, a quien le gustaría irse a vivir fuera de Málaga, “a algún sitio con el clima más fresco”. ¿A Vitoria? “No, no tiene que ser allí. No tengo nostalgia de donde nací, ni cosas de esas”.

Entre marzo y junio estuvo en la habitación del hospital sin poder moverse. Un auxiliar le anunció que le saldrían llagas en la espalda. Cada día, diez personas le giraban, le lavaban y le cambiaban las sábanas. Todavía hay una grúa en la habitación del hospital que le servía cuando necesitaba la ayuda de otras personas para poder moverse. Su dieta está compuesta de piezas de fruta (manzana, naranja o nectarina) y un batido químico compuesto por vitaminas y minerales. “Me empacho con las proteínas: me caen como un ladrillo”.

Juan José, el pasado mes de marzo, con 300 kilos. (EC)
Juan José, el pasado mes de marzo, con 300 kilos. (EC)

Se levanta a las 8.30 de la mañana, se toma la medicación y enseguida le vienen a buscar para acompañarle al gimnasio. Necesita ayuda para ducharse. Realiza una tabla de gimnasio, con dos pesa de cinco kilos cada una. Antes, un calentamiento de 60 segundos. Luego, 15 sentadillas y levanta los brazos. El objetivo es dar 3.750 pasos al día y repetir la tabla de gimnasia tres veces al día. Por la mañana es más fácil que por la tarde. “A las 11 de la noche me quedo frito con tanto cansancio”.

Cuando pudo salir de la cama lo vio como un gran triunfo. Lo era. Y lamenta que el día que le rescataron de su casa, al final salió a pie, con una bomba de oxígeno porque la camilla no entraba por la rampa del portal, dijo “muchas tonterías”. “Sí, dije que no me quería ir. Estaba ‘grogui’ y no me podía dar ni la vuelta en la cama. Imagínate lo que son 300 kilos”.

“Yo creo que los jóvenes tienen ahora más problemas con la anorexia que con la gordura”. No se arrepiente de haber engordado demasiado. “¿Para qué? Si eso ya ha pasado. Hay que mirar al futuro. Si me dan a elegir hubiera preferido no estar gordo con 20 años”.

Juan José, que a pesar de su obesidad ni tiene diabetes ni colesterol, se acuerda de la foto de un gordo que fue viral en Internet. Ese gordo llevaba una equipo deportivo que valía una pasta. “Al final adelgazó un montón y hasta estaba corriendo un Ironman. ¿Y por qué yo no voy a correr un Ironman? Claro que sí. Estoy deseando salir a la calle a andar y hacer ejercicio. Y correr por el Paseo Marítimo”, junto al mar que no vio durante los ocho años que estuvo recluido en su habitación.

- Lo he pasado bien- remata.

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