"Cada vez llaman desde más lejos"

La libreta donde se anotan con bolígrafo todas las pateras rescatadas en alta mar

La Salvamar Hamal, en Granada, es la que más rescates realiza en la costa andaluza, y este verano están colapsados por el nuevo récord de llegada de embarcaciones a la zona

Foto: La libreta donde Sergio apunta todos sus rescates. (M. Z.)
La libreta donde Sergio apunta todos sus rescates. (M. Z.)

Sergio lleva la cuenta de todos los rescates que ha llevado a cabo en una pequeña libreta. En ella apunta el número de rescatados, la fecha y la cifra de hombres, mujeres y bebés que iban a bordo. Solo con eso se acuerda de cada uno de ellos como si fuera ayer, aunque cada día de guardia suele salir al menos una vez a rescatar a personas en busca de un futuro mejor que ha quedado a la deriva. “Mira, ¿ves? Este fue el de Aysha", cuenta mientras enseña la fotografía de una niña con trenzas. “Me dejó enamorado. Cuando subió al barco se abalanzó a mí. Normalmente están como desorientados, pero ella, ‘fium’, fue directa a abrazarme”. La última anotación en su particular antología de recuerdos data de este pasado sábado, cuando sacaron del mar a 16 marroquíes a bordo de una barca de fibra de vidrio a 12 millas de distancia. “Hacía tiempo que no veíamos una de esas, tenía pinta de haber sido hecha clandestinamente”, explica Sergio Covelo, miembro de Salvamento Marítimo en Motril, donde estos días están desbordados con la llegada de inmigrantes a la costa granadina.

Un barco de Salvamento tiene capacidad para acoger hasta 100 personas. En menos de un minuto, suben 50

Al desembarcar, dos equipos esperan a los náufragos para darles la bienvenida. El primero, la Guardia Civil, que les saca uno a uno de la embarcación y les pone en fila. Previamente han cerrado las puertas de esa zona del puerto para que no escapen. El segundo, el de la Cruz Roja, que lleva a cabo 'el triado': uno a uno, les preguntan su nombre, edad, procedencia y número de pie para entregarles un paquete con ropa y comida. En esta ocasión evitan decir su origen, conscientes de que los marroquíes son automáticamente devueltos al país vecino. También les toman la temperatura y les preguntan sobre su estado de salud. Lo más normal, explica Carmen —quien se encarga de clasificarles ese día— es que vengan con hipotermia o quemaduras por el sol o el gasoil. También deshidratación o, como en este caso, pequeños granos en los brazos de remar en la mar salada. Si están sanos, se les coloca una pulsera verde. Si no, roja, y pasan a las instalaciones de la organización humanitaria. Después son entregados de nuevo a la Guardia Civil: “¿Está sano? ¿No está infectado?”, pregunta un agente con insistencia a la trabajadora de la Cruz Roja antes de detenerlos definitivamente.

Una trabajadora de la Cruz Roja realiza la clasificación a un marroquí recién llegado a España. (M. Z.)
Una trabajadora de la Cruz Roja realiza la clasificación a un marroquí recién llegado a España. (M. Z.)

Mientras todo esto ocurre, los marineros de la Salvamar Hamal limpian la lancha y se quitan los monos blancos de trabajo, ajenos a la burocracia que se activa cuando un migrante pisa suelo español ilegalmente. “Nuestro papel acaba aquí”, reconoce Manolo, compañero de Sergio.

Manolo Pineda es marine, pero colgó el uniforme de soldado para rescatar personas en el mismo elemento donde había pasado media vida. “Me di cuenta de que lo que yo quería no era hacer la guerra, sino salvar vidas. Mi sitio estaba aquí”, cuenta a bordo de la lancha. “¿Si es duro? Claro que es duro. A veces sales y das vueltas, das vueltas y nada, no los ves, no los encuentras. O solo queda una balsa pinchada… Ahí es duro”. Confiesa que lo que más le cuesta son los menores y que por ese motivo ha tenido que recurrir al psicólogo de la organización en una ocasión para saber cómo abordar los peores momentos. “Tengo una hija pequeña, y cuando les ves, pues lo piensas… Pero es aprender a desconectar, a centrarte en que les has salvado, y ya está. Ni en lo que pasa antes ni en lo que pasa después”.

Sergio coincide con él, aunque en alguna ocasión sí ha mantenido contacto con personas que ha rescatado. Tiene solo 23 años y había sido socorrista antes, pero su vocación viene sobre todo del activismo. Antes de Salvamento pasó por Open Arms, en Lesbos, y lo primero que le llamó la atención con el cambio fue la diferencia de trato a los inmigrantes entre ambos barcos. “Recuerdo que en mi primera salida con Salvamento, cuando nos acercamos a la patera, les saludé con el brazo, y uno de mis compañeros me dio y me dijo que no lo hiciera. Yo flipé, porque estaba acostumbrado a sonreírles, decirles que todo iba a ir bien… Luego lo entiendes, porque cuando te ven se alegran mucho y se ponen de pie todos de golpe. Y eso es lo peor para que la patera se hunda y de repente tengas a 50 tíos en el agua”.

Sergio, con Aysha, en el barco de Salvamento de Motril. (Cedida)
Sergio, con Aysha, en el barco de Salvamento de Motril. (Cedida)

Los miembros de Salvamento se amarran a una barra fija al barco con arneses, y tienen prohibido lanzarse al mar en pleno desembarco si alguien se ahoga. “Somos el único equipo de salvamento de Europa que no tiene trajes de neopreno, no tiene sentido”, se queja Sergio. Salvamento Marítimo depende del Ministerio de Fomento, y en el 95% de las ocasiones en que interviene en la zona es para rescatar a inmigrantes a la deriva. Y aunque tradicionalmente era en verano cuando las alertas se multiplicaban, la estacionalidad de la llegada de embarcaciones es cada vez más aleatoria.

A veces sales y das vueltas, das vueltas y nada, no los ves, no los encuentras. O solo queda una balsa pinchada… Ahí es duro

En subir a todos los migrantes a bordo tardan, de media, un minuto por cada 50 personas. Un minuto para subir a pulso, entre dos personas, a todos los tripulantes. Pero Sergio recuerda especialmente un rescate que se alargó más de la media. “Era un día con olas de tres metros y cuatro pateras en alta mar. Y que no les veíamos, no había manera, y ya teníamos que volver. Sabíamos que si se quedaban ahí no iban a conseguirlo, pero no podíamos hacer nada. Íbamos todos callados en el barco, destrozados… Y de repente vemos una luz, una linterna de móvil. Justo enfrente. Era una patera. ¡¡Y justo detrás otra!!”. Ese día tardaron ocho minutos en sacar a 67 personas por las condiciones del mar.

Manolo, en la cabina del Salvamar Hamal. (M. Z.)
Manolo, en la cabina del Salvamar Hamal. (M. Z.)

Si son subsaharianos, explica, siempre suelen venir en embarcaciones con más de 35 personas. En el barco han llegado a subir hasta un centenar, cuando son embarcaciones grandes o se juntan varias pateras. Si son marroquíes, sin embargo, rara vez superan la treintena. Cuando acaban el traspaso, remolcan el barco o lo hunden si no se mantiene a flote, como ocurrió este sábado con la barca de fibra.

Les dan una brújula de plástico, y les echan al mar. Ni siquiera saben cómo funcionan

Las mujeres suelen ser el elemento que usan los equipos de rescate para identificar a los grupos. Al ser pocas las que viajan, es una manera de rastrear que cierta patera con cierto número de mujeres que ha salido de África es la misma que ha sido rescatada. Los activistas y organizaciones que se encargan de avisar a España de la salida de las embarcaciones suelen aportar también el nombre de alguna de las mujeres a bordo para identificar todavía mejor la embarcación. Cuando se aseguran de que están fuera de aguas africanas, llaman a las autoridades españolas y les dicen de dónde han salido y la hora. Con esa información, desde la torre de Almería calculan la zona de rescate para avisar a la lancha de Salvamento de Málaga, Almería, Melilla o Motril, aunque la Salvamar granadina es la que más sale.

Manolo (centro) junto a dos compañeros en la zona del barco desde donde suben a los rescatados. (M. Z.)
Manolo (centro) junto a dos compañeros en la zona del barco desde donde suben a los rescatados. (M. Z.)

El equipo de Salvamento Marítimo de Motril lo componen 12 personas, que se organizan en cuatro grupos con turnos de tres días a la semana de trabajo y tres de libranza. Si no están en el puerto y tienen guardia, no se separan de un robusto móvil que les avisa de las emergencias. No pueden alejarse más de 10 minutos del barco ninguno de los días de trabajo. “Antes hacíamos siete de guardia y siete de libranza, y era una paliza porque empezó a haber tanto volumen todos los días que no parabas en ningún momento”, explica Manolo mientras enseña en la cubierta del Hamal las redes e instrumentos que utilizan para sacarles del mar. “Lo primero que hacemos es dividir hombres y mujeres para evitar problemas y que vean que tienen que mantener cierto orden”. En junio, Motril duplicó la cantidad de inmigrantes llegados a sus costas —1.027 personas— comparado con el mismo periodo del año anterior, que a su vez, duplicó el del anterior.

“Además, cada vez llaman desde más lejos, antes íbamos a buscarlos cerca de la costa, pero ahora tenemos que ir hasta el mar de Alborán. Les dan una brújula de plástico, y les echan al mar”, narra Manolo. “Ni siquiera saben cómo funciona, y dan vueltas y vueltas hasta que se les acaba la gasolina”. Cuando les ven llegar, cuentan, la alegría es el sentimiento general si son subsaharianos. “Ellos saben que se quedan, por eso en cuanto tienen cobertura llaman, pero los marroquíes lo evitan”, comparte Sergio.

La Salvamar Hamal, llegando al puerto de Motril el pasado sábado (M. Z.)
La Salvamar Hamal, llegando al puerto de Motril el pasado sábado (M. Z.)

“Cuando ya estamos en el barco, me pongo a hablar con ellos, chapurreo algo de francés y llevo preguntas traducidas en el móvil también en árabe. Les pregunto de dónde han salido, por dónde han pasado, cuánto han pagado…”, explica. Así, dice, aprende sobre cómo funcionan las mafias y los cambios en las rutas de los inmigrantes que ponen rumbo a Europa huyendo de la guerras y la pobreza. “Pero otras veces te preguntan a ti. Te dicen que dónde tienen que ir para que les den trabajo. Están felices porque creen que ya está, que ya todo va a ir rodado. Y tú… pues intentas decirles con tacto que no va a ser así, les preparas un poco para lo que les viene… Pero tampoco puedes obsesionarte con qué les pasará después. Al fin y al cabo, ese no es nuestro papel”.

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