repostería de clausura

Los 6.000 kilos de dulces de Navidad que salvan los conventos de la ruina

La muestra anual se ha convertido en Sevilla en una tradición para ayudar a las 523 monjas de clausura que viven, en la mayoría de los casos, en la pobreza más absoluta

Foto:  Fotografías: Juan Bezos.
Fotografías: Juan Bezos.

Es el martes previo al puente de la Inmaculada y el salón del Palacio Gótico del Alcázar de Sevilla está repleto de dulces. Dos enormes hileras de mesas a ambos lados de la majestuosa sala aguardan a los visitantes. Vecinos y benefactores de las monjas de clausura de Sevilla o ellas mismas al volante han traído su mercancía durante todo el día. Un total de 6.000 kilos de dulces de 270 variedades que se han convertido en los últimos años en el principal sustento de unas religiosas que son pobres de solemnidad. Con ellas en Sevilla, casi tanto como con la iluminación de las calles, empieza la Navidad.

Todo comenzó en 1985, hace ya 32 años. Entonces María Luisa Fraga, autora de una tesis doctoral sobre los conventos desaparecidos durante la desamortización de Mendizábal, 'Conventos femeninos desaparecidos en la Sevilla del XIX' -fueron 11 en total-, inauguró esta muestra en el Instituto Francés. Después pasaría por el Palacio Arzobispal y la Catedral hasta llegar a los Alcázares.

La pionera, María Luisa Fraga

Fraga Iribarne, hermana del político gallego y uno de los padres de la Constitución, recaló en la capital andaluza de la mano de su marido, catedrático de Derecho Civil, y fue la que se encargó de mostrar en la 'Guía de dulces de los conventos sevillanos de clausura' las joyas que hoy siguen ocupando las mesas y que seguro que deslumbrarían al mísmismo Jordi Roca, gurú del dulce con estrella Michelin. Hoy la memoria de esta mujer gallega de origen es muy frágil pero seguro que no podía ni aventurar que, de su mano, una parte importante del puente de la Constitución en Sevilla tendría el sello de las monjas de clausura.

Junto a ella, en el comité organizador estuvo otra pionera, Claudia Rodríguez, y es hoy su hija Claudia Hernández una de las que está al frente de las 120 voluntarias que se colocan el mandil del Ora et Labora, que acuñó San Benito, para ayudar a estas religiosas. Ellas se declaran admiradoras de la dedicación y la labor de las contemplativas. Las visitan a lo largo del año y saben de sus necesidades. En Sevilla y su provincia hay 35 conventos de clausura con 523 monjas. “Ellas son pobres, pobrísimas. Apenas comen galletas y patatas y lo que les llevan del Banco de Alimentos, que en muchos casos reparten a los pobres que no paran de llamar a sus puertas”, cuenta Claudia. A las clarisas de Santa María de Jesús, en la calle Águilas de Sevilla, les preguntó qué necesidades personales tenían y pidieron “comida para los pobres”. A veces la cola da la vuelta a la calle. En Santa Inés tampoco para de sonar el timbre... Lo que tienen, lo dan.

Conventos en ruinas

La mayoría de los conventos está en ruinas o se caen a cachos. Las monjas no pueden mantenerlos. Algunos, declarados Bien de Interés Cultural (BIC), están protegidos y deberían ser restaurados con fondos públicos a través de la Consejería de Cultura del Gobierno andaluz. Hay más de un litigio con el Ejecutivo andaluz por este asunto. Hace poco la Consejería de Cultura abrió un expediente por 170.000 euros a las religiosas del Convento de Santa Inés, que habían dejado salir el órgano de Maese Pérez -según la leyenda de Bécquer-, patrimonio protegido como BIC, sin permisos para ser restaurado en un taller sevillano. Parte de la ciudad se volcó con las religiosas.

Otras congregaciones son capaces de llegar a acuerdos con administraciones como el Ayuntamiento de Sevilla, como ocurrió con el monasterio de San Clemente, restaurado en las proximidades de la Expo 92 a cambio de la cesión de salas para uso municipal. Pero la mayoría no tienen cómo salir de la ruina. La Archidiócesis de Sevilla atiende necesidades puntuales cuando son muy urgentes pero la Iglesia no asume el coste de la restauración de estos edificios. Hay plataformas de voluntarios que promueven el micromecenazgo.

Las religiosas viven en conventos ruinosos cuyas facturas no pueden pagar y tienen serias dificultades para cotizar todos los meses

“No puedes cerrar los conventos y meter a 20 monjas en un piso. Ellas son el pulmón de la Iglesia, las que consagran su vida a la oración, nadie más lo hace”, defiende Claudia. La mayoría de las voluntarias saben bien cómo viven las religiosas. Se levantan a las seis de la mañana para rezar, desayunan sobre las 9.30 y comienzan a trabajar. Después de almorzar tienen un pequeño recreo. En algunos de los claustros y patios de esos enormes conventos sevillanos te puedes encontrar un aro de baloncesto o una bicicleta estática para hacer ejercicio. Y siguen rezando.

La mayoría de las monjas son ya muy mayores, dependientes, y necesitan de cuidados que les proporcionan las más jóvenes. Cada vez vienen más vocaciones de fuera, africanas, indias, sudamericanas, sobre todo de Colombia y México, aunque sigue habiendo hermanas nacidas en los pueblos donde se ubican los conventos. La madre abadesa de las clarisas de Alcalá es del pueblo, como es española la de las agustinas de San Leandro o la de Santa María del Socorro, que es sevillana de la Macarena.

El miércoles, la muestra anual de dulces de conventos ya tenía colas de sevillanos y turistas en el Patio de Banderas. Como cada año vuelve a ser un éxito. Sólo en dos ocasiones en plena crisis, cuentan las voluntarias, no lograron agotar las existencias. Cada convento tiene un encargado y varias voluntarias, hay cajeras, tesoreras, cartoneras... Un ejército de mujeres bien organizadas que saben que de lo que vendan vivirán las monjas buena parte del año. Ellas hacen dulces los 12 meses y los tienen puestos a la venta en su conventos, pero la Navidad es la temporada alta. “Lo que queremos transmitir es que el torno está siempre ahí. Necesitan que las ayudemos”, apostilla Claudia Hernández.

Por WhatsApp y 'mail'

La cosas han cambiado mucho desde que hace 32 años María Luisa Fraga puso en marcha la muestra cuando las religiosas fueron obligadas por vez primera a cotizar mensualmente a la Seguridad Social para tener asistencia médica. Entonces todo se hacía por papel y en albaranes que daban cuenta rigurosa a los conventos de sus ingresos. Hoy las monjas manejan WhatsApp y 'mails' y cada una de estas noches -se puede acudir a comprar hasta el 9 de diciembre- recibirán puntual cuenta de las existencias vendidas y cuánto suman. Ellas, ahí dentro de sus conventos, rezando, casi invisibles para gran parte de la sociedad, están al día de todo, cuentan las voluntarias. Se interesan por el mundo exterior y rezan por todos. “No te creas, que ellas saben perfectamente quién es Puigdemont y del problema catalán”, bromea Claudia.

El paseo seguro acaba en compra. Bollitos de Santa Inés con receta del siglo XVII o yemas de San Leandro, que son sin gluten, y en cuyo convento se han hallado facturas de azúcar o harina del siglo XV. Entonces las monjas eran ricas, llegaban con grandes dotes y recibían importantes herencias. Elaboraban dulces para regalar y agasajar a sus benefactores. Hoy, lo hacen para sobrevivir. Pero con el mismo primor, amor y cuidado al elegir la materia prima o hacer las elaboraciones, cuyas recetas pasan de unas manos a otras con mucho sigilo. Sin conservantes ni colorantes. Incluso sin azúcar o sin lactosa, en un intento de las religiosas de adaptarse a los nuevos tiempos y los nuevos gustos. Polvorones, marrón glacé, mermeladas, bizcochos, pestiños, tortas... “Una dulce manera de ayudar” a estas monjas, que viven “de su trabajo y de la limosna”, a cubrir durante una temporada sus necesidades más básicas.

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