El mal andaluz: de los apellidos de toda la vida al clientelismo político
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DIAGNÓSTICO ANTE EL 28-F

El mal andaluz: de los apellidos de toda la vida al clientelismo político

Un ensayo del historiador Carlos Arenas intenta dar respuestas al atraso andaluz y a los motivos por los que Andalucía sigue a la cola de todos los indicadores europeos

placeholder Foto: El Parlamento andaluz, en la celebración del Día de Andalucía de 2014. (EFE)
El Parlamento andaluz, en la celebración del Día de Andalucía de 2014. (EFE)

Mientras los políticos se ponen las pinturas de guerra blanca y verde para celebrar un Día de Andalucía, convertido en un campo de batalla más, y desempolvan datos y estadísticas para darle en la cabeza al contrario, encuentra hueco un voluminoso ensayo, publicado por el Centro de Estudios Andaluces de la Junta de Andalucía, en el que el doctor en Historia Carlos Arenasreflexiona sobre lo que llama “el capitalismo andaluz”. Por qué Andalucía sigue en el furgón de cola en lo que se refiere a cualquiera de las variables que miden el bienestar y la riqueza o por qué, como en 1986, sigue ocupando uno de los últimos puestos en el 'ranking' de las regiones europeas. Esas son las preguntas que dan pie a un ensayo de más de 600 páginas tras el que se esconden cuatro años de trabajo de este profesor de Historia Económica de Andalucía.

Ante esas preguntas se pueden “echar balones fuera y defender que el crecimiento ha sido importante en términos absolutos”. También se puede sostener que las políticas de cohesión europeas han sido “una trampa”, se han demostrado fallidas y que ninguna de las regiones marcadas como Objetivo 1 han conseguido salir del grupo de las atrasadas. Incluso se pueden seguir alimentando “actitudes autistas a las que estamos acostumbrados” y sostener que Andalucía ha sido víctima de su papel periférico y dependiente en el capitalismo europeo o mundial. Cualquiera de estas respuestas, admite Arenas, sería cierta pero no cambiaría nada.

Segunda modernización

Los anuncios televisivos y las cuñas de radio que estos días bombardean a los andaluces dentro de la publicidad institucional del 28-F abundan en la imagen idílica, aunque ya no se atreven con la “Andalucía imparable” de años atrás. Nadie habla de la 'segunda modernización' que abrazaron los socialistas en 2001 en una comunidad con un 35% de paro e indicadores de renta y riqueza que deberían avergonzar a la clase política y a las élites sociales y económicas de la región. El profesor Arenas habla por encima de todo esto. “Andalucía es la sociedad más desigual de España. En los últimos 30 años ha crecido y ha avanzado en términos absolutos, por supuesto, pero el diferencial de renta respecto a España y Europa se mantiene. En el capitalismo extractivo las bases institucionales no han cambiado. Antes mandaba el señorito en su pueblo y ahora mandan las grandes empresas nacionales o extranjeras y la banca foránea, que aconseja un determinado modo de hacer las cosas al Gobierno andaluz. La modernización de Andalucía ha existido en términos absolutos pero no relativos y la mayor responsabilidad es del Gobierno”, apunta.

El capitalismo andaluz que describe este profesor en su obra hunde sus raíces a finales de la Edad Media, “desde el señor de la guerra, desde la conquista de Al Andalus”. Y se va reproduciendo a lo largo del tiempo “siempre en beneficio de los que mandan”. En Andalucía, “los interlocutores del poder no pueden ser solo las grandes empresas, las compañías internacionales y los apellidos de toda la vida”, censura. Llama la atención este comentario en una comunidad que se ha jactado de su paz social, de sus acuerdos de concertación social durante décadas, implicando a sindicatos y patronal por igual en la política económica y regando a los agentes sociales y económicos de miles de millones de fondos públicos. “¿La concertación social? Una cosa es dar interlocución de verdad a las pymes y las cooperativas y otra dar interlocución a los representantes de estos, a los sindicatos, que al final a lo que se han dedicado es a reforzar el modelo de capitalismo existente. Lo de la concertación de aquí es para pensárselo. Hay muchos trabajos escritos sobre esto”, apunta el autor de 'Poder, economía y sociedad en el sur. Historia e instituciones del capitalismo andaluz'.

La codicia de caballero medieval de Jesús Gil

El historiador elude referirse a los casos de corrupción que actualmente están en los tribunales, como los ERE o el fraude de los cursos de formación. En su obra un capítulo disecciona el fraude, el abuso de poder y la corrupción desde el Antiguo Régimen hasta la Andalucía de hoy. “Entre la codicia de un caballero medieval y la de Jesús Gil en Marbella existen enormes diferencias formales, pero también indudables paralelismos, entre los que destaca la utilización del poder municipal en beneficio propio”, escribe en sus páginas.

En Andalucía el que no tiene padrino no se bautiza. Ocurría en el siglo XII con el señor de la tierra y se ha traducido hoy en clientelismo político

Otro de los capítulos más amplios está dedicado al “clientelismo como piedra angular de la economía andaluza y uno de los grandes frenos al desarrollo, porque la gente piensa que las cartas están ya dadas”. “En Andalucía desgraciadamente el que no tiene padrino no se bautiza. Eso era antes con el señor de la tierra en el siglo XIII y de 40 años para acá se trata de organizarse en pequeños círculos y rodearse de personas importantes, con el clientelismo de los partidos. Se ha sustituido el clientelismo personal por el clientelismo de partido”, afirma Arenas. “Quien quiere ir por libre, desarrollarse y emprender conforme a su valía personal se da cuenta de que las cartas están marcadas, el progreso personal depende de las relaciones clientelares”, agrega. Tampoco elude uno de los asuntos que más molesta al PSOE en esta comunidad. “El voto cautivo es una manifestación más de ese clientelismo. En cualquier pueblo un partido político, sea PSOE o PP, busca clientes. Al político le sale muy barato, los favores que hace los pagan todos los contribuyentes y el interés o el beneficio es sólo para el partido”, describe gráficamente.

Los constructores, mayoría en las fotos de familia

El libro se detiene también en la última crisis económica, que se convierte en “aguafuerte goyesco” si se mira la realidad andaluza. Una economía aún más dependiente de la construcción, una crisis del ladrillo aún más devastadora en esta región y una depresión económicaque “ha dilapidado la tímida convergencia andaluza experimentada en los años del 'boom' inmobiliario”.“Se acabaron ya las propagandísticas y sucesivas modernizaciones que anunciaban los gobiernos de la Junta”, escribe el autor. “Aquí siempre se ha apostado por actividades que hagan caja y con mano de obra barata, la construcción o el turismo. Eso es lo que da dinero”, apunta como uno de los rasgos del empresariado andaluz. “Cuando se ha retratado a los grandes empresarios andaluces en las tomas de posesión de los presidentes autonómicos, la foto siempre arrojaba una mayoría de constructores”, señala.“Mirando la historia como un águila, desde arriba, el andaluz ha sido un empresariado muy rentabilista, siempre buscando el capital y las apuestas en los negocios más rentables a corto plazo, y siempre marcado por la cercanía al poder político y la búsqueda de subvenciones o políticas que lebeneficiaran es una constante en la historia de Andalucía”, sostiene el autor en su conversación con El Confidencial.

Frente a “un empresario de tipo medio, que innova,pero tiene una presencia muy escasa, predominan las pymes que malviven o las grandes empresas”. Y después está el mal andaluz de “los apellidos de toda la vida”. “Los Alba siguen siendo los primeros receptores de las subvenciones de la PAC en España. Ahí están los Domecq, los Mora-Figueroa... son muchos. Establecen redes endogámicas de relaciones que vienen desde muy antiguo. Ahora hay un ‘mix’ de todo esto. Se repiten las circunstancias. Antes eran los grandes apellidos, en los sesenta, muchas de estas familias se endeudaron y sus empresas quedaron en manos de multinacionales. Ahora hay una mezcla de intereses entre esas grandes familias y estos grupos foráneos, al final siguen ahí, mandando”. Tampoco deja el autor en buen lugar a la banca y el poder financiero en Andalucía. “La banca entra en los negocios en los años sesenta, siempre pegada al privilegio de las grandes familias y las empresas más importantes y pasa de ser acreedora a propietaria de sus negocios”, describe el profesor de Historia Moderna. El papel de las cajas de ahorros en la comunidad merece un capítulo aparte, con entidades controladas políticamente, enredadas en las rencillas localistas tan propias de Andalucía, al servicio de la Junta y centradas en la financiación del sector de la construcción.

No siempre ha sido así. La decadencia andaluza es del último tercio del siglo XIX. Hasta entonces Andalucía era la región más rica de España en términos absolutos y relativos y contaba además con una economía diversificada, había industria, mina..., aunque era básicamente agraria. “Durante el nacionalismo económico construido por Cánovas, cada región se especializa en lo que tradicionalmente es más rentable. Andalucía vuelve a quedar en manos de los grandes latifundistas. Esto es imposible que funcione, pero el señor andaluz se conforma con el papel asignado y busca sacar beneficios de la mano de obra del campo. Nadie se queja tampoco cuando en los cincuenta y los sesentamás de un millón de andaluces se va a engrasar el mercado de trabajo de esas otras regiones avanzadas, industriales, como Cataluña o el País Vasco”.

En Andalucía no ha sido ocioso el trabajador, sino el capital. Si no, que pregunten en Cataluña y Alemania por los andaluces emigrantes

“Andalucía es el patio trasero del país y en parte lo sigue siendo”, lamenta este historiador en una proclama que no se oirá en ninguno de los numerosos actos institucionales previstos para la próxima semana. Pero lejos de abundar en el tópico que sigue persiguiendo al andaluz ocioso, vago e indolente, el autor proclama: “Lo que en Andalucía ha sido ocioso no es el trabajo ni el trabajador, es el capital. Si no, que pregunten por los trabajadores andaluces en Cataluña o en Alemania. Aquí el trabajo ha sido mayoritariamente precario, mal remunerado y temporal”, advierte con claridad. Y sí, hay soluciones, escribe como epílogo. Pero requieren cambios de calado y profundos que no se atisban en el horizonte para acabar con esa distribución desigual de la riqueza marca de la casa andaluza.

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