los acusados están en libertad con cargos

‘Pasos Largos’, el cautivo del palomar

El caso de malos tratos familiares a un enfermo mental al que sus hermanos tuvieron años retenido en condiciones inhumanas conmociona a la localidad sevillana de Dos Hermanas

Foto: Momento en el que la Policía encuentra al vecino en el palomar. (EFE)
Momento en el que la Policía encuentra al vecino en el palomar. (EFE)

“Nosotros sí sabíamos que estaba ahí. Llevábamos mucho tiempo sin verlo. Ocho años por lo menos. Le preguntaba al hermano y siempre decía ‘está bien, está bien’ pero no se le veía”. Una de las vecinas de Carlos Ríos, el hombre de 54 años que fue descubierto retenido en condiciones inhumanas el pasado 16 de diciembre, confiesa que lleva unas cuentas tilas desde que saltó la noticia. No quiere hablar mucho. Dice que tiene faena por hacer en la casa y que no da pie con bola con tantos medios de comunicación arremolinados a las puertas de su domicilio. “¿No os cansáis?”, se pregunta mientras trata de abrir con prisas el portón de su casa.

Durante casi diez años fue supuestamente ajena al horror con el que convivía frente a frente. Jamás, asegura, podía haber imaginado lo que este martes vio en la televisión. Unas piernas exageradamente delgadas, piel con huesos, estiradas sobre un colchón lleno de mugre, rodeadas de botellas y garrafas donde el enfermo que fue prisionero de sus hermanos hacía sus necesidades. “Qué lastima, qué lastima”, murmura antes de cerrar la puerta. Se asoma y se despide: “¿Cómo íbamos a saber que lo tenían así?”. Esa misma mañana, sobre las nueve, vio salir del domicilio al hermano detenido, de 76 años. Él sí despierta temor en el vecindario. “No está muy bueno”, dice Paqui, que transita la calle a diario. Sobre él ya pesan todo tipo de acusaciones indemostrables. Está en libertad con cargos acusado de detención ilegal, malos tratos en el ámbito familiar y contra la integridad moral. Los mismos delitos que pesan sobre otra hermana, de 61 años, que vivía a poca distancia, en una calle próxima, que aseguró a la Policía que tenía a los dos “bajo su cuidado” y que era la responsable de administrar la pensión de 1.000 euros mensuales que recibía el cautivo.

A escasos metros, en otra casa, en 2013 un hombre diagnosticado con esquizofrenia paranoide mató a sus padres y sus hermanas de un sinfín de puñaladas

La calle huele a comida, a lentejas para más señas. “A muerte, esta calle huele a muerte”, apostilla otra señora cargada de bolsas. A escasos metros, solo a seis números pares de la vivienda que hoy señalan los vecinos al pasar, tras una fachada mucho más ostentosa, de una familia mucho más pudiente, el pasado 28 de febrero de 2013 un hombre de 34 años de edad y diagnosticado con esquizofrenia paranoide mató a sus padres y sus hermanas de un sinfín de puñaladas. Fue eximido de entrar en prisión por enajenación mental y hoy está supuestamente recluido en un centro de salud. Casualidad pero a la vía San José de Dos Hermanas, una zona céntrica, a escasos metros de tiendas llenas de gente haciendo compras y a un paseo corto del Ayuntamiento, le costará mucho tiempo quitarse la etiqueta de calle de los horrores. Tras la fachada de un casa de una sola planta, de cal blanca y un llamativo zócalo amarillo, parcheada con azulejos dispares, dos agentes de la Policía Nacional descubrieron lo inimaginable.

La fachada de la casa donde la policía encontró a Carlos Ríos. (EC)
La fachada de la casa donde la policía encontró a Carlos Ríos. (EC)

“Se encontraron con un hombre que era la viva imagen de un prisionero de campo de concentración nazi”, narra una fuente oficial del Ayuntamiento de la localidad nazarena. Se suceden los calificativos del horror. Secuestrado, extremadamente delgado, desnutrido, lleno de llagas y bultos, en un estado higiénico sanitario lamentable, tercermundista, que durante varias semanas estará ingresado recuperándose en el vecino Hospital de Valme. Su partida de nacimiento dice que nació en 1961. No consta en los registros ninguna visita al médico desde 1996. Dos décadas sin tratamiento médico. “Qué va a ser de mi Carlos cuando yo no esté en este mundo”, se preguntaba a menudo su madre. Ella era una mujer “buena”, coinciden vecinos, curiosos y transeúntes. “No era muy limpia, es verdad, pero era buena”, asegura otra anciana que fue “su amiga” y que no quiere dar su nombre. Falleció hace ya años, ocho, diez, once, no hay acuerdo entre sus conocidos. En la casa quedaron viviendo cuatro hermanos. Dos varones y dos mujeres. La otra hija que “era igual de buena que su madre y más normal” también falleció. “Pasó mucho en vida y calló más. No sé cómo el marido se atreve a pasearse”, deja caer Loli, que suelta su sentencia y ni se detiene en el corrillo.

“Se encontraron con un hombre que era la viva imagen de un prisionero de campo de concentración nazi”, narra una fuente oficial del Ayuntamiento

El horror se destapó por casualidad. Era la segunda vez que los agentes de la Policía Nacional acompañaban al hermano de Carlos Ríos, la víctima y diagnosticado con una enfermedad mental, borracho a su domicilio después de que les alertaran de que estaba “molestando en la calle”. Como era “reincidente” le acompañaron a su casa para asegurarse de que se quedaba en el interior de la vivienda. Allí empezaron a saltar las alertas. Tras el primer portón había una segunda puerta cerrada a cal y canto, con cadenas, un candado y un pitón de moto. La Policía extrañada preguntó por el motivo de tantas medidas de seguridad y el hombre, ebrio, les explicó que tenía allí a su hermano enfermo y que cerraba todo para que no se saliera a la calle.

Una tercera puerta, entre el salón y el patio, también estaba llena de cadenas y candados. Los agentes ya dejaron claro que querían ver al hermano. Para ello fueron conducidos a una especie de palomar, una habitación insalubre construida en la azotea. Cuando descubrieron la dantesca estampa llamaron a sus superiores. Apareció la hermana, que aseguró que era la que los tenía a su cuidado. Los servicios sanitarios se llevaron al hombre que había estado prisionero años. Sus dos familiares pasaron a disposición judicial y están en libertad con cargos. Según fuentes policiales, sí hubo vecinos que aseguraron intuir la situación, que sabían que estaba allí encerrado. Nadie dijo nada. “Lo que pasa de puertas para adentro ya sabe queda en la casa”, advierte alguien que vive solo dos casa más abajo. Nadie llamó a los servicios sociales, no se dio ninguna alerta. Había quien suponía que estaba en una residencia. Otros sabían que estaba confinado en la casa.

El palomar visto desde fuera. (EC)
El palomar visto desde fuera. (EC)

Formó parte del paisaje urbano

Tras aquella puerta yacía en una cama ‘Pasos Largos’, un hombre que había formado años atrás parte del paisaje de la localidad y cuya desaparición no fue alertada por nadie. A muchos vecinos de Dos Hermanas les saltó su imagen a la cabeza tras conocerse el suceso. Con la cabeza rapada, barbas largas de talibán, andando a grandes zancadas y siempre con un cigarro a dos cuartas de la boca, al que daba caladas cortas en una secuencia infinita y repetida mecánicamente.

‘El loco Río”, El Momia’ o ‘El Mecedora’, por su balanceo, eran otros de los motes con los que lo bautizó el pueblo. En verano se tumbaba en una plaza cercana con dos chalecos y un abrigo largo y en invierno lo mismo se paseaba en tirantes. Para él no existían las estaciones del año. “Estaba mal de la cabeza pero no daba problemas. Como mucho se miraba en los cristales de los coches y se ponía a hablarse dando gritos. A lo mejor respondía a los chiquillos si se metían con él pero no era agresivo”, recuerda Juan, otro vecino, “a mi mujer le daba miedo y yo le decía tranquila, que no hace nada”. Él sí conoce al detenido. “Un borrachín, un solterón”, describe. “Iba con una motillo siempre cargada de sacos de hierba. Tendría conejos”, se imagina. “Paraba mucho en la taberna de aquí al lado y en la Venta de los ‘Cazaores’. Trabajaba en el campo, en las huertas, en lo que le salía y tenía pájaros. “Era gente muy rara, muy cerrada, yo llevo 50 años pasando por aquí y siempre estaba la puerta cerrada”, asegura Ana. Recuerda al hermano detenido vendiendo pájaros disecados en un mercadillo.

En verano se tumbaba en una plaza cercana con dos chalecos y un abrigo largo y en invierno lo mismo se paseaba en tirantes. Para él no existían las estaciones

Gloria lleva nueve años viviendo en el pueblo y también se para. “Sabían lo que estaban haciendo. Para ir a cobrar los 1.000 euros todos los meses no tenían problemas. Para eso tenían muy bien la cabeza, ¿no? Pues yo digo que los encierren como mínimo el tiempo que ellos han tenido encerrado a su hermano”, suelta con rotundidad, “que hagan lo mismo con ellos”.

Antonio Morán, delegado de Movilidad y Prevención Social en el Ayuntamiento de Dos Hermanas, asegura que Carlos no volverá a su domicilio. Los servicios sociales le buscan una alternativa, una residencia o algún lugar al que regresar cuando salga del hospital. Quizás dentro de semanas vuelva a pasearse por el pueblo, dando largas zancadas y con un pitillo expirándose a veloces caladas. Sólo él sabe cómo ha sido su cautiverio. De momento, no habla, no cuenta nada congruente. A Pasos Largos lo echaron de menos pero nadie se preocupó de saber cómo estaba. “Esto te remueve por dentro. Ni a un perro se le trata así”, se despide otra mujer tras pararse frente a la casa y mientras se lleva las manos a la cabeza.

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