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Machismo sin fronteras: de Epstein al "DAO"
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Antonio Casado

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Machismo sin fronteras: de Epstein al "DAO"

El pecado de agresión sexual no reconoce fronteras ni recintos vedados. Y eso da claridad de juicio a quienes defienden la transversalidad del feminismo

Foto: Captura de video del momento de la salida este jueves de su domicilio en Madrid del exdirector adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional. (EFE)
Captura de video del momento de la salida este jueves de su domicilio en Madrid del exdirector adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional. (EFE)
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Salir al paso del machismo que calaba y cala en las estructuras del poder sigue siendo una asignatura pendiente. No lo arregló Eleanor Roosvelt (1884-1962) con sus aportaciones fundacionales a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ni lo va a arreglar ahora Irene Montero en un desahogo antifascista televisado.

A poco que profundicemos en el caso Epstein, de puertas afuera, y el caso "DAO", puertas adentro, tan distintos, tan distantes, desembocaremos en una misma, antigua y verdadera conclusión: el mundo es de los machos sordos al "no es no", aunque este sea "rotundo, verbal, expreso y continuado".

Puede decirse de forma más académica:

Al menos en esta parte del mundo, las sociedades se organizan en torno a la "masculinidad hegemónica", como nos explica la feminista australiana, Raewyn Connell (Sydney, 1944), que asocia el concepto al poder, el control y la competitividad.

El machismo sigue ahí, viendo pasar el tiempo, a la espera de que el respeto a la dignidad de la mujer motive a las clases dirigentes

La agresión sexual no solo es una cuestión de apremios carnales. También es de afán de dominación. Por las buenas o por las malas. Desde la chequera de Epstein a las urgencias hormonales de Errejón. Ahí entra la información confidencial del expríncipe Andrés de Inglaterra a cambio de "lolitas", el beso robado de Rubiales, la mano larga de Paco Salazar, los abusos de Gerard Depardieu o ciertos alcaldes del PP y del PSOE.

Las denuncias se multiplican a medida que las mujeres agredidas acuden a la Justicia. Las últimas cifras son estremecedoras. Las violaciones se han disparado: de 1.382 en 2017 a 5.363 en 2025, según datos del Ministerio del Interior conocidos este viernes. La veda contra los agresores sexuales está abierta y cada vez con mayor lujo de detalles, por sórdidos que sean, como en los casos del archipiélago Epstein o la querella de la inspectora de la Policía Nacional que pone en solfa al ministro Marlaska.

Foto: dao-tardo-tres-horas-en-comunicar-querella

Conviene recordar que el imperdonable pecado-delito de agresión sexual no reconoce fronteras políticas ni recintos vedados. Eso aporta claridad de juicio a quienes defienden la transversalidad del movimiento feminista, por mucho que sus pregoneros/as se lo adjudiquen exclusivamente a la izquierda mientras invitan a la "nueva masculinidad" a alistarse en defensa de la dignidad de la mujer.

Eso ya lo hace Sánchez, reinando sobre una estructura que genera amigos abusadores, tito Berni, ministros que practican el sexo de pago con cargo a fondos públicos, policías que intimidan a la víctima y arropan al jefe violador, etc.

La casuística plantea el reto de combatir, también de forma transversal, sin reparar en diferencias ideológicas, un mal que empapa el tejido social, político, empresarial, sin barreras religiosas o morales. Solo las barreras judiciales están operativas, al menos en España, cuando las víctimas de las agresiones sexuales se deciden a denunciar.

Foto: tito-berni-inspector-investigacion-denuncia-maniobras-proteger-psoe
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Sin embargo, al menos en España, los partidos han convertido el reto en un nuevo motivo de intercambio de pedradas al grito de "y tú, más". Y eso no lleva a ninguna parte porque elude el fondo de la cuestión: el machismo estructural sigue ahí, viendo pasar el tiempo, a la espera de que el respeto a la dignidad de la mujer se acabe consolidado en la agenda de las clases dirigentes.

Salir al paso del machismo que calaba y cala en las estructuras del poder sigue siendo una asignatura pendiente. No lo arregló Eleanor Roosvelt (1884-1962) con sus aportaciones fundacionales a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ni lo va a arreglar ahora Irene Montero en un desahogo antifascista televisado.

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