Si tan firme fuese el muro de Sánchez contra la ultraderecha, como presunta portadora del veneno fascista, el PSOE estaría obligado a impedir el salto de Vox a las instituciones
El presidente de VOX, Santiago Abascal. (Europa Press/Rafael Bastante)
El "no es no" de Vox a la investidura de María Guardiola en Extremadura anticipa el portazo a Azcón en Aragón. En marzo, el de Mañueco en Castilla y León. Y en junio, el de Moreno Bonilla en Andalucía. Se complica, pues, la gobernabilidad en los cuatro territorios con renovable mayoría del PP porque a Vox le renta más esperar a las elecciones generales.
Venderse muy caro es la respuesta de Abascal al plan de Feijóo para tumbar al sanchismo en cuatro golpes, aunque ahora el líder del PP niega haber diseñado ese plan. En declaraciones a El Mundo también niega que su misión en la vida sea echar a Sánchez. "Eso lo decidirán los ciudadanos", dice sin soltar el catecismo de los políticamente correcto.
Ni el uno ni el otro contaba con el subidón de Vox, que amarga las victorias territoriales del PP y puede que también su previsible victoria nacional. Peor es lo de Sánchez. Infló a Vox y desinfló al PSOE. "Se nos ha ido la mano", dijeron los teólogos de la Moncloa. Así, la inestabilidad añadida al sistema cursa como un efecto perverso de ambas estrategias, la del que gobierna y la del que aspira a gobernar.
Feijóo no nos saca de dudas. Habla de acuerdos puntuales con el partido de Abascal ("Tenemos que entendernos") para cambiar España "de arriba abajo". Y no solo para prohibir el burka. Pero nada de coalición, salvo que el mensaje de las urnas le haga cambiar de opinión. Nos suena esto. Cuestión de "líneas rojas" movedizas. La del PSOE es Vox. La del PP es Bildu. Pero la arquitectura moral de Feijóo es más sólida. Un ejemplo: si tan firme fuese el muro de Sánchez contra los presuntos portadores del virus fascista, el aún presidente del Gobierno estaría obligado a impedir el salto de Vox a las instituciones.
Las desestabilizadoras estrategias de Abascal declinarían si el PP pudiera gobernar en los territorios sin las ataduras de Vox
Aquí entra la doctrina del histórico dirigente socialista extremeño, Rodríguez Ibarra: abstenerse en la investidura de Guardiola. Una propuesta extensiva a la gobernación de España. Eso desactivaría la antipolítica de Vox, puesto que el discurso de Abascal contra el bipartidismo (PP y Vox son iguales) no se compadece con un eventual apareamiento de las dos derechas.
En consecuencia, si el PSOE dejara que el PP gobernara sin las ataduras de la extrema derecha (por su ubicación en el espacio ideológico), estaría matando las desestabilizadoras estrategias de Abascal en la venidera lucha por la Moncloa. Por ejemplo, la de seguir toreando al PP porque le compensa esperar a las elecciones generales sin que estas le pillen gobernando.
Se entiende. Si Vox va de partido antisistema es normal que gane votos castigándolo desde fuera y que los pierda si se compromete con las instituciones. No obstante, los de Abascal pregonan su deseo de gobernar. Es una coartada para justificar el hecho de que, desde su espantada autonómica del verano de 2024, piden el voto y luego no quieren entrar en los gobiernos. Por eso piden la luna en las negociaciones, con la absurda pretensión de que el primero se rinda a las políticas del tercero. Y es lógico que el PP no esté por el cambio de papeles.
Volviendo a la propuesta de Rodríguez Ibarra, que también es la del alcalde de Mérida, Antonio Rodríguez, y otros que la defienden en voz baja, la verdad es que no está ni se la espera en la dirección del PSOE.
Lástima, porque ese "no es no" de los socialistas es tan desestabilizador como el "no es no" de Vox a entrar en gobiernos regionales con el PP antes de las elecciones generales. En el caso del PSOE, además, es incompatible con sus continuas referencias a Vox como enemigo del pueblo.
El "no es no" de Vox a la investidura de María Guardiola en Extremadura anticipa el portazo a Azcón en Aragón. En marzo, el de Mañueco en Castilla y León. Y en junio, el de Moreno Bonilla en Andalucía. Se complica, pues, la gobernabilidad en los cuatro territorios con renovable mayoría del PP porque a Vox le renta más esperar a las elecciones generales.