Si olvidamos las escalas en calibre y potencia de tiro de los dos personajes, sería imposible glosar el televisado discurso-balance de Trump sin dejarse tentar por el paralelismo con el televisado discurso-balance de Sánchez. Realidad tuneada al gusto del "puto amo". Autobombo sobre mentiras para vendernos al Gobierno ideal después de un año "más que perfecto".
Hoy toca aparcar la convulsionada política doméstica y centrarse en la parte que más nos afecta del estrafalario presidente de los EEUU. La que apoya a los partidos gamberros que, según él, podrían impedir el hundimiento de la civilización en la Vieja Europa. La que mira a la "blandengue" UE como un bloque de países abocados a la autodestrucción. O a la irrelevancia, en el mejor de los casos.
Trump se ofrece a salvarnos de nosotros mismos por integración en sus paraísos artificiales resultantes de la monetización de la realidad. O de la derogación del fenómeno migratorio como caballo de Troya que solo aporta drogadictos, asesinos y enfermos mentales. Y al buenismo inspirado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), cierra la muralla.
Así es tan invasivo relato. Ofrece su apoyo a las fuerzas europeas concertadas contra las tendencias heréticas que asedian a una Europa deficitaria en testosterona. Sugiere algo más inquietante: unos presuntos planes (especie de adenda secreta de la Estrategia de Seguridad Nacional) destinados a promover la escisión de países receptivos al discurso de la Casa Blanca, como Hungría, Polonia, Eslovaquia, Chequia, Austria, e incluso la Italia de Meloni. Se les ofrece un rescate que les libre de esa Europa decadente en camino hacia su propia ruina y que, si hace falta, ojo al dato, antes o después, habrá que combatir para salvar eso que llamamos "civilización".
Es un matón de barrio. Dígase con la misma libertad que Trump llama estúpida a la periodista que pregunta lo que no debe
Trampa para osos porque el poder de Trump no se asienta sobre ninguna de las tres columnas que sí sostienen a los pueblos soberanos de la civilizada Europa. Una es el Derecho. O sea, el respeto a la ley. Trump tiene el dudoso privilegio de haberse convertido en el primer presidente norteamericano estigmatizado por su condición de delincuente. No solo por las ejecuciones extrajudiciales en alta mar, que no necesitan de proceso alguno para verificar su carácter delictivo. Con toda propiedad se le puede llamar así desde que, en vísperas de su segunda llegada a la Casa Blanca, fue condenado judicialmente por haber cometido más de treinta delitos (caso Stormy Daniels).
La segunda columna, de estirpe griega, es el imperio de las urnas. Es decir, la democracia, mal casada con el instigador del asalto al Capitolio en enero de 2021. Y la tercera es el Humanismo Cristiano. Una escuela de valores incompatibles con el uso de la fuerza militar para perseguir inmigrantes y sacarlos del país al modo televisado que estamos conociendo desde que el segundo empoderamiento de Trump.
No obstante, habida cuenta de las continuas alusiones a la libertad que jalonan su discurso (incluida la libertad de llamar "estúpida" a la periodista que hace preguntas indeseadas), seguro que encaja deportivamente la crítica de quienes, en el uso de esa libertad protegida por el cabestro, le podemos decir que su discurso del otro día le sitúa en una realidad venenosa. Eso, por lo civilizado. Por lo coloquial, en el libre uso de su propio léxico, que es un matón de barrio solo reconocible en la razón de la fuerza. Como el mono con cuchilla del viejo refrán sobre el peligro de poner tanto poder en manos de un insensato que, al decir de su propia jefa de gabinete, "se comporta como un alcohólico".
Si olvidamos las escalas en calibre y potencia de tiro de los dos personajes, sería imposible glosar el televisado discurso-balance de Trump sin dejarse tentar por el paralelismo con el televisado discurso-balance de Sánchez. Realidad tuneada al gusto del "puto amo". Autobombo sobre mentiras para vendernos al Gobierno ideal después de un año "más que perfecto".