El VAR frustra el regreso triunfal de Bárcenas al estadio que le convirtió en leyenda
El extesorero reitera que grabó a "M.R." (Rajoy) destruyendo pruebas de Gürtel y los abogados de los acusados rescatan versiones pasadas para poner en duda su relato
Luis Bárcenas volvió este lunes a la Audiencia Nacional como esos jugadores que regresan al estadio en el que alguna vez fueron leyenda. El mismo pelo engominado peinado hacia atrás, pero más blanco. El mismo cogote estilo calle Jorge Juan del barrio de Salamanca. Mantiene intacta la voz aflautada y el verbo fluido que clavó el actor Pedro Casablanc en su representación del extesorero del PP cuando tiró de la manta en 2015. Ahí empezó a caer el Gobierno de Rajoy.
La duda que se dirime en este juicio de Kitchen es si una serie de políticos y policías lograron retrasar unos años esa caída. Dicho de otro modo: si la exclusiva del SMS de Rajoy en el que le escribió aquello de “Luis, sé fuerte” provocó un seísmo, ¿qué no hubiese pasado si llega a trascender un audio del presidente del Gobierno destruyendo las pruebas de la Gürtel en una trituradora? ¿Habría llegado Rajoy hasta 2018? Probablemente no.
Bárcenas entró decidido, seguro, confiado. Otros lo hacen arrastrando los pies, miran a su alrededor, preguntan dónde se tienen que poner… Basta prestar atención a los primeros segundos ante el tribunal de un personaje para atisbar lo que se viene. Las apariciones del extesorero siempre generan ese runrún como de tendido de Las Ventas cuando ve aparecer un toro que promete embestidas. En este caso, además, contaba con la ventaja de acudir como víctima de un presunto espionaje de Estado y no como acusado con el freno de medir las palabras.
Su exposición sirvió para entender el alcance de la trama. Contó que hasta 2013 el PP no le quitó su despacho y su conductor oficial. (El caso Gürtel estalló en 2009, conviene recordar). Los Bárcenas tuvieron que contratar un sustituto que les sirviese de chico para todo, lo que da buena cuenta de cómo en algunas esferas de poder la palabra “chófer” acepta muchas acepciones, como bien saben desde Koldo hasta Carmen Pano.
Bárcenas recordó que confió en su chófer porque venía “muy bien recomendado”. Y le metieron hasta la cocina, literalmente. La Kitchen se llamó así porque Villarejo le llamaba “el cocinero”. La familia le daba acceso a claves secretas que abrían puertas y le confiaban hasta el teléfono móvil. Acabó rulando hasta la clave del Movistar (“Piruflina197”). Cuando uno piensa en un chico de los recados, se imagina a alguien que te va a la compra o a por tabaco en un momento dado. En casa de los Bárcenas, al chófer lo mandaban a cobrar un cheque o a preguntar a Unión Fenosa por qué les habían cortado la luz.
Un día, el tesorero le encargó que trasladase más de 20 cajas desde la sede del PP a un taller de restauración que tenía su mujer, Rosalía Iglesias. Aquellas cajas contenían secretos de la corrupción del PP... Lo dice alguien que durante años apuntó a mano una contabilidad B con donaciones y sobresueldos. Sergio Ríos, que así se llama el chófer, acabó traicionando a los Bárcenas y se dejó comprar por la trama Kitchen. Le pagaron con fondos reservados y una plaza en la Policía a cambio de que les ayudase a hacer desaparecer las pruebas que afectasen al PP.
Así que cuando Bárcenas salió de prisión provisional con ganas de ajustar cuentas, descubrió que la mayoría de las cajas habían desaparecido. Según recordó, en ellas había un pen drive con tres grabaciones, una de ellas la de Rajoy con la trituradora. El extesorero dice que tenía otra copia alojada en una nube, pero en su momento le pagó 4.500 euros a un compañero de prisión para que usase un permiso de salida, entrase en Internet con sus claves -otra vez– y destruyese el audio. En esos momentos, Bárcenas había sellado un pacto de no agresión con el PP. Se confió y se quedó sin la bomba.
Insinuó que le quisieron envenenar, que le hicieron una foto en las duchas de la cárcel, que el PP le mandó un emisario para amenazarle, que le ofrecieron medio kilo por fabricar otra contabilidad falsa. Bárcenas no defraudó y eso que no contó nada nuevo, ni siquiera lo de la trituradora. Pero cuando el nombre de Rajoy ya estaba en todos los titulares de la mañana, alegó problemas de próstata. El tesorero se fue al baño admitiendo que “M.R.” era Rajoy y preguntándose qué más tiene que hacer para que retiren su camiseta y la pongan en lo alto de la sala de vistas de la Audiencia Nacional. Pero llegó la segunda parte y el partido se complicó.
Los abogados de las defensas pidieron revisión de la jugada del gol en el VAR. Acudieron a declaraciones pasadas para evidenciar contradicciones. Le recordaron que en su día apuntó a que el pen drive podría haberse quedado en Génova. Le sacaron que en su día dijo que al preso solo le pagó 1.500 euros. Le mostraron que hace años declaró que nunca grabó a nadie. Los abogados le señalaron las fechas y los minutos exactos en los que ofreció versiones diferentes. Bárcenas empezó a dudar, sacó el genio, balbuceó, miró de reojo a su abogada, que pidió tiempo muerto, y cuando trató de restar importancia a la diferencia entre 1.500 y 4.500 euros, saltó la presidenta del tribunal.
La jueza Teresa Palacios le recordó que, fuera de las estaciones de esquí de Suiza, varios miles de euros sí importan. No lo dijo así, pero se entendió así. También le indicó que tiene más credibilidad lo que se dice cuando los hechos están recientes que ahora, 13 años después. Bárcenas se justificó y dijo que es que entonces todavía tenía esperanzas de llegar a un acuerdo con el PP y que además seguía teniendo juicios pendientes. También, que le molestó mucho que una periodista dijese que era un habitual de ‘La Tienda del Espía’ y tenía grabado a medio partido. Solo era al presidente del Gobierno.
Después de Bárcenas salió su mujer. Rosalía Iglesias fue la Elena de Troya por la que el extesorero le declaró la guerra a su partido. Todo saltó por los aires cuando la mujer también entró en prisión. La palabra que más repitió Iglesias fue "perdón". Dijo que ella no es “una persona de hacer preguntas” y recordó lo que le dijo a su esposo cuando se enteró de que le había dado dinero a un preso: “Mira, Luis, de verdad, ¿cómo te vas a fiar?”. Si su candidez era un papel, lo interpretó de maravilla, mucho mejor que su abogado, Gómez de Liaño. En su turno se describió como “ingenuo” y casi se cae el estadio.
En realidad, el caso Kitchen se iba a llamar ‘Los papeles de Rosalía’. Ese fue el gancho de la precuela en las primeras exclusivas en la prensa. Desvelaban las anotaciones que la mujer de Bárcenas tomaba en sus visitas a prisión y en sus reuniones con los abogados. Así es como se enteraron los Bárcenas de que les habían espiado. Luego, uno de los policías implicados tuvo miedo de comerse solo el marrón y la cosa escaló hasta el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz.
No subió más porque la justicia pitó el final, pero la idea consistía en salvar a Rajoy. Y María Dolores de Cospedal era una habitual en la grabadora de Villarejo. Ambos declararán el jueves. Fernández Díaz también tendrá ocasión en unos días de dejar claro si un plan tan redondo se le ocurrió a él solo y encima no lo compartió con nadie.
Luis Bárcenas volvió este lunes a la Audiencia Nacional como esos jugadores que regresan al estadio en el que alguna vez fueron leyenda. El mismo pelo engominado peinado hacia atrás, pero más blanco. El mismo cogote estilo calle Jorge Juan del barrio de Salamanca. Mantiene intacta la voz aflautada y el verbo fluido que clavó el actor Pedro Casablanc en su representación del extesorero del PP cuando tiró de la manta en 2015. Ahí empezó a caer el Gobierno de Rajoy.