Cómo el "norte" se está convirtiendo en el nuevo Benidorm
Fresquito, paisajitos y comidita. El Norte como todo artificial que engloba lo que hay entre la N-1 y la N-6 está de moda, y poco a poco, se está convirtiendo en otra zona turística más
Una 'influencer' vería esto y diría "nortito". (EFE/Pedro Puente Hoyos)
La influencerAlejandra Navarro, 144 mil seguidores en Instagram y 39 mil en TikTok, publicó recientemente una story que la mostraba dentro de un coche. “Qué gusto los días en el norte cuando llueve. De verdad que me da mucho gusto”, decía. “En Madrid llueve y todo me parece una gestión. Aquí es como que llueve y respiro mejor”. En otra publicación, aparecía junto a la también influencerBea Gimeno (198 mil seguidores en Instagram, 43 mil en Tiktok) y el mensaje “que el norte nos haga reencontrarnos”.
Celimonde contraatacaba con otro vídeo: ¿Qué norte? ¿De qué estructura estáis hablando? ¿Qué ente abstracto, etéreo?” La creadora de contenido ridiculizaba la fascinación de estas personalidades por el “norte”, convertido en destino idóneo ya no solo en verano, como hasta hace poco, sino también en Semana Santa. “No será que no es tan chic o pijo pasar la Semana Santa en Valladolid”, ironizaba. El Norte como un todo indivisible que incluye Cantabria, Asturias y País Vasco (y, en ocasiones, también Galicia). El Norte como todo aquello que está entre la N-1 y la N-6.
Esta semana, el gobierno presumía de haber superado por primera vez la cifra de los 22 millones de ocupados. La letra pequeña, sin embargo, narra otra subtrama en estas regiones que puede leerse como complementaria a la de las influencers del “nortito”. El crecimiento en el citado Norte, donde generalmente habría tenido gran peso la industria, se produce gracias al sector servicios. Concretamente, hostelería y turismo, donde aunque siguen teniendo un peso relativo, es donde se está produciendo el mayor desarrollo.
Aunque parezcan dos hechos sin relación, ambos conforman el mismo relato: la transformación del Norte en un destino turístico y su terciarización económica, tardía respecto a otras regiones de España, pero que está dirigiéndose al punto al que ya llegaron la Costa del Sol o la Costa Blanca hace décadas. Si en aquellos casos se pasó de una economía agrícola a otra turística, la diferencia es que el punto de origen en este caso es la industria. El culpable es, en un alto grado, el cambio climático. En el Norte se está más fresquito y además, ofrece un paisaje mucho más aesthetic que la playa, relacionada con un turismo más popular y un imaginario desarrollista.
“Hemos detectado una paradoja, que es que esta imagen que se ha trabajado desde hace años de lo verde, lo auténtico e identitario, de un turismo de calidad menos saturado que el Mediterráneo, es lo que lo va a acabar convirtiendo en un territorio masificado”, explica Iraide Fernández Aragón, profesora de sociología de la UPV/EHU y vicepresidenta de la Asociación Vasca de Sociología. “Ya empezamos a notar efectos de la concentración del turismo”.
Esto tiene impacto en la estructura productiva. En País Vasco, por ejemplo, los servicios han ganado casi 12 puntos de PIB desde 2000, por encima de la media nacional. Cantabria y Asturias lo hacen al mismo ritmo que el conjunto del país, pero lo habitual era que estuviesen por debajo. Como recuerda la socióloga, la tradición industrial está reconfigurándose hacia una economía basada en los servicios. Entre 2015 y 2024, el turismo ha pasado de suponer un 5,9% en el PIB de Euskadi a un 6,9%. Es irónico que en Gipuzkoa, donde tenía más peso el sector industrial, el porcentaje aumente hasta un 8,7%.
Es un fenómeno "atractivo pero peligroso": los datos mejoran, pero en el corto plazo
Esto tiene impacto en la estructura productiva. En País Vasco, por ejemplo, los servicios han ganado casi 12 puntos de PIB desde 2000, por encima de la media nacional. Cantabria y Asturias lo hacen al mismo ritmo que el conjunto del país, pero lo habitual era que estuviesen por debajo. Como recuerda la socióloga, la tradición industrial está reconfigurándose hacia una economía basada en los servicios. Entre 2015 y 2024, el turismo ha pasado de suponer un 5,9% en el PIB de Euskadi a un 6,9%. Es irónico que en Gipuzkoa, donde tenía más peso el sector industrial, el porcentaje aumente hasta un 8,7%.
La desindustrialización de las ciudades del Cantábrico no es nada nuevo. El profesor de Economía Urbana de la Universidad de Oviedo Fernando Rubiera ya lo analizó hace casi un cuarto de siglo en Los servicios en Asturias. Veinte años de terciarización, donde explicaba que en 1981, el 40% de la población ocupada en Asturias trabajaba en servicios. A principios de siglo, era del 60%. Hoy se encuentra por encima del 70%.
La diferencia hoy se encuentra en la fuerza que han tomado el turismo o la hostelería. Se trata de un pan para hoy y hambre para mañana, en palabras de Rubiera, que lo define como “un fenómeno atractivo pero peligroso”. A corto plazo, los datos de paro mejoran y se produce un rápido crecimiento, pero son sectores dependientes de factores externos, como dejó clara la pandemia y que además producen externalidades negativas como el aumento del precio de la vivienda. Son empleos de baja productividad, mientras que la industria solía tener efectos más beneficiosos a largo plazo.
Hoy la recuperación industrial en Asturias es intensiva en tecnología y conocimiento pero no tanto en trabajo. “Te encuentras inversiones millonarias que generan apenas 200 empleos, no los 40.000 que podía generar Arcelor en su día”, recuerda el economista. El turismo sí es capaz de generar más puestos a mayor velocidad, por lo que resulta atractivo para empresarios y políticos. Pero Rubiera recupera un dicho asturiano: “El hijo del minero, ingeniero”. Gran parte de estos puestos están en manos de inmigrantes, mientras que los locales ocupan el trabajo cualificado.
Más allá del turismo y la hostelería, los datos muestra que otra gran pata del crecimiento económico es el sector inmobiliario. También parte de la misma lógica. “La economía apoyada en el trabajo industrial ha generado a lo largo del tiempo unas rentas que han provocado la aparición de una clase media con personas que fácilmente pueden heredar un patrimonio de tres o cuatro casas que les permiten vivir solo de gestionarlas”, recuerda Rubiera.
Nadie llama "Norte" al norte
A Iraide Fernández le hace gracia la utilización del término “Norte” porque, como recuerda, nadie que viva en esas comunidades utilizaría dicho término. Se trata de una mirada externa que establece una unidad artificial donde no la hay. Euskadi tiene más que ver con Navarra, que al no tener playa no suele englobarse dentro de ese “norte” . Por su parte, Galicia siempre ha tenido un turismo propio que la distingue de las otras regiones del norte.
"Santander está perdida en la deriva del ultraturismo"
San Sebastián, recuerda, sí fue una ciudad diseñada para el turismo (de élite), mientras que Bilbao se expandió como capital industrial. Cuando las fábricas desaparecen, los distintos ayuntamientos apuestan por una disneyficación de la ciudad, como explica en Turistificación en las ciudades vascas: la nueva amenaza urbana. “Ese proceso convierte la ciudad en un parque de atracciones para el turista: ponemos un Guggenheim, llamamos a arquitectos famosos, la hacemos visitable y la llenamos de esas cosas que el turismo necesita como capacidad hotelera, macroeventos, grandes congresos, etc”, explica.
La consecuencia más clara es el aumento del precio de la vivienda por la reducción de la oferta en una ciudad donde el parque de alquiler siempre ha sido reducido. El mejor ejemplo es el Casco Viejo de Bilbao. “No es solo que no haya vivienda y que una persona que quiera quedarse tenga que cambiar de barrio, sino que se genera un desplazamiento simbólico donde la población local ya no reconoce sus calles, ya no se oye hablar euskera o español y empieza a sentir que el barrio no es para ellos”, recuerda. El comercio local es sustituido por bares con cartas en inglés, lockers para maletas y tiendas de souvenirs.
Lo que suele aparecer en todos los discursos sobre este “Norte” es su condición de refugio climático (fresquito, verde y lluvia) y una mirada externa impuesta, por lo general, desde la capital, señala Fernández: “Venimos aquí porque en Madrid no se puede estar”. En realidad, el epítome del Norte en el nuevo imaginario colectivo son Cantabria y Asturias, quizá porque la idiosincrasia del País Vasco es particular. Para que ello fuese posible se ha producido a lo largo del tiempo una idealización que las autoridades públicas han impulsado, desde los ayuntamientos hasta las comunidades autónomas que, como Asturias (“paraíso natural”) han apostado por la baza del turismo.
“Hay una progresiva fetichización del norte como reducto de lo poco explorado, o como alternativa a la clásica forma del turismo de sol y playa”, coincide el filósofo Alberto Santamaría, que acaba de publicar Toda historia es una historia de fantasmas(Akal). “Lo cual es curioso, porque luego van y se quejan de que lluevey está gris después de cuatro días allí”. Hoy, como siempre, ve Santander desde la distancia, pero admite que “últimamente la ciudad está irreconocible, perdida en la deriva del ultraturismo y abandonada de cara a los vecinos de la ciudad”.
La gran paradoja es que esa fetichización del Norte es lo que está destruyendo por la vía rápida todas las ventajas competitivas que tenía como destino turístico. Rubiera propone el ejemplo de Llanes y Ribadesella, y en menor medida, Cudillero. Ribadesella, por ejemplo, está debatiendo cerrar el acceso a los automóviles. El acceso a la playa de Rodiles, en Villaviciosa, se cierra cada verano para evitar colapsos circulatorios. El economista desliza el nombre de “Benidorm” para establecer una comparación y un matiz: aunque en términos absolutos, el crecimiento está siendo mucho más lento que el de la ciudad alicantina, el pequeño tamaño de estas localidades (Ribadesella tiene 5.591 habitantes) hace que el límite de saturación esté mucho más bajo.
La crisis del orgullo obrero
En Barrio Venecia: casi una historia obrera (Lengua de Trapo), Santamaría rememora esa transición económica a través de un potente símbolo: la estúpida camiseta de una pizzería donde se ve “sobre un fondo amarillo chillón el dibujo algo torpe de una porción de pizza con un exagerado sombrero mexicano”. Por la mañana, su padre trabajaba en la fábrica de productos químicos; por la noche, en una pizzería que termina abandonando tras una discusión con su superior.
"Mi padre, que solo ha trabajado en la fábrica, no entiende que algo está cambiando"
“Hay algo humillante en esa camiseta, algo que mi padre percibe con claridad cuando se mira en el espejo”, escribe en su Episodio Nacional. “Mi padre, que siempre ha trabajado en una fábrica, no entiende (es imposible) que algo está cambiando, que la realidad que sobreviene tiene la forma de una camiseta amarilla con una porción de pizza con un sombrero mexicano”. Aunque el trabajo en la fábrica es repetitivo, abrasador y le provoca tos, al menos no genera la pérdida de identidad que sí genera el trabajo en la pizzería.
Un reflejo de la lógica cotidiana que vio en aquellos años de transición al neoliberalismo. “En Barrio Venecia traté de comprender la experiencia de mi padre, un obrero industrial toda su vida, en el choque que tuvo con las nuevas economías de mercado y laborales del neoliberalismo”, añade. “Este conflicto hoy en día se ha convertido en el flujo sanguíneo de la vida laboral. Incluso ahora los niveles de pobreza son más acuciantes precisamente por los deseos y formas laborales del capitalismo”.
Esa es otra consecuencia de este proceso: la pérdida de identidad de una clase trabajadora a la que la vida industrial le había garantizado cierta prosperidad. Como recuerda Iraide Fernández, hay una sensación compartida entre la población de regiones como Bizkaia de “qué está pasando con nuestra industria”. “El empleo en el sector es especializado, está muy respaldado por convenios colectivos propios, ligados a la lucha obrera y las reclamaciones populares”, explica. “Son sectores muy piña, muy colectivos y sindicados, que tienen mucha capacidad, por ejemplo, para decidir sus propios salarios”.
No ocurre lo mismo con la hostelería o el sector turístico, que por su naturaleza están más fragmentados, precarizados y cuya fuerza de negociación es muy baja, casi nula. El crecimiento de ese sector viene de mano de una inmigración que por primera vez empieza a ser significativa en las regiones del norte, como recuerda Rubiera: “Esto es algo nuevo para nosotros, pero común en Madrid”, explica. “Era una economía que no tenía la suficiente fuerza para atraer inmigrantes, y ahora por primera vez empezamos a aparecer en los mapas de inmigración”.
Aún a niveles muy inferiores a los de otras regiones como Andalucía o Madrid, pero en términos relativos cada vez más importantes. Otro síntoma de que el último reducto que quedaba a salvo de la terciarización de la economía, ese Norte que no significa nada pero que todos sabemos qué es, está poco a poco, paso a paso, siguiendo el mismo proceso que siguieron otras regiones hace décadas. Un camino que no tiene retorno.
La influencerAlejandra Navarro, 144 mil seguidores en Instagram y 39 mil en TikTok, publicó recientemente una story que la mostraba dentro de un coche. “Qué gusto los días en el norte cuando llueve. De verdad que me da mucho gusto”, decía. “En Madrid llueve y todo me parece una gestión. Aquí es como que llueve y respiro mejor”. En otra publicación, aparecía junto a la también influencerBea Gimeno (198 mil seguidores en Instagram, 43 mil en Tiktok) y el mensaje “que el norte nos haga reencontrarnos”.