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El 'momento Podemos' de Vox: claves de la crisis en el partido de Abascal
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ANÁLISIS

El 'momento Podemos' de Vox: claves de la crisis en el partido de Abascal

Tras las elecciones de Castilla y León, Vox se ha encontrado con su primer gran obstáculo. Hay factores que recuerdan al instante en que Podemos se detuvo. Andalucía está en el horizonte

Foto: El presidente de VOX, Santiago Abascal. (Europa Press/Eduardo Parra)
El presidente de VOX, Santiago Abascal. (Europa Press/Eduardo Parra)
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Tras meses y meses de ebullición, Podemos empezó a perder fuerza. Las encuestas, que habían atribuido porcentajes muy elevados a los de Iglesias, continuaban mostrando una intención de voto sólida, pero algo se había frenado. Las noticias sobre el partido, algunas falsas y lanzadas con intención, como se demostró después, estaban haciendo daño a las perspectivas electorales de la formación. La pérdida de impulso se notaba en las conversaciones públicas y privadas. Hubo un tiempo en que Podemos monopolizaba la conversación, pero apenas año y medio después, los mismos espacios que habían depositado sus esperanzas en la formación emergente, comenzaron a distanciarse significativamente.

Al mismo tiempo, el partido iba fragmentándose a causa de sus luchas internas. Las distintas fuerzas que se coaligaron para crear Podemos tenían diferentes perspectivas sobre cómo afrontar el futuro. Las discusiones, a menudo en público, fueron a más hasta que, en la repetición de las generales de 2016, Podemos firmó su acta de defunción como partido de masas. A partir de entonces, la lucha interna por controlar la organización absorbió la gran mayoría de sus energías. Errejón firmó el despido de buena parte de los suyos. Se inició la época de la decadencia electoral.

En los últimos días ha habido numerosas comparaciones de la formación de Iglesias con Vox. El momento de ebullición de los de Abascal podría haberse disuelto tras Castilla y León. Las críticas de los disidentes y de los exdirigentes del partido, convenientemente amplificadas, las noticias sobre la financiación del partido y la discusión pública entre Bambú y los expulsados han elevado el tono del debate público lo suficiente como para hacer pensar en una crisis. La ruptura de las expectativas en Castilla y León y las tensiones internas vendrían a ratificar no solo que Vox ha tocado techo, sino que su declive se antoja inevitable.

La guerra de Irán y el manejo aparentemente caótico que de la misma está haciendo Trump, así como la derrota de Meloni en el referéndum para cambiar el sistema electoral o las malas perspectivas de Orbán en Hungría, hacen pensar que estamos ante una opción política que internacionalmente también se ha visto frenada. Nada parece ayudar.

La dispersión de las energías

Sin embargo, hay diferencias con el momento en que Podemos se detiene, y la primera de ellas radica en el momento de la crisis. Esta llega cuando Vox alcanza su máximo histórico en unas elecciones. El problema radica en que las expectativas eran más elevadas y, por más que los resultados de Castilla y León fueran bastante buenos, quedaron por debajo de ese 20% que se le había atribuido. En Bambú se manejaban con prudencia, y aseguraron durante toda la campaña que el 19% que finalmente rozaron era su objetivo.

Insistieron también en que las encuestas se habían inflado artificialmente, pero lo cierto es que en el debate público se había instalado la meta de cruzar el 20%. No alcanzar ese porcentaje se acompañó de los muy notables resultados de Mañueco, lo que permitió sacar pecho al PP: habían parado la amenaza al mismo tiempo que mejoraban sus expectativas. De inmediato, Feijóo salió a mostrar sus galones y a exigir a Vox que asumiera su lugar y que no entorpeciera las negociaciones para los gobiernos autonómicas. Los caucus de la derecha que estaban en juego en este ciclo electoral parecían haberse cerrado con la victoria del PP.

Desde Bambú se insiste en que los críticos no son más que instrumentos que utiliza Génova para "domesticar a Abascal"

La segunda diferencia con la crisis de Podemos es que las dificultades que sufre Vox no parten de un problema interno. No hay una corriente interna que abogue por un nuevo líder o que pretenda cambiar la dirección ideológica del partido; no se trata de la lucha por el poder que vivieron los de Iglesias. Está en juego otra cosa: la capacidad de influencia de Vox sobre el PP en la política nacional. Los críticos con Abascal y con su entorno son dirigentes apartados de cargos de responsabilidad o expulsados del partido, pero sin capacidad de alterar el reparto de poder dentro de la formación. Desde Bambú se insiste en que los críticos no son más que instrumentos que utiliza Génova para minar su aceptación electoral, parte de una guerra sucia que los quiere perjudicar y, en última instancia, “domesticar a Abascal”.

Quizá sea así, pero en cualquier caso, la mayor parte de las energías de Vox en las últimas semanas se han dedicado a pelearse, incluso en público, con esos exdirigentes. Podemos vivió momentos paranoicos en los que todos los ojos se ponían en la interna, y los de Abascal se han enredado en ese mismo sentimiento, solo que dirigido al PP. Hay formaciones que saben jugar a la ofensiva, pero a las que les cuesta más hacerlo a la defensiva, y a Vox le está ocurriendo. Enredarse en la contestación a la disidencia interna como caballo de Troya es una señal de debilidad que, de perdurar, puede generar la sensación de caos dentro de la formación.

La verdad andaluza

Vox está atravesando objetivamente un mal momento, que esperan variar tras el parón de Semana Santa. En primera instancia, porque será el momento de las negociaciones para formar los gobiernos autonómicos. Ambas partes tienen como objetivo el acuerdo. El PP, no obstante, insiste en que desde Bambú se plantean exigencias cuya meta es torpedearlo. Y en Vox señalan que el único problema estriba en las interferencias de Feijóo, porque no habrá problema en las conversaciones con los barones. Insisten en que irán medida a medida y plantearán garantías de cumplimiento, que no deberían ser un impedimento. De fondo está la hostilidad entre Feijóo y Abascal y las intenciones mutuas de centrarse en menoscabar al rival si las negociaciones no son fluidas. La precampaña de las derechas en Andalucía estará atravesada por el nivel de tensión que se viva en la confección de esos acuerdos.

En Vox están convencidos de que, si Moreno Bonilla logra la mayoría absoluta, las hostilidades contra ellos se dispararán

En segundo lugar, las elecciones andaluzas serán importantes porque definirán el mapa político nacional, ya que allí quedará reflejado el reparto de fuerzas, a derecha y a izquierda. La manera en que Vox espera solventar esta crisis pasa por centrarse en esos comicios. Andalucía no es un lugar especialmente favorable, ya que la fortaleza de Moreno Bonilla complica las cosas, pero también cuentan con factores que le benefician.

Parten de un porcentaje bajo, alrededor de un 13%, por lo que deberían crecer. Hay algunos asuntos en los han hecho hincapié que pueden encontrar recepción en la comunidad autónoma: el mundo rural y Mercosur en provincias como Jaén, la inmigración en Almería, los problemas de vivienda en las ciudades de Málaga y Sevilla o los problemas de seguridad en las zonas donde el narco está presente. Serán temas centrales en su campaña, además de la crítica al bipartidismo.

El otro factor con el que pueden jugar es la sensación de éxito que vive el PP. Las esperanzas populares de una nueva mayoría absoluta se han disparado, de manera que si Moreno Bonilla no logra alcanzarla, Vox crece tres o cuatro puntos respecto de las anteriores elecciones y se convierte en una fuerza decisiva para llegar a San Telmo, se regresará al punto de partida. Si, por el contrario, el PP consigue su objetivo de alcanzar la absoluta, se entrará en otra fase. Desde Vox están convencidos de que, en ese caso, el PP acelerará en su lucha contra Bambú y las hostilidades serán mayores para arrebatarles espacio. Y eso, aseguran, “pondrá en peligro el triunfo de las derechas en las generales”.

Tras meses y meses de ebullición, Podemos empezó a perder fuerza. Las encuestas, que habían atribuido porcentajes muy elevados a los de Iglesias, continuaban mostrando una intención de voto sólida, pero algo se había frenado. Las noticias sobre el partido, algunas falsas y lanzadas con intención, como se demostró después, estaban haciendo daño a las perspectivas electorales de la formación. La pérdida de impulso se notaba en las conversaciones públicas y privadas. Hubo un tiempo en que Podemos monopolizaba la conversación, pero apenas año y medio después, los mismos espacios que habían depositado sus esperanzas en la formación emergente, comenzaron a distanciarse significativamente.

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