Un estudio sobre ratios que cabreará a algunos: ¿de verdad importa tanto el tamaño de la clase?
La evidencia sugiere que el impacto de las clases más pequeñas en el rendimiento académico es casi nulo. La última, una investigación publicada por EsadeEcPol
Varios alumnos en un colegio. (Europa Press/Álex Zea)
El pasado otoño, el Gobierno anunció su intención de reducir por ley el número de estudiantes por clase. Como anunció Pilar Alegría, el máximo de alumnos por aula será 22 en Primaria y 25 en ESO (frente a los 25 y 30 actuales). Durante su participación, la entonces ministra de Educación citó una frase que atribuyó al presidente Pedro Sánchez: “Si queremos cuidar a los que nos cuidan, si queremos cuidar a los que nos enseñan, tenemos que estar al lado de los docentes porque, claramente, en ellos está el futuro de este país”.
La frase hacía referencia a otra medida presentada de forma conjunta, la reducción de las horas lectivas del profesorado, pero también podría aplicarse a la reducción de ratios. Una medida que se ha popularizado en los últimos años entre políticos (de Asturias a Madrid, rara es la región que no ha movido ficha) y cuyo impacto en el aprendizaje de los alumnos está cada vez más en duda. Es posible, señalan cada vez más investigaciones, que la influencia en la reducción de ratios en el aprendizaje sea baja o, directamente, nula.
El último de ellos es un trabajo realizado por EsadeEcPol a partir de la información proporcionada por la Comunidad de Madrid del periodo de 2016 a 2019. El título, Clases más pequeñas, impactos limitados para inversiones elevadas, lo dice todo. Su principal conclusión es que reducir el tamaño de clase no mejora el aprendizaje de forma eficaz. Es más, añade, los principales beneficiados no son los estudiantes, sino los adultos: docentes y familias. Lo que explica la alta demanda social de esta política y la receptividad institucional ante ella.
Una tesis que su principal autor, José Montalbán, senior fellow de Oportunidades y Movilidad Social de ESADE, es consciente de que puede levantar ampollas en un primer momento. ¿Se va a enfadar mucha gente? “Creo que no, creo que más bien va a ser revelador en muchos sentidos, porque hay un desconocimiento amplio de la evidencia causal que supone reducir el tamaño de la clase”, responde. “Quizá al principio pueda ser un shock que bajar la ratio no mejore el rendimiento, pero explicamos por qué y por qué no es un caso aislado”.
¿Populista? "Lo que es seguro es que es poco coste-efectiva"
El economista, profesor de Economía en el Instituto de Investigación Social (SOFI) de la Universidad de Estocolmo, cita otras investigaciones internacionales que apuntan en la misma dirección, como un metaanálisis realizado a partir de 66 estudios previos que concluye que “en conjunto, estos trabajos sugieren un efecto del tamaño de la clase prácticamente nulo”. “No nos han sorprendido los resultados en el rendimiento académico de los estudiantes, que es la variante que más se ha estudiado”, reconoce Montalbán. “Lo que queríamos era ver de qué forma los mecanismos cambian cuando las clases son más pequeñas”.
¿A quién le interesa que las clases sean pequeñas?
¿Es, por lo tanto, una medida populista? El economista duda. “Lo que es seguro es que no es coste-efectiva si el objetivo es mejorar el rendimiento del alumnado”, explica. Incluso aunque beneficie a los profesores y las familias, sigue tratándose de una medida cara, ya que el coste de introducir nuevos profesores es elevado. Como recuerda el informe, entre el 70 y el 80% del gasto educativo se destina a salarios. El problema, añade, es que aunque los alumnos son el objeto de derecho en la educación, no tienen capacidad de organización sindical. Es decir, carecen de mecanismos de presión.
“Tanto sindicatos de profesores como familias piden esta bajada de ratios de manera sistemática, y los políticos la aplican”, añade. Aunque el impacto en el bienestar de los profesores es positivo, no es lo suficientemente grande como para justificar una gran inversión en la reducción del tamaño de grupos. Montalbán no lo considera la “bala de plata” que mejoraría la salud mental del profesorado como defienden sindicatos como UGT o asociaciones de padres como CEAPA o FAPA Giner de los Ríos.
Manifestación de sindicatos educativos UstecStes, Aspepc, CCOO, CGT y UGT en noviembre de 2025. (Europa Press/Kike Rincón)
Además, España ha reducido ya significativamente el tamaño de las aulas desde hace años. En los años 90, el tamaño medio de la clase era de 27 estudiantes; ahora ha caído hasta los 21. Por un lado, la natalidad se ha desplomado, lo que ha provocado un descenso de la demanda educativa. Por otro, ha habido una voluntad activa de bajar las ratios por parte de gobiernos y comunidades autónomas.
España ya es un país con ratios relativamente bajas donde la diferencia, por debajo de los 20 adultos, apenas se notaría. “No es como un aula de África donde hay 60 estudiantes por cada profesor, y donde cada reducción tendría un impacto mucho más significativo”, explica el economista. Hay un límite a partir del cual, además, reducir ratios puede ser negativo (porque desaparece el “efecto de pares”, la influencia positiva de los compañeros en el rendimiento educativo), aunque España aún se encuentra muy lejos de ese punto.
¿Por qué no tiene tanto impacto?
“Reducir el tamaño de la clase mejora algunas dinámicas del aula: disminuye la disrupción (especialmente en centros con mayor conflictividad) y aumenta ligeramente el uso de la enseñanza en pequeños grupos y la revisión de cuadernos”, recuerda el estudio. “También se observa que las clases más pequeñas incrementan el bienestar de los docentes con su trabajo y la satisfacción de las familias con el colegio, aunque con magnitudes moderadas. Sin embargo, estos cambios en el entorno de aprendizaje y en el bienestar de adultos no se traducen en mejoras apreciables del rendimiento académico, del bienestar subjetivo del alumnado ni de la tasa de repetición”.
Los profesores ya hacen esas cosas que se supone corresponden con aulas más pequeñas
¿Por qué? Es posible, por ejemplo, que las familias modifiquen su comportamiento cuando sus hijos acuden a una clase muy pequeña, o que los alumnos relajen su esfuerzo. En otras palabras, los investigadores sospechaban que tal vez una clase más pequeña termina provocando que los posibles beneficios se atenúen. Tampoco hay “islas de impacto”, es decir, contextos socioeconómicos concretos en los que esta reducción tenga una influencia mucho mayor.
Pero los resultados muestran que aunque sea así (se dedica ocho minutos menos a la semana a los deberes; los padres se implican menos; se recurre menos a profesores particulares), “estos ajustes son demasiado modestos para explicar la ausencia de mejoras educativas”. Como recuerda Montalbán, la reducción del tamaño del aula no provoca que se incremente la instrucción individualizada, “y no es porque no quieran, sino porque ya lo están implementando de forma bastante alta”. Los profesores ya hacen todo aquello que se supone que potenciaría trabajar en un aula más pequeña, como revisar los cuadernos (93%) o trabajar en grupos más pequeños (70%).
¿En qué nos gastamos el dinero?
De acuerdo, si reducir el tamaño de las aulas es una medida poco eficiente, ¿en qué haría falta gastarse el dinero? Montalbán recuerda que España se asoma a una realidad demográfica en la que el aumento de gasto en Sanidad y pensiones obligará a recortar en otras partidas como Educación, con menos alumnos. El economista propone gastar con cabeza en cuestiones que pueden tener más impacto en el aprendizaje del alumno o el bienestar de los profesores (como un mero aumento de sueldo) y que sean menos costosas.
¿Por ejemplo? “En España tenemos tres desafíos educativos muy importantes: el primero es de mínimos, porque tenemos una tasa de abandono escolar altísima; el segundo de máximos, somos incapaces de generar alumnos excelentes, sobre todo en matemáticas; y el tercero es el cansancio y la desafección entre docentes”, prosigue el economista. “Si lo que queremos es mejorar los resultados del 1 y el 3, abandono escolar y docentes, una política más efectiva sería la introducción de tutorías individualizadas”. Una medida implantada a través de programas como PROA o Mentores que impactan en un 26% el rendimiento académico. Reducir la ratio en cinco alumnos lo hace en un 1,25%.
Nos encaminamos hacia un “sistema educativo zombi”, como el informe lo llama, en el que la reducción en estudiantes quitará aún más poder a la comunidad educativa. “Así que hay que ser creativos para implementar políticas educativas que sean coste-efectivas”, concluye. Entre ellas se encuentran las ya citadas tutorías intensivas en pequeños grupos, políticas de profesorado como selección, formación, remuneración y apoyo en el aula o inversiones tempranas en Educación Infantil, que “ofrecen, en promedio, un rendimiento educativo por euro invertido muy superior”.
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El pasado otoño, el Gobierno anunció su intención de reducir por ley el número de estudiantes por clase. Como anunció Pilar Alegría, el máximo de alumnos por aula será 22 en Primaria y 25 en ESO (frente a los 25 y 30 actuales). Durante su participación, la entonces ministra de Educación citó una frase que atribuyó al presidente Pedro Sánchez: “Si queremos cuidar a los que nos cuidan, si queremos cuidar a los que nos enseñan, tenemos que estar al lado de los docentes porque, claramente, en ellos está el futuro de este país”.