'Antilecciones' de la guerra de Ucrania o cómo saber lo que no hay que aprender
Recién cumplidos cuatro años de la guerra en Ucrania, analistas y estrategas militares han sacado miríadas de lecciones y tendencias. Hoy analizamos cinco cosas que no deberíamos aprender del conflicto
Tropas rusas con equipos NBQ. (Kovalenko Alexander)
24 de febrero de 2022. Una guerra que no era guerra, sino una Operación Militar Especial. Iba a ser corta. Cuestión de semanas a lo sumo. Y, por tanto, poco cruenta. Cuatro años y cerca de medio millón de muertos después, la guerra se mantiene sin fin en el horizonte. De todos los conflictos se aprende, aunque este es bastante particular. Tal vez por eso la mejor lección que podemos sacar de esta guerra es aprender qué es lo que no debemos hacer en la próxima. O qué es lo que no hay que aprender. Se lo contamos.
Lo de Ucrania es un conflicto raro, diferente. No tiene nada que ver la forma en la que se llevaron a cabo las operaciones durante los primeros seis meses al resto, ni lo sucedido con la forma de combatir y el empleo de diferentes tecnologías –especialmente los drones– entre el primer año y los tres siguientes. Pero quizás lo más llamativo es que comenzó como una guerra de movimientos, en el más puro estilo de la doctrina soviética apenas evolucionada, y se convirtió en algo estático. Más propio de las trincheras de 1917 que de los ordenadores de 2025.
El porqué de este cambio, que ha llevado a convertirse en conflicto de muy alta intensidad pero poco convencional, hay que buscarlo en las capacidades de los contendientes. O mejor dicho, en sus incapacidades. Vladímir Putin lanzó su Operación Militar Especial como un zarpazo fulminante sobre su enemigo y lo hizo utilizando todas las tretas y recursos de su doctrina, desde el engaño a nivel global (maskirovka), desinformación, concentración de medios, ruptura con unidades acorazadas, empleo masivo de artillería, movimientos fulgurantes e intento de ocupación de la capital. Pero fracasó.
Ucrania partía en una evidente situación de inferioridad en todos los aspectos. Tenía menos de todo, por lo que no le quedó más remedio que pedir ayuda exterior y aguantar. Salvo en aquella recuperación de territorio que tuvo lugar en el último trimestre de 2022, siempre han jugado a la defensiva. Desde entonces, y con la excepción de algunos espejismos, como el ataque en el área de Kursk de agosto de 2024, ha dejado la iniciativa a su oponente. Ese fue el cambio de juego que los ha conducido a donde están ahora: si ninguno tiene capacidad para romper el frente y hacer una guerra de maniobras, el frente estático está servido y es muy difícil de mover.
Transportes de tropas rusos MT-LB abandonados. (Ukrainian MoD)
La carnicería de un frente estático
No hay guerra benigna, pero el conflicto de desgaste es de las peores. Lo es porque el objetivo es infligir daño al enemigo (equipos y hombres), y el éxito se mide en cuántos muertos te cuesta avanzar unos metros. El enfrentamiento se ha cobrado la inmensa cifra de cerca de 470.000 muertos de ambos bandos, todo para mantener un territorio ocupado de menos del 20% del total del país y unas líneas que apenas se han movido de forma significativa desde principios de 2023. Tres años con miles de kilómetros de frente estancados.
Tras la cifra de los muertos hay otro segundo choque de realidad, más dramática si cabe: los heridos. Si hablamos de bajas en combate,la factura humana del conflicto se eleva hasta 1.800.000 soldados muertos, heridos, desaparecidos o prisioneros. En esto Moscú se lleva, con diferencia, la peor parte. Las mejores estimaciones sobre sus pérdidas nos dan cifras de 1.200.000 bajas, de las cuales entre 325.000 y 350.000 serían muertos.
En cuanto al material, Rusia habría perdido entre 4.000 y 4.500 carros de combate, del orden de 10.000 blindados de todo tipo y más de 400 aeronaves, sin hablar de las pérdidas navales. Hay que tener siempre en cuenta que las fuentes oficiales nunca dicen la verdad. Inflan las bajas producidas al enemigo y minimizan las propias, lo que aplica por igual a ambos contendientes.
Fermín Torrano. Donbás (Ucrania)Gráficos: Emma Esser
Esto afecta de manera diferente a ambos bandos. Hasta mediados de 2025, el problema de Rusia era el material. Sus cifras de pérdidas eran imposibles de reponer por más que el país estuviera en "economía de guerra". Sus tanques, blindados o aviones no se podían reemplazar a la velocidad que exigía el conflicto y el material que llegaba de fábrica lo hacía incompleto (escasez de equipos clave) o se trataba de viejos vehículos reacondicionados.
Para Ucrania, siempre en inferioridad numérica, el problema ha sido la falta de tropas. La jugada de Putin de seguir golpeando hasta agotar al contrario puede volvérsele en contra. Ucrania, gracias al empleo de drones a enorme escala y tácticas innovadoras, está apostando todo a producir bajas al enemigo. Esto ha llevado a las tropas rusas a unas cifras de bajas que rozan las 30.000 cada mes. Pese a su superioridad demográfica, son ratios difíciles de sostener, por más que el Kremlin esté dispuesto a seguir sacrificando a sus tropas.
Ya no es tan fácil reclutar nuevos soldados, se están multiplicando las deserciones y las huidas de jóvenes para evitar la leva. Un efecto conjunto que está haciendo que el número neto de soldados en el frente (bajas versus nuevos reemplazos) ofrezca un constante saldo negativo. Putin se enfrenta aquí a un problema crucial. No son solo 30.000 soldados que pierde cada mes, sino 30.000 familias afectadas que generan un descontento popular cada vez más difícil de ocultar y contener.
Para Zelenski, en cambio, ese problema no tiene solución: simple y llanamente no tiene más soldados. Por eso sus tropas aún se aferran a la idea de que si a base de drones y hacer pagar caro cada metro de terreno, consiguen que la cifra rusa de bajas llegue a las 50.000 mensuales, Rusia (tal vez) colapsará.
Carro de combate ruso T-72B3M. (TASS)
Primera lección: las guerras no se repiten
Lo que sucede en una guerra no sirve para combatir en la siguiente. Nada nuevo, es por ejemplo lo que se desprende de las obras que en los años 30 publicó Georgii Isserson (1898–1976), teórico clave para la doctrina militar soviética. En sus escritos expuso la idea de que cada conflicto se desarrolla bajo condiciones técnico-operacionales distintas y que extrapolar las lecciones de la guerra anterior conduce a errores doctrinales que se pagarán en la siguiente.
Aplicado a Ucrania quiere decir que mucho de lo que está ocurriendo no es extrapolable a otros conflictos porque, como decíamos, es un conflicto de alta intensidad pero poco convencional. El ejemplo más evidente es el de los drones. Su proliferación, letalidad y eficacia sucede porque irrumpe un arma nueva ante la que ninguno de los contendientes estaba preparado. Pero esto no va a durar siempre. El dron ha venido para quedarse, pero no es el "arma definitiva"; eso sí, habrá que trabajar en su desarrollo y en la defensa contra ellos.
Segunda lección: no fiar todo a la tecnología
La tecnología empleada en el combate es un medio, no un fin en sí misma. Además, es fantástica cuando todo funciona, pero terrible cuando falla o el enemigo la anula. Esto quiere decir dos cosas. La primera es que la tecnología es fundamental para asegurar la superioridad en la batalla y si no se consigue, las expectativas no serán nada halagüeñas. La segunda es que la búsqueda de esa superioridad tecnológica no puede tener como resultado unos sistemas en exceso complejos que requieran enormes inversiones en adiestramiento y personal especializado y/o que sean demasiado delicados (propensos a averías) o exigentes en mantenimiento.
Dron Bayraktar TB2 de la marina ucraniana. (Ukrainian Navy)
La lección tiene un interesante corolario y no es otro que con independencia de la buena tecnología de que se disponga, no se deben jamás olvidar ni prescindir de métodos tradicionales menos sofisticados pero siempre accesibles y que permitan disponer de alternativas si lo demás falla. Ejemplos, todos los que ustedes quieran: comunicaciones que puedan ser interferidas y la alternativa de comunicación por cable; sistemas automáticos de posicionamiento y navegación por GPS, etc. y los métodos tradicionales con plano y brújula, etc.
Tercera lección: no renunciar a la superioridad aérea
La superioridad aérea, aunque sea local o de forma parcial debe ser un objetivo irrenunciable. Una constante en todas las guerras modernas –refrendado por la de Ucrania– es que sin superioridad aérea no es posible la maniobra, ni operaciones de ruptura de un frente, ni movimientos. Ni casi nada. El dominio del cielo (y del espacio) son una necesidad que es extensible tanto a las operaciones terrestres como a las navales, donde el avión embarcado (al igual que el submarino) va a seguir siendo una pieza fundamental del tablero.
MiG-29 ucraniano en una imagen de 2018. (USAF)
Hoy y en el futuro, no potenciar el poder aéreo y fiar todo a la defensa –apostar solo a negar el espacio al contrario– significa renunciar a la iniciativa para dársela al enemigo. Esto aumenta las probabilidades de derrota o el riesgo de caer en un conflicto estático, largo y sangriento. Es decir, Ucrania.
Cuarta lección: no hay que despreciar el número
Siempre se ha dicho, muy probablemente porque es cierto, que la doctrina occidental es superior a la soviética/rusa. La visión de ambas es opuesta en muchos conceptos y, entre ellos, el de calidad versus cantidad. El problema que ha tenido Rusia ya lo estamos viendo. Y el que se generó en Occidente por llevar al extremo lo de la calidad frente al número, también. La calidad es muy cara y resultaba demasiado tentador, en unos momentos post Guerra Fría y de conflictos asimétricos, basarse en sistemas de armas muy sofisticados pero fabricados en número reducido. Nos hemos recreado en los laureles de nuestra propia capacidad tecnológica.
Los combates en Ucrania han demostrado lo evidente: la degradación del material y el consumo de munición es desmesurado. Esto ha dejado al descubierto las vergüenzas de unos ejércitos europeos sin suficientes medios y con ridículos arsenales. Se debe conseguir también aquí un equilibrio tal que nos permita mantener un punto de superioridad tecnológica pero con capacidad para disponer de suficientes buques de guerra, suficientes aviones, carros de combate y arsenales.
Quinta lección: no descuidar el mando y control
Mando y control (C2) o mejor, mando, control y comunicaciones (C3) está resultando clave en esta guerra y los ucranianos están sacando mucho partido a su sistema DELTA. Es imprescindible mantener una estructura de mando y un control de la situación del campo de batalla. En un entorno hipersensorizado, que va a ir a más, la implicación de inteligencia artificial para gestionar el enorme volumen de datos será también vital, lo mismo que las comunicaciones seguras. Descuidar este terreno no sería admisible.
Pieza de artillería autopropulsada 2S19 Msta-S. (Mil-ru)
Esto aplica también a dos conceptos muy ligados, como son todo lo relativo a guerra electrónica, cuya trascendencia nadie pone en duda y también a la filosofía del mando. El mando orientado a la misión o Mission Command, está arraigado a la doctrina occidental y se debe potenciar, visto el fracaso del estilo contrario, el mando centralizado y rígido que utilizan los rusos. Descentralización, mandos intermedios con iniciativa e información completa de la situación del combate son y van a ser claves en el futuro.
24 de febrero de 2022. Una guerra que no era guerra, sino una Operación Militar Especial. Iba a ser corta. Cuestión de semanas a lo sumo. Y, por tanto, poco cruenta. Cuatro años y cerca de medio millón de muertos después, la guerra se mantiene sin fin en el horizonte. De todos los conflictos se aprende, aunque este es bastante particular. Tal vez por eso la mejor lección que podemos sacar de esta guerra es aprender qué es lo que no debemos hacer en la próxima. O qué es lo que no hay que aprender. Se lo contamos.